jueves, 4 de julio de 2013

La Escucha Por Alberto Espinosa


   Cabe remachar sobre el clavo ardiente de la atención la idea de que si ella, la atención, es algo, esto es escucha –un tender hacia algo, una “intentio”, pues, propiamente dicho, que traza un puente para escuchar la voz de la conciencia, de la verdad, del bien –no sin pasar por las pruebas de la contención ante aquello que dispersa la atención, y de la contienda, de la lucha por atenuar la fuerza de río crecido, de río revuelto, siempre presente y acechante, como si de una amenazante potencia extranjera se tratara, de los contravalores. En este sentido sobreviene la distracción cuando el espíritu, aún informal, no alcanza, por falta de luces tal vez, o por exceso de imantación hacia las cosas mundanas y a su no menos mundanal ruido, a escuchar esa voz, íntima, que es la voz desinteresada del espíritu –como si se perdiera en el laberinto de la escucha: entre las rarefacciones de las brumas perpetuas, en el girar la primera materia, de la materia confusa surgida del caos (Hyle), como esas galaxias nuevas en formación, que no alcanzan a condensar sus gases para formar las esferas  del sol y sus planetas, no pudiendo por ello establecer una luz central que haga distinguibles y jerarquice los valores.
   Puede decirse, por lo contrario, que es en la atención que la escucha es quien habla, estableciendo con ello un tender hacia, una dirección, un sentido, por mirar hacia un horizonte iluminante –siendo, sien embargo, desfigurada frecuentemente por las intenciones egoístas, caprichosas, convenencieras, que resultan, más que nada, producto de una debilidad, dirigida a control remoto por otras fuerzas gobernadas por potencias que, al no brindarse a los otros, resultan estériles, no creativas, paralizantes, pues esclavizan en el confinamiento de la persona en sí misma, la cual se debate sin frutos en el ensimismamiento (solipsismo), volviéndola en casos dramáticamente destructiva.    
    El logro más acabado de la atención se encuentra en el poder seguirle el paso al viejo sendero, por decirlo así, dócilmente y sin amotinamiento interior (templanza), al escuchar esa voz interior del bien a la que llamamos lo mismo luz que belleza, pues se trata a la vez de la verdad y de la voz de la conciencia. Y es en esa escucha, en esa conciencia donde propiamente se establece el territorio de la libertad –pero de una libertad ascendente, que nos obliga a marchar en una dirección de comprensión social y de paz interior, que tiene pues que remontar la colina, sembrada de abrojos y de cardos, poblada por la distracción, la informalidad, la distracción, el desprecio, la descalificación y aún la calumnia, para ir más allá del muro de la mentira en una palabra, y poder contemplar la irradiación de las formas y las esencias fundamentales. Por lo contrario, la causa de los rebeldes sin causa estriba en dar cauce a la libertad descendente, otro de cuyos verdaderos nombres es sordera, otro más, es desamor y aún otro: el de ceguera. Porque sólo en la verdadera escucha hay luz, hay palabra vidente, como sólo en los ojos de amor se da la verdadera atracción de las formas y atención a la luz -que reversible y simultáneamente es atención y es escucha.  
   Así, la atención auténtica es sobre todo comunión, comunión del espíritu y de la conciencia, de la verdad, del bien, con el otro, con los otros, con quien se escucha. La atención es por ello, en su más alto grado, diálogo –dialogo con la conciencia humana y de lo humano y a la vez libertad ascendente, camino hacia el bien, hacia la verdad, hacia la luz. Diálogo, pues, que tiene resonancias más allá del individuo, para el testigo del espíritu, y en la comunidad de los comunes (de los comunes en su búsqueda atenta del bien, de la verdad, de la luz, de la conciencia).



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