martes, 3 de septiembre de 2013

Curso de Antropología Filosófica XVII Del Pensamiento Rebelde al Sentimiento del Respeto Por Alberto Espinosa



17.1.-  El hombre puede falsificarlo todo. A través del tiempo a falsificado prácticamente cualquier cosa: el oro, la amistad, el amor, la ciencia, la filosofía, la religión y recientemente el agua, pues ya han inventado el agua en polvo. También puede falsificar sectores enteros de la vida, como la cultura (dando a colación lo que algunos llaman con buen tino la “culturita”). Sus expresiones más cabales han creado todo un paradojario que no deja de producir inevitable asombro: la disidencia unánime del rebelde agasajado y la originalidad uniformada y en masa del disidente aplaudido  no son sino dos de sus expresiones más chirriantes. 
   Nada más común en nuestro tiempo que la Frase ; “Ya no hay respeto” -que a sucedió al punzante sentimiento de la pérdida de los valores, conducente a esa nostalgia de ver que todo tiempo pasado fue mejor. Degradación entrópica del sistema de la cultura que tiene como clave el olvido de nuestras nobles figuras tutelares no menos que de tradiciones, sobre cuyas ruinas se yergue sin majestad alguna la figura del rebelde –algunas veces ostentando ya no el clavel, sino el vede gargajo en la solapa.
   Negligencia axiológica a favor de lo genético, de lo biológico, de lo económico y finalmente del naturalismo del stau quo, cuya estructura,  perfectamente reaccionaria, sirviéndose del los más abstrusos lenguajes y procedimientos, encumbra al falsario, al farsante, al macana y al simulador –a toda una caterva de cínicos y rebeldes, pues, que de manera muy postmoderna y con un lenguaje ininteligible sostienen abierta o solapadamente una guerra contra la calidad incluso, viviendo por decirlo así con la virgen de espaldas, esperando a la menor oportunidad trasgredir algún límite de las normas o del sentido para, si es posible, despojar incluso a los descalzos.
17.2.-  Imponente fenómeno, el cual no es en el fondo sino el de una parálisis moral derivada de una pérdida del sentimiento del respeto. La pérdida de tal sentimiento, en efecto, lleva tarde o temprano a una evasión de la misma realidad y a una soterrada o explícita rebelión contra las cosas elevadas, contra las cosas del espíritu y de la libertad, que son la raíz del bien.
   Todo lo cual impide constitutivamente al hombre tanto a escuchar, que es la luz de los ojos, cuando a mirar lo elevado, que es lo que no tiene forma. Constitutivamente, porque la rebeldía no puede sino derivarse de la abolición del sentimiento del respeto, que es la negligencia, donde hay un olvido real de los seres, de las jerarquías y de las personas, debido a una especie de oscurecimiento del espíritu, a una oscuridad sin forma donde no existe el sentimiento y reina la desatención, pues el espíritu se encuentra como vagando, aferrado a las presencias que se apegan, y donde la mente tiene a escapar y la persona a evadirse, donde se dispersa o distrae para ser lleva de aquí para allá, como las olas fluctuantes, sin tener un punto fijo. Las negligencia, en efecto, no puede sino conducir a la pérdida del sentimiento del respeto y al achatamiento general de los afectos, a una mente nublada, que facilita el vivir con todo tipo de fantasmas, con presencias del pasado que se apegan, resultando así una personalidad doble, dubitativa, cortante y evasiva que alegremente arroja la responsabilidad a un lado por una especie de olvido del ser. Especie de esclavitud sentimental que al ensancharse a escala social crea un estado de cosas donde todos, a fin de cuentas, se encuentran mortalmente insatisfechos. 
17.3.- La figura del rebelde (de “bellum”, el que hace la guerra), no es ora que la del bellaco, la del espíritu insidioso que busca como dañar al prójimo, ya sea sacando ventaja de él o engañándolo, ya por la simple alegría del mal ajeno (envidia).
   Todo en nuestro tiempo está marcado por su presencia; puede decirse incluso que vivimos en un tiempo revuelto, de rebeldes agasajados, donde hasta el pensamiento mismo ha dado por estar siempre más allá de si mismo, a la vez fingiendo una realidad e inaprensible a la razón: es la razón histórica, la razón dialéctica, a la vez una y consustancialmente cambiante (¿??), la cual intenta el enorme proyecto hegeliano de la legitimación del tiempo por la historia –es decir, la legitimación del la historia por la historia misma y del hombre por la existencia en sí, ajenos a todo logos, a toda esencia o a toda naturaleza, que sería el gran propósito y corona de todo el inmanentismo contemporáneo. Ambición claramente totalitaria de apropiación del tiempo y la historia que no puede lograrse sin la apropiación de la superestructura espiritual de una sociedad (arte, moral , religión, filosofía) para heredarlo todo –a si misma. Intento, pues, de tomar el cielo por asalto fundándose en la postmodernidad tecnológica del progreso material la cual, sin embargo, al resultar ciega para los valores, no puede sino redundar en una decadencia y degeneración moral destinada a enfermar y empobrecer el espíritu, al estar guiados sus resortes de acción  por la lógica del egoísmo inconsciente y la orfandad, siendo imantada por oscuros faros de las ambiciones chaparras propias del inmanentismo: las ambiciones del placer, del poder voluntarista y del consumo –ligadas a su vez a la competencia feroz, a la predación competitiva, y a la lucha por los privilegios, cualidades que por definición son enemigas de la equidad y de la verdad y amiga de la intensidad, pero también de las tensiones, la ocultación y la irresponsabilidad. Imposible desconocer esas dos notas de la rebeldía, consistentes en la irresponsabilidad y el ocultamiento, redundantes en el desconocimiento estimativo y práctico de las personas y en el olvido de los valores.
   El desarmónico desarrollo social del hombre contemporáneo se cifra así en  una fijación por los valores económicos, por lo que es del orden de lo que nos dan o podemos tomar o costear, o que ponen el acento de la voluntad en el querer la posesión de cosas o de personas (dominio), confundiendo todo ello con la felicidad, en detrimento de los valores morales, que ponen el acento del corazón, de la voluntad, no en las cosas que tiene el yo, no en sí, sino en los lugares en los que entra o las que pertenece. Así cuando el yo no deposita su querer en aquello a lo que pertenece o aquello en lo entra se despoja a la vez del alma, quedando desamparado y en la orfandad espiritual –porque todo aquello que se posee está muerto, porque sólo al entrar a un lugar espiritual podemos tener propiamente un alma, hermanarnos en el reconocimiento del otro y de nosotros mismos y estar vivos. Porque la identidad no se determina por las cosas que poseemos, sino por las cosas a las cuales pertenecemos, de las que somos y a las que nos debemos.
17.4.- El sentimiento del respeto, efectivamente, es reconocimiento del querer, de la voluntad, en estado puro.
   El respeto es un sentimiento, propiamente moral, exclusivo del hombre. Puede caracterizarse por ser un sentimiento sublime, dirigido a lo más elevado: al espíritu. Su primera forma es el sentimiento de veneración a los antepasados y ancestros, pues directamente se refiere a la grandeza, a la dignidad de la persona. A los ancestros y antepasados por asegurar ellos la continuidad de la tradición, esa herencia de lo huma que se trasmite por medio de los órganos propios de la educación: el ejemplo y la trasmisión oral.
   Reconocimiento de la persona en estado puro, el respeto se aplica en seguida a las mujeres y a los niños; a las mujeres por ser ellas las depositarias de la moral, las custodias de la morada, estando el respeto entonces relacionado con la honra y con el orden del parentesco, estando cifrado en sus brazos la continuidad de la especie como tal (como especie humana, siendo también ellas las encargadas de la primera educación o de la crianza). A los niños, porque de ellos depende la paternidad, el paso de la cría al hijo propiamente dicho, pero también el orden de la herencia propiamente humana; es decir, por ser ellos el puente quienes las puertas del futuro, que unen o suturan el tiempo pasado con el tiempo por venir.
17.5.- En el orden de la cultura es el maestro figura de respeto, por asegurar la continuidad de una tradición, de una cultura, la herencia cultural que da un sentido orientado al todo de lo social.
   Así, el sentimiento de respeto resulta vital al ser humano, inscribiéndose muy claramente en el orden de lo temporal, de lo temporal humano, es decir, de la memoria. Todas sus figuras son representantes de la cultura y lejos de las liviandades del tiempo que se va, inmanente, agotado en sí mismo, sin trascendencia alguna, obedece al tiempo o de la continuidad o al tiempo que se queda –pues la cultura es un castillo construido con pilares inmutables de roca, siendo su tiempo otro tiempo, el tiempo de imperecedero o de lo que se construye salvado del diente roedor del tiempo, del tiempo que se va, del que es pasto del olvido.
17.6.- El sentimiento de respeto se dirige así específicamente al valor de las personas en sí; pero inmediatamente se relaciona con la autoridad, con la jerarquía, y simultáneamente con la herencia –con un orden temporal de la memoria donde se establece, por un lado, un orden jerárquico de predecesión y de sucesión y, por otro, de autoridad, de mando o gobierno para asegurar la continuidad de una tradición y la subsistencia de una comunidad.
   En efecto, el sentimiento del respeto esta directametne vinculado con el mandato, y por tanto con la obediencia. Su forma verbal es justamente la del imperativo: la de la orden, la del mandato. Se respeta a quien ejerce el mando con apego a la ley moral, por su coherencia a su vez en la obediencia a un imperativo moral supremo (normas over raiding). Me refiero así al manda más, como se dice en mi pueblito, al jerarca, a la figura autorizada para mandar a otros y ser obedecido por ellos.
   Se trata por tanto del reino del “deber ser” –que no se puede encontrar en los hechos, sino que es una creación propiamente humana, que da a colación una serie de enunciados de valor que en definitiva no puede reducirse a enunciados de hecho, sobre los cuales se impone, ante los cuales media un abismo, por referirse a fines. Pero los fines humanas pueden ser operativos, meros medios para alcanzar un fin utilitario, sin calificación moral –se puede querer hacer un puente para comprar mercaderías a los amigos de la tribu vecina o para destruirlos, etc. El sentimiento del respeto, por lo contrario, sólo deriva de aquellos deberes, de aquellas normas de conducta, de aquellas órdenes y mandatos que apuntan a fines propiamente morales.
   Se refiere entonces a lo que debemos hacer o no hacer moralmente, o a fines últimos de la conducta. Relacionándose así negativamente con todo el mundo de las prohibiciones morales –siendo su desacato un error moral, y la omisión del cumplimiento del mandato y la aplicación del consecuente deber juzgado a la vez como un desacato a la autoridad y como una desviación del deber hacer o no hacer, ya sea por desatención o por negligencia. Así, son los rebeldes los que emprenden una batalla contra las normas morales del deber y contra sus autoridades correspondientes, no haciendo lo deben o haciendo lo que no deben, estando en ambos en deuda moral, en falta, exponiéndose por tanto a exhibirse en su rebeldía o a ser reprobados por la autoridad y consecuentemente por comunidad a la que se deben.
17.7.- El sentimiento de respeto implica por tanto sumisión, o aceptación de la relación de mando o poder de un superior a un inferior, y por tanto humildad –sin la cual no puede eclosionar el sentimiento sublime del respeto en toda su magnitud, pues implica un tipo de identificación con la ley moral de la cual dimana tal poder y tal mandato. El rebelde hecha por tierra esa relación, en razón proporcional a la distancia que toma respecto de la figura del la ley, es decir separándose de tal figura justamente por rebeldía, alejándose así a tal grado que no puede ver la grandeza del sabio, la pureza del santo, el valor del héroe, y aplanando al mundo entero de la persona al intentar juzgarlo todo de hecho, sin razón de ser, por la mera existencia –porque en el fondo el rebelde no es otro que el hombre de la libertad descendente, inesencial, que es el hombre del existencialismo.
17.8.- El deber ser postulado por el sentimiento de respeto afecta así directamente la voluntad, la propia y la ajena, en una relación imperativa, que indica por porte del uno lo que debe hacer o no hacer (acción u omisión) del otro.
   Enfocado desde la perspectiva de la filosofía del lenguaje, corresponde a el tono de voz del imperativo, que imprime en la expresión verbal un significado mímico, el deseo del uno de que el otro atienda y obedezca su voluntad –siendo por tanto una expansión de la voluntad, propiamente social, que cuando es moral, cuando se trata de un imperativo no técnico o ingenieril sino ético, está directamente referido a la buena voluntad, es decir, al bien.
   La búsqueda del bien común es el dominio de la moral, y es tarea de la ética mostrar sus mecanismos de acción mediante la teoría filosófica. Puede así hablarse de una filosofía del imperativo, parte de la ética, encargada de estudiar las relaciones establecidas por la expresión verbal imperativa –las que van del examen de las figuras de autoridad a la estructura misma de los imperativos, pasando por fenómenos tales como la fidelidad, la lealtad y el rango, el poder y la investidura. pasando a los fenómenos negativos del desacato, la disención, la traición  y la defección.   
17.9.- En un sentido negativo lo que vemos ante el rebelde es un complejo de fenómenos de aplanamiento de los valores y una vulgarización de los mimos. Nuestra época está saturada de ellos. Acaso el más notable es el del “ídolo de barro” promovidos por la publicidad y las vanguardias contemporáneas –se trata no más que de lo que tiempo levanta, como la cresta de la ola, para asirse por instante del ahora para luego caer, derrumbado, sobre la espuma y arena del siguiente instante y disolverse finalmente en nada (como la moda, que no es sino apariencia, arena y espuma levantada por el viento y dejada caer por el tiempo sucesivo que requiere de otro instante erigido, pues se trata del tiempo constituido por el hora, cuya esencia es, como la angustia, fundamentalmente pasar).
   Las pseudo-filosofías actuales del instantaneismo, así como las vanguardias de lo efímero, han querido consagrar, no sin frivolidad, la novedad, el tiempo siempre en movimiento y cambiante del ahora. Filosofías hedonistas, pues, del inmanentismo contemporáneo que celebran el consumo y con ello el tiempo que se va y no vuelve, que se pierde: es decir, el inmanentismo del ahora, de lo que se agota en sí mismo sin trascendencia alguna.       
17.10.- Por lo contario, las figuras dignas de respeto habitan otro lugar y en otro tiempo –el lugar de la memoria donde todo es un perpetuo ahora, el lugar del deber ser específicamente, donde será siempre presente la obligatoriedad universalizabilizable de cumplir con las promesas, o la menos el espíritu con el que fueron hechas, por poner tan sólo un ejemplo. Es así justamente el respeto el que nos mueve más allá en el tiempo a la rememoración y a la conmemoración colectiva de las figuras que nos han dado orientación, que han dado rumbo a las promesas, esperanza a nuestras vidas, luz a la memoria colectiva –justamente por ser o ver sido sus presencias antelación de un tiempo nuevo por venir, promesa de futura. Asidero de la esperanza presente. También por habitar en ese otro tiempo inamovible pero vivo de la memoria donde se asegura la continuidad de una tradición, por haber sabido ser ejemplo, representantes de la ley o de una herencia cultural. Se trata pues de las figuras de las filosofías eudemonistas quienes plantean, con el testimonio y ejemplo entero de sus vidas, una orientación para una vida buena, digna de ser vivida, apareciendo como faros de luz en la tormenta, que día a día pareciera encresparse en los tiempos revueltos, rebeldes, en que vivimos.      




lunes, 2 de septiembre de 2013

De Mis Lecturas: La Historia Por Don Héctor Palencia Alonso



   El gran Marco Tulio Cicerón llegó a definir la historia como "testigo de los tiempos, luz de la verdad, vi­da de la memoria, maestra de la vida y mensajera de la antigüedad". Es fácil observar que esta definición tiene mucho de oratoria, como tenía que corresponder al famoso orador y abogado latino que fue Cicerón.    
   A propósito de Cicerón, bueno es recomendar a mis lectores, la lectura de "La Columna de Hierro" de la inglesa Taylor Cadwell, que trata de la vida del muy célebre tribuno.
   Uno de los mejores historiadores mexicanos, Carlos Pereyra, recuerda el momento en que Cicerón llegó a su definición de la historia. Cicerón busca en Túsculo un plátano frondoso, como el que daba sombra a la sabiduría de Sócrates en la Academia, y cuando lo ha encon­trado, pide cojines para sentarse cómodamente con sus alumnos.
   Muchos pensadores se han preguntado si la historia tiene un fin determinado. Son muchos los que creen ver en ella un orden, una explicación que permite entender el porqué del paso del hombre. Del afán de hallar un hilo conductor de la historia ha nacido la filosofía de la historia.
   Los antiguos historiadores, como el griego Hesiodo y el latino Ovidio, están persuadidos de que todo el tiempo pasado fue mejor. Ellos explican la existencia de varias edades que pasaron de la cumbre a la decadencia. Tu­vieron que cambiarse estos conceptos para que los historiadores llegaran a la conclusión de que era posible esperar mayor grandeza en el porvenir.
     La idea puesta hacia el futuro fue propiamente de ori
gen hebreo y se relaciona con el sentido mesiánico del pueblo judío, especialmente en las profecías de Isaías. Esta visión futurista y mesiánica encuentra en el Cristia­nismo su expresión más depurada y noble, como marcha del hombre hacia Dios. Recordemos estas palabras de Isaías que se hallan en el Antiguo Testamento:
   “El pueblo que andaba en tinieblas, vio una luz gran­de. Sobre los que habitan en la tierra de sombras de muerte resplandeció una brillante luz. Porque nos ha na­cido un niño, nos ha sido dado un hijo que tiene sobre los hombros la soberanía, que se llamará Maravilloso Con­sejero, Dios Fuerte, Padre Sempiterno, Príncipe de la Paz. Para dilatar el imperio y para una paz ilimitada sobre el trono de David y de su reino, para afirmarlo y con­solidarlo en el derecho y en la justicia desde ahora para siempre jamás. El celo de Yahvé de los ejércitos hará es­to".
   Agustín de Tagaste, el sabio obispo africano de Hipona es el fundador de la filosofía de la historia como dis­ciplina. De este santo que tanto batalló con su propia conciencia, dice el gran escritor italiano, hoy injustamen­te casi olvidado, Giovanni Papini, en célebre biografía: "Precisamente en haber logrado salir del estiércol para elevarse a las estrellas consiste toda su gloria y se ma­nifiesta la potencia de la Gracia. Cuanta más honda fue la basura, tanto más grande es la luz de la altura".
   Como se sabe, San Agustín es autor de libro "Confe­siones" en el que relata su lucha mundana, el largo ca­mino pleno de excesos que tuvo que recorrer antes de entregar su inmensa dádiva de amor.
   Escribe Papini, citando a Goethe que las poesías líri­cas más bellas son las del azar. Añade: "También los veintidós libros de la "Ciudad de Dios", que constituyen la más prestigiosa epopeya en prosa que yo conozca na­cieron por un azar y quizás no habrían sido escritas sin la mala gesta de Alarico. El saqueo de Roma no fue más que el brote: de aquel hecho nada extraordinario —milla­res de ciudades han sido saqueadas en todos los tiem­pos— el genio de Agustín supo ascender a una síntesis de la historia humana y divina, en la cual nuestro géne­ro, dividido en dos ejércitos, está en combate bajo el ojo de Dios, visión que ha iluminado y moldeado a la Cris­tiandad durante mil años".
   La "Ciudad de Dios", obra fundamental en las creacio­nes culturales de Occidente, es el libro que hizo trascen­der particularmente a San Agustín. Habla en sus páginas de una lucha entre el hombre y Satán, entre el hombre y Dios. La idea central es la contraposición de estas dos ciudades: la Ciudad de Dios y la Ciudad del Diablo. "Los amores hicieron las dos ciudades, esto es, a la terrena, el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios; a la ce­leste, el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo. Y comenta Papini que la "Ciudad de Dios" es la de los buenos y al mismo tiempo la comunidad de los elegidos, de los que alcanzaron a Cristo y se unieron a Él; la segunda, la del Diablo, es la de los malvados y al mismo tiempo la sociedad de los injustos. La Ciudad de Dios esta  fundada sobre el amor, la Ciudad del Diablo sobre el odio, porque no sabe siquiera elevarse a la perfecta justicia humana.
   La mente agustiniana es radicalmente dualista. De una parte, la vida que se proyecta hacia Dios, de otra, la vida puramente temporal, carente de valores espiritua­les. La llegada de Jesús, es, sin embargo, el punto cen­tral, porque gracias a la Redención la Ciudad de Dios se levanta sobre la Ciudad Terrena o del Diablo, y el objeti­vo final en la historia del mundo será el triunfo de los bie­naventurados. La historia en suma, como una labor de la Providencia y del hombre.
   Giovanni Papini, gran biógrafo de San Agustín, dice que éste nació el trece de noviembre del 354. Antes re­cuerda que Julio Pablo Ritcher afirma que los nacidos en día domingo están destinados a cosas grandes, y San Agustín confirma esta dudosa ley, porque "cuando fue parido por Mónica, esposa de Patricio, era domingo".
   La "Ciudad de Dios" la empezó a escribir San Agustín en 412 o 413, y la concluyo catorce años después. Ahí está la primera filosofía de la historia. Termina el libro con la resurrección de los cuerpos bajo los nuevos cielos. De la oposición eterna entre el bien y el mal, San Agustín supo sacar una de las obras maestras de la ortodoxia católica. Los malos serán indestructibles hasta el fin de los siglos, pero también serán vencidos y castigados eternamente. La historia es la lucha entre los buenos y malos, pero esta división no fue creada por Dios, sino que es consecuencia del don de la libertad, divino y peligroso, que Dios concedió a sus criaturas.






domingo, 1 de septiembre de 2013

Maestro Héctor Palencia Alonso: In Memoriam Por Alberto Espinosa



   El Maestro Héctor Palencia Alonso, mentor de toda una comunidad cultural, purificó su concepto de libertad con las virtudes del ascetismo y la humildad, añadiendo a la verdadera libertad el valor social no sólo de la tolerancia sino de una actitud más elevada: la de la concordia -porque la actitud del querido jefe cultural era la del ser transparente y como el cristal o abierto  y siempre igual como la expresión o la palabra. El ser como apertura en su actitud liberal se manifestaba, en efecto,  en estar su vida tendida fuera de sí, dirigida hacia los otros y a lo otro radical –se llame igual Comunidad, que Poesía, Misterio o Dios.
   Quiero decir con ello que su vida estuvo siempre dirigida a los demás, referida hacia los otros: que fue una vida con sentido. Porque una vida con sentido es aquella que como la palabra no está referida a sí misma, sino al otro; que deja de interesarse en la propia existencia, para procurar e interesarse en la esencia de los demás, en lo que importa o que es valioso en ellos... y que así la justifica. La vida justificada es aquella que tiene sentido, pues, al revelar las notas esenciales del fundamento –que ya no tiene sentido, ni justificación, que ya no es para otro, sino que meta aludida que ya no alude, ser puramente en sí y para sí mismo que simplemente “es”.
   La vida y presencia fulgurante de Don Héctor Palencia puede verse como un dilatado testimonio de aquello que la dirigía y orientaba: las actitudes y expresiones de su cultura nativa, de su comunidad, pero también de las manifestaciones más elevadas del espíritu -cuyas dos vertientes trató siempre de armonizar. Esa modo de afrontar y enfrentar la vida lo llevó a dejar de girar en la órbita cerrada de su propia existencia dejando en la negación del vivir en sí o para sí mismo una opacidad ganada positivamente para su ser abierto que, en efecto, estuvo tendido siempre hacia lo otro y fue siempre por ello una reiterada revelación de los otros: del espíritu y de la comunidad que lo fundamentaba. Con ello no atendía a la formula de la vida económica, que postula una máximo de provecho por un mínimo de esfuerzo, sino a la ley de la caridad cristiana, en donde se da el conmovedor espectáculo de un máximo de esfuerzo por un mínimo de provecho personal.
   Ahí, en ese humilde y puro acto de la libertad, tiene que buscarse el misterio y el atractivo de la singular personalidad del Maestro Palencia. Porque el hombre cuya vida tiene sentido no se muestra él mismo, sino que al despejar la esencia del fundamento se hace es instancia revelante ...pero no revelada. Porque el ser para otro no revela nada acerca de sí mismo, sino acerca de la potencia que lo fundamenta... mientras que el fundamento que así apoya y justifica al sujeto tiene por lo contrario como esencia el ser revelado, pero ya no revelante... pues su ser ya no tiene más referencia o no es más para otro, sino que es en sí y para sí mismo.

   Ante el terror de las libertades extraviadas producto del avance vertiginoso de la técnica y de la planificación totalitaria de nuestro mundo moderno acaso quepa entre nosotros el desarrollo colectivo de una nueva actitud espiritual de la que el Maestro Palencia Alonso dio fiel testimonio con su ejemplo heroico individual: la obediencia disciplinada a una autoridad superior, a una ética basada en un nuevo concepto de libertad, en donde pueda abrirse el mundo del valor y de la vida espiritual en una colectividad liberada, ya no de las fuerzas de la naturaleza, sino de las fuerzas destructoras del arbitrio individual.  



jueves, 29 de agosto de 2013

La Ideología Rebelde del Cientificismo Por Alberto Espinosa


La moral cientificista se ha constituido como una poderosa ideología posmoderna que fundada en una cuestionable doctrina de las pulsiones del inconsciente promueve la falsificación de la seducción, el reduccionismo sexualista, la idea del innatismo de la agresividad humana y de la predación competitiva –consagrando así en el marco de la educación, bajo el aspecto pseudoteórico y pseudocientífico, lo que es más bien una especie de neurósis social e históricamente condicionada de profunda enajenación social. Su producto más notable es una razón agresiva y dominadora producto a su vez de una civilización existencial y en el fondo pagana, cuyo pensamiento único resulta en modo alguno ajeno tanto al publicismo y a la tecnocracia contemporánea como a esa confusa religión laica de la trivialización de las relaciones sexuales –dando cuenta de una alteración radical del hombre moderno, en ración directa del creciente inmanentismo del mundo contemporáneo.
16.3.- El doctor Mario Bunge ha hecho ver con claridad meridiana los equívocos pseudocientíficos de tales posturas, las que han encontrado en la “psicología evolutiva” a su más eficaz estandarte. Su mitología, muy popular hoy en día, cuenta que la mente humana dejó de evolucionar hace 50 mil años. El hombre así, vendría así algo así como un fósil andante, con una mente forjada en la lucha contra los elementos, en la lucha contra los leopardos en las sabanas de áfrica oriental, cuna del género humano. Intento de explicación del hombre por sus tendencias agresivas, primitas, agresivas –fuera de las cuales lo único que importaría al hombre es el sexo, pues lo único que en realidad le importaría es difundir sexualmente sus genes (Death, Pinker, Dokins). Posición primitiva ella misma, que ignora la revolución espiritual de las primeras 7 u 8 civilizaciones del mundo, hace 7 o 5 mil años, resumiéndose tal idea de la lucha por la vida en una especie de pansexualismo. Así terminan por concluir que el fenómeno de la dominación nada tiene que ver con lo político, sino que se deriva de razones puramente biológicas y de motivaciones puramente sexuales: robarle sus mujeres a otros. Así, también afirman que todas las actividades culturales del hombre no son en realidad sino estrategias de acoplamiento (Buss). Por otra parte la psicología evolutiva sostiene que la mente está compuesta por módulos mentales estancos, independientes entre sí (Foder) –cosa del todo falsa, pues es sabido que si se aprende la habilidad intelectual ayuda y mejora el trabajo manual y viceversa, y que ésta a su vez facilita el trabajo de otras manualidades;, pues aunque es verdad que hay distintas relaciones en el cerebro esas distintas relaciones están íntimamente conectadas las unas con las otras, habiendo una por tanto íntima relación entre lo racional y lo emotivo o afectivo.
Psicología primitiva, pues se trata de todo un caudal de hipótesis tan incomprobables como implausibles, por tanto no científicas. Puede añadirse también que se fundan en una falsa generalización, que tomando un carácter de la edad contemporánea, la regresión del hombre hacia el egoísmo y la animalidad, la caída en la participación de formas que los solidarizan con los niveles más bajos de la creación (místicas inferiores), pasa de manera no científica a construir poderosas ideologías de dominación.
Por otra parte la filosofía del egoísmo racional neoclásica, empíricamente falsa, postula, enteramente a-priori, que el sujeto económico actúa maximizando las utilidades, siendo tal el comportamiento económico racional –independientemente de los intereses de los demás, es decir, de manera que hay una especie de vacío social que les permite hacer lo que se les da la gana, sin consecuencia de sus actos. La fórmula reaccionaria de la utilidad, diseñada por Antonio Caso, sería entonces el máximo de provecho por el mínimo de esfuerzo, -contrapuesta a la ley de la caridad, que postula un máximo de esfuerzo por un mínimo de provecho. Doctrina acorde con la maximización de los genes, tanto como con la idea de la insignificancia evolutiva de las revoluciones sociales para el avance de la justicias o equidad social, reivindicando así para esas nuevas ciencias de la naturaleza humana (que van de la psicología evolutiva a la economía clásica de los emprendedores que maximizan a toda costa su margen de utilidades, pasando por la teoría genética y el innatismo) la visión trágica y pesimista del individualismo y el pesimismo de los filósofos y de políticos conservadores. En realidad los teóricos de la economía racional se equivocan groseramente, pues mediante pruebas experimentales se ha comprobado que solo un tercio de los hombres tiende a comportarse de forma egoísta, mientras que dos tercios de la población es gente más bien decente, no participando de los sistemas injustos del egoísta o del avaro, prefiriendo el comportamientos de la equidad.
Así, lo que ha detrás de las psudociencias como la psicología evolucionista genética es el fabuloso intento de reducir lo social a lo biológico o a lo genético (a su vez intervenidos tecnológicamente mediante los procedimientos del control social) –ignorando con ello la historia y el proceso natural, esencial, de la función social, que nos forma, es cierto, pero que a la vez vamos el hombre formando con su esfuerzo y el logro de las reivindicaciones básicas, fundamentales, de la justicia o la lucha por la libertad.
En el fondo se trata de una serie de mitos que quisieran explicarlo todo por la genética o por nuestros genes –así, los hechos históricos tendrían, en última instancia, cusas biológicas, desde el gusto hasta la revolución francesa y el capitalismo salvaje de la predación competitiva, todo lo cual estaría determinado por nuestros genes. Olvido e ignorancia de la historia, en un determinismo cuyo fin en hacer creer que el orden social no es de otra clase que el orden natural (de lo contrario ya habría cambiado por razón de la evolución natural genética). Postura evidentemente reaccionaria que consagra el stau quo que postula la parálisis social por mor del equilibrio de la oferta y la demanda –es decir, que postula la ineluctabilidad de lo que ha llegado a ser y la ontificación (cosificación) del hombre. Posturas no muy diferentes a las del hegelianismo o a las de materialismo, que intentan ya explicar la totalidad por el devenir del concepto, que es Dios (idealismo trascendental absoluto) o por la materia, ya sea esta entendida como ingredientes físicos o económicos (las condiciones materiales de la existencia). Determinismos y reduccionismos que inconfesadamente apelan a la circularidad del sentido –a ese punto de inflexión irrebasable donde el sistema empieza a girar sobre si mismo y a partir e las cuales hacen su agosto las certidumbres dogmáticas.




Curso de Antropología Filosófica XVI Del Mito de la Rebeldía Por Alberto Espinosa






16.1.-  La rebeldía se ha convertido hoy en día en moneda corriente y forma parte de nuestra circunstancia al estar como plegada dentro del pensamiento más o menos oficial derivado de las revoluciones, constituyéndose como verdaderas filosofías de la dominación y de la guerra. Civilizaciones enteras han caído hechizadas bajo el embrujo de sus ideologías, defendidas a capa y espada por grupos de presión interesados en validar y promover un mondo donde se codifican formas socialmente aceptas de agresión al prójimo, de dominación, intimidación adoctrinamiento, del omnipresente chantaje, de la falsificación de la seducción y la manipulación de los imperativos, u otras formas de poder, de ejercicio de la fuerza, como es la provocación.  Modalidades del pensamiento, pues, empeñadas en demostrar que la agresión está en el fundamento de la naturaleza humana, o en todo caso que invierten la jerarquía axiológica proponiendo que es más digno ser fuerte que ser deseable.  
   Sin embargo, puede argüirse que  es la simpatía más originariamente humana que la agresión, que es la simpatía la postura fundadora de lo humano –a-priori moral que más bien confirmaría que si el hombre está dividido de raíz por las posibilidades del bien el mal, es la posibilidad del bien lo que propiamente nos conforma como seres humanos.  En efecto, contra la dominación y el sometimiento, contra la desvalorización, el desprecio y el sometimiento de, puede aún hoy en día afirmarse que lo humano propiamente consiste en lo contrario: en el reconocimiento, la aceptación y la confirmación del valor en sí de la persona –que es a su vez el fundamento social y radical de lo humano.
16.2.- La moral cientificista se ha constituido empero como una poderosa ideología posmoderna  que fundada en una cuestionable doctrina de las pulsiones del inconsciente promueve la falsificación de la seducción, el reduccionismo sexualista, la idea del innatismo de la agresividad humana y de la predación competitiva –consagrando así en el marco de la educación, bajo el aspecto pseudoteórico y pseudocientífico, lo que es más bien una especie de neurósis social e históricamente condicionada de profunda enajenación social. Su producto más notable es una razón agresiva y dominadora producto a su vez de una civilización existencial y en el fondo pagana, cuyo pensamiento único resulta en modo alguno ajeno tanto al publicismo y a la tecnocracia contemporánea como a esa confusa religión laica de la trivialización de las relaciones sexuales –dando cuenta de una alteración radical del hombre moderno, en ración directa del creciente inmanentismo del mundo contemporáneo.
16.3.- El doctor Mario Bunge ha hecho ver con claridad meridiana los equívocos pseudocientíficos de tales posturas, las que han encontrado en la “psicología evolutiva” a su más eficaz estandarte. Su mitología, muy popular hoy en día, cuenta que la mente humana dejó de evolucionar hace 50 mil años. El hombre así, vendría así algo así como un fósil andante, con una mente forjada en la lucha contra los elementos, en la lucha contra los leopardos en las sabanas de áfrica oriental, cuna del género humano. Intento de explicación del hombre por sus tendencias agresivas, primitas, agresivas –fuera de las cuales lo único que importaría al hombre es el sexo, pues lo único que en realidad le importaría es difundir sexualmente sus genes (Death, Pinker, Dokins). Posición primitiva ella misma, que ignora la revolución espiritual de las primeras 7 u 8 civilizaciones del mundo, hace 7 o 5 mil años, resumiéndose tal idea de la lucha por la vida en una especie de pansexualismo. Así terminan por concluir que el fenómeno de la dominación nada tiene que ver con lo político, sino que se deriva de razones puramente biológicas y de motivaciones puramente sexuales: robarle sus mujeres a otros. Así, también afirman que todas las actividades culturales del hombre no son en realidad sino estrategias de acoplamiento (Buss). Por otra parte la psicología evolutiva sostiene que la mente está compuesta por módulos mentales estancos, independientes entre sí (Foder) –cosa del todo falsa, pues es sabido que  si se aprende la habilidad intelectual ayuda y mejora el trabajo manual y viceversa, y que ésta a su vez facilita el trabajo de otras manualidades;, pues aunque es verdad que hay distintas relaciones en el cerebro esas distintas relaciones están íntimamente conectadas las unas con las otras, habiendo una por tanto íntima relación entre lo racional y lo emotivo o afectivo.
   Psicología primitiva, pues se trata de todo un caudal de hipótesis tan incomprobables como implausibles, por tanto no científicas. Puede añadirse también  que se fundan en una falsa generalización, que tomando un carácter de la edad contemporánea, la regresión del hombre hacia el egoísmo y la animalidad, la caída en la participación de formas que los solidarizan con los niveles más bajos de la creación (místicas inferiores), pasa de manera no científica a construir poderosas ideologías de dominación.
   Por otra parte la filosofía del egoísmo racional neoclásica, empíricamente falsa, postula, enteramente a-priori, que el sujeto económico actúa maximizando las utilidades, siendo tal el comportamiento económico racional –independientemente de los intereses de los demás, es decir, de manera que hay una especie de vacío social que les permite hacer lo que se les da la gana, sin consecuencia de sus actos. La fórmula reaccionaria de la utilidad, diseñada por Antonio Caso, sería entonces el máximo de provecho por el mínimo de esfuerzo,  -contrapuesta a la ley de la caridad, que postula un máximo de esfuerzo por un mínimo de provecho. Doctrina acorde con la maximización de los genes, tanto como con la idea de la insignificancia evolutiva de las revoluciones sociales para el avance de la justicias o equidad social, reivindicando así para esas nuevas ciencias de la naturaleza humana (que van de la psicología evolutiva a la economía clásica de los emprendedores que maximizan a toda costa su margen de utilidades, pasando por la teoría genética y el innatismo) la visión trágica y pesimista del individualismo y el pesimismo de los filósofos y de políticos conservadores. En realidad los teóricos de la economía racional se equivocan groseramente, pues mediante pruebas experimentales se ha comprobado que solo un tercio de los hombres tiende a comportarse de forma egoísta, mientras que dos tercios de la población es gente más bien decente, no participando de los sistemas injustos del egoísta o del avaro, prefiriendo el comportamientos de la equidad.
   Así, lo que ha detrás de las psudociencias como la psicología evolucionista genética es el fabuloso intento de reducir lo social a lo biológico o a lo genético (a su vez intervenidos tecnológicamente mediante los procedimientos del control social) –ignorando con ello la historia y el proceso natural, esencial, de la función social, que nos forma, es cierto, pero que a la vez vamos el hombre formando con su esfuerzo y el logro de las reivindicaciones básicas, fundamentales, de la justicia o la lucha por la libertad.
   En el fondo se trata de una serie de mitos que quisieran explicarlo todo por la genética o por nuestros genes –así, los hechos históricos tendrían, en última instancia, cusas biológicas, desde el gusto hasta la revolución francesa y el capitalismo salvaje de la predación competitiva, todo lo cual estaría determinado por nuestros genes. Olvido e ignorancia de la historia, en un determinismo cuyo fin en hacer creer que el orden social no es de otra clase que el orden natural (de lo contrario ya habría cambiado por razón de la evolución natural genética). Postura evidentemente reaccionaria que consagra el stau quo que postula la parálisis social por mor del equilibrio de la oferta y la demanda –es decir, que postula la ineluctabilidad de lo que ha llegado a ser y la ontificación (cosificación) del hombre. Posturas no muy diferentes a las del hegelianismo o a las de materialismo, que intentan ya explicar la totalidad por el devenir del concepto, que es Dios (idealismo trascendental absoluto) o por la materia, ya sea esta entendida como ingredientes físicos o económicos (las condiciones materiales de la existencia). Determinismos y reduccionismos que inconfesadamente apelan a la circularidad del sentido –a ese punto de inflexión irrebasable donde el sistema empieza a girar sobre si mismo y a partir e las cuales hacen su agosto las certidumbres dogmáticas (cuestión sobre la que volveremos con todo detalle).



16.4.- El mismo fenómeno puede enfocarse bajo otra óptica cultural: la de la tradición de la ruptura, esa especie de rebeldía contra la tradición –formas ambas de  inmanentismo contemporáneo que junto con la rutina, la tecnocracia, la publicidad y la corrupción de las fuentes de la educación da lugar a esa forma moderna de enajenación consistente en la vacuificación o vulgarización de las costumbres, marchando a pasos contados de la cerrazón y evasión existencial del confinamiento a la abierta voluntad de incomunicación, y de ahí a las motivaciones puramente egoístas del inconsciente, a mecanización o automatización de la vida e incluso a la robotización del hombre.
   Interrupción, pues, de una tradición y desplazamiento de la misma por un vacio que es llenado inmediatamente por una malignidad -erosión de un castillo de piedra  por un viento maniático que silba airado-, cuya función es cambiar las notas esenciales del hombre y de la cultura misma hasta convertirlos en otra cosa, que resulta lo contrario de o que eran. Mutación y derrota de una tradición, pues, por los ácidos corrosivos y los ratones que con virulencia roen su sustancia, hasta irrumpir en el escenario con un salto brusco erigiendo súbitamente la ruptura en continuidad, en tradición otra, donde so pretexto de la novedad pululan los excesos y excentricidades las malas costumbres, siendo validadas por un pensamiento que es dogmático por la fuerza misma de su inferioridad intelectual, rayana en el primitivismo de la magia de salón, de la demonología, del lavado de cerebro, de la mistagogía o de la viscosa brujería.
   El impacto de esa rebeldía ha sido en las ciencias sociales, en la cultura y en las artes  desastrosa, cediendo las nobles tradiciones del espíritu de investigación y la energía propiamente científica y espiritual que las guía a las manifestaciones más pedestres de la enajenación, el delirio, de las pseudociencias, de las tentaciones ideológicas de las modas cientificistas  o del lavado de cerebros.
16.5.- Bajo tan temibles circunstancias quedan inmediatamente vulnerados los móviles íntimos de la atención así como del mismo sentimiento de respeto hacia las personas, dando pie al desconocimiento de la persona, a la desatención más cínica, a la rebelión de los discípulos y a la corrupción de las jerarquías.
   El rebelde (del latín “bellum”) propiamente es aquel que hace la guerra. Rebeldía ante el espíritu, ante el valor, ante el sentimiento de respeto y del deber, incluso ante el respetable público, como sucede en algunos movimientos vanguardistas de abierta agresión al público (surrealismo, dadaísmo). Proceso de agresión que bajo formas soterradas y avalado por tales ideologías comienza con la indiferencia respecto de figuras o contenidos de la cultura –consagrando de tal manera la idea de Max Scheler, según la cual si lo más valioso, el espíritu, es empero lo más lo más impotente, mientras que lo menos valioso, el instinto, es sin embargo lo más potente.  
   Así, el rebelde es inmediatamente el desatento, el irrespetuoso, amparado en una serie de tendencias agresivas socialmente condicionadas y formas admitidas socialmente de agresión al prójimo por las doctrinas de la lucha por la vida y la sobrevivencia del más fuerte. Nostalgia regresiva y robotizante también de un solo camino, de una sola vía, pregonada por la originalidad unánime y la uniformación de la disidencia –puerta de entrada al totalitarismo global contemporáneo sostenido por las cabezas… de ganado. Cuyo gregarismo y pereza mental, fruto de su originaria barbarie, traza una ecuación de poder social inversamente proporcional al grado de su abyección. Diseño de una sociedad que acepta la mentira como un haber, tan cruel como indecente, donde se fraguan las nuevas formas del egoísmo, de la explotación del prójimo, del hedonismo y de la esclavitud, dictadas por la lógica de la ambición, del placer y del poder.
   Visión del hombre como animal social, es cierto, pero esencialmente cruel, esencialmente como predador, dominado por los impulsos sexuales del inconsciente y por las tendencias violentas preconizadas por el hombre de la amargura y de la iniquidad que construye una torre de babel caracterizada por su rechazo de Dios (asevia).  Porque esencialmente el rebelde es quien no tiene a Dios, quien no persevera en la doctrina del amor cristiano, en el cambio implicado por la revolución cristiana de una nueva manera de sentir al próximo y cercano, mediante gestos de fraternidad y solidaridad, de esa pobreza en que consiste el amor consistente en la humildad de amar al prójimo como a uno mismo, que abre a una nueva libertad ennoblecedora de la persona, en esa hospitalidad que es comunión, en esa reconciliación con el prójimo y con Dios que pacifica la conciencia, redime del mal y salva del mundo.










sábado, 24 de agosto de 2013

Curso de Antropología Filosófica XV.- Los Lindes del Respeto Por Alberto Espinosa



A Santiago mayor –y al menor.




15.1.- Retomando el curso de antropología filosófica, que hemos comenzado por el costado antropológico de la definición del hombre por su educación, es decir, por el conocimiento y transmisión de una tradición, a la cual sólo se puede servir en la escucha de dos de sus postulados básicos, o condiciones de posibilidad suya, que son la  atención y el respeto.
   Puede decirse que la filosofía es siempre a la vez antropología filosófica de sí misma o filosofía de la filosofía, en último término confesiones personales de su autor, respecto de la que la filosofía o sea o deba seguir. La filosofía, ciencia o arte de las distinciones, se opondrá siempre por razón de su propia naturaleza a lo indistinto, al aspirar a ser ciencia, a ser teoría, desarrollo de una definición.  Se opone pues a lo ambiguo, a lo vago u arbitrario de lo que no diferencia o de lo que no se diferencia, ya sea fingiendo su naturaleza por algún equívoco  ya sea por falsificarlo, desvirtuándolo entonces de alguna manera, es decir, negando alguna de sus notas u ocultándolo y mintiendo. Uno de sus síntomas es la actitud de indiferencia, que se opone, por poner un límite por caso, que lo separa o distingue de a la indiferencia, decía que es opuesta a la simpatía, atracción o complicidad, resultando por tanto culminante en su estado más pasional activo en la franca agresión, ya sea de palabra o mímicamente, como la piedra arrojadiza que lleva la intención de dañar, a su vez en su extremo con el deseo tácito de que el otro desaparezca, es decir odiándolo –por una especie de ignorancia o ceguera para los valores, ajenos naturalmente, y falta de reconocimiento, por ignorancia de la propia persona que se es y, por tanto, de la persona ajena. Contándose socialmente con una serie de actitudes que avalan, blindan o protegen las actitudes agresivas frente a las seductoras -por una deficiente conceptuación de la naturaleza humana, pues, puede argumentarse, el ser humano y la humanidad misma es más nativamente seductora que agresiva -como se verá más adelante. 
15.2.- Del amplio abanico en que consiste la naturaleza humana, de entre los propios o propiedades  derivadas de la esencia humana, es decir de las exclusivas humanas en razón de las notas que lo diferencian de los demás seres creados, hemos empezado la descripción por la exclusiva más patente y moliente suya, por una exclusiva sobresaliente suya: el ser el suyo el de un ser que se educa, que está en continuo e inacabable proceso de autoeducación y socialmente de co-educación, en proceso pues de rectificación constante e interrumpido hasta que no finaliza con la muerte de la persona, signo con el cual finalmente rubrica por decirlo así su vida, haya sido relativamente bien o mal educada como persona.
15.3.- El hombre, en efecto, es el animal que se educa, el ser educado y esencialmente por ser el razón y el ser moral que es o por su propio naturaleza. Se ha caracterizado a la educación por dos notas suyas sobresalientes: la atención y el respeto. Nada más lejano a la humanidad y a la misma naturaleza del hombre o a su esencia que, dicho inversamente, que ser desatento, grosero, ignorante a sabiendas o irrespetuoso, es decir, mal educado.
15.4.- En un primer sentido, nota elemental de la educación es la del respeto mutuo, sin distingos, entre las personas –que constituye el principio de la igualdad. Puede decirse que en la actitud de respeto culmina la educación –que es la culminación del proceso educativo en el hombre, como es el insecto la culminación del instinto –su diferencia estribaría que mientras el instinto es mecanismo puramente automático, la educación es un proceso de aprendizaje de los contenidos y formas de una cultura, de una tradición, o su entra da en un mundo de valores, que es la cultura. Porque es por medio de la educación, de la trasmisión de una tradición que el hombre, cuya naturaleza es natural y sobrenatural a la vez, entra en el mundo racional y axiológico del espíritu o que llega a intuir los valores.
15.5.- En un segundo sentido el hombre debe respeto, sobre todo, al niño, a la mujer y a Dios. El respeto al niño se expresa en el imperativo cultural de educarlo y de educarnos a nosotros mismos para servirle de ejemplo; el respeto a la mujer se expresa como el deber ni de maltratar ni de violarla (respetando su virginidad, esa paradójica falta o no saber en que consiste su pureza), también en ser atentos con ella, incluso cortes, por ser la mujer a la vez depositaria de la moral y el espejo a través del cual el hombre mira al mundo y se contempla a sí mismo.  El respeto a Dios, por su parte, se expresa como el deber de obedecer su santa voluntad –la que es también motivo de adoración y reverencia, debido a su primacía absoluta entre todos los seres, por ser Padre supremo y Creador, es decir, suprema autoridad moral.
15.6.- Si la filosofía es el saber de lo más y lo más saber posible, no puede no saber de la empresa reputada como educativa por excelencia a través de los siglos: la educación religiosa, cristiana.  La religión, en efecto, ha visto mejor la esencia de la naturaleza humana como amenazada, por su costado negativo, por el pecado, por el hombre rebelde, de ánimo doble, o sea por el pecador, por el hombre que al faltar a uno sólo de los principios morales, corre el riesgo de hacerse reo, o cómplice o esclavo, de todos los otros pecados o faltas morales, por desatento o irrespetuoso de las normas, llegando a ser ofensivo, grosero, injusto e inmisericorde, sordo en una palabra a los consejos de la moralidad.
   El pecado es visto como una falta moral, como una caída, falta, como una sombra o mancha que va cercando cómodamente al hombre para arrastrarlo al mal que hay en el mundo, por medio de la tentación, de la perdición y a la postre de la condenación metafísica de los irredentos. La religión se presenta entonces como el proceso de educación, en el sentido de la redención del hombre.
15.7.- El irrespeto a Dios, análogamente, es una falta que se extiende a sus creaturas, a los más indefensos primeramente, la mujer y el niño, y posteriormente a los semejantes, incoándose bajo la forma de la ignorancia, del desconocimiento de sus personas, que `primariamente se manifiesta en la maledicencia, culminante en la blasfemia.
   Se habla entonces de los hombres de raíz amarga, esas fuentes saladas que no pueden echar agua dulce, de corazones infectados por la amarga envidia. También de los hombres dubitativos, que por una especie de doblez de ánimo resultan irresolutos, no dejando por ello obra perdurable al ser inconstantes en todos sus caminos –planteando entonces el fabuloso problema de la doblez, de la enajenación o alienación en el hombre.




   El irrespeto es entonces casuísticamente un mentir contra la verdad, un jactarse y gloriarse a sí mismo, resultando por sus ambiciones tales hombres  además contenciosos –siendo todo ello producto de una sabiduría terrenal, animal, incluso demoniaca.  “Porque donde hay envidia y ambición, allí hay también todo tipo contiendas y descontento y toda obra perversa.”  Santiago 3.16.
   Sus motores son la envidia, que deseando no puede conseguir lo que desea, engendra así la guerra; y la codicia, que no pudiendo poseer lo que anhela, lo usurpa o lo violenta. Todo ello derivado de la falta de humildad, del orgullo irrespetuoso a Dios, por no inclinarse y pedirle a Ël con fe, entrañando por tanto una radical incomunicación con Dios, una ruptura ontológica de participación del don lo divino. Por lo que tales hombres de raíz amarga estarían también apartados de la gracia de Dios, siendo rebeldes, inconformes, descontentos, o en una sola palabra desgraciados.
   Hombres de raíz amarga, cuyo corazón amarga lo que toca,  puede caracterizarse por la jactanciosa ambición y la fanfarronería o la llana falsificación de la verdad, pero también por la intriga insidiosa, por blasfemar contra las criaturas hechas a semejanza de Creador. Hombres que son como vides que no producen higos, como higueras que no producen aceitunas, como fuentes que no echan agua dulce, roídos por el gusano de la mentirosa envidia o de la asesina y beligerante codicia –del querer ser y no poder o del querer tener y no poseer.
   Mundo plagado de insatisfacciones y de males, pues donde hay descontento e inconformidad hay toda clase de maldad: de avaricia, de amor a las cosas meramente terrenales, y de ira, que no obra la justicia de Dios. De lucha por los deseos terrenas, de concupiscencia y de adulterio.  Incluida la falta mayor, que es la soberbia, consistente en hacer el mal a sabiendas, de manera obstinada y contumaz, y por la amistad con el mundo y el enfrentamiento con Dios, no directamente, sino por el rodeo del odio a la creación o a sus obras. Es decir, mundo existencialista, consistente en vivir la propia existencia individual de hecho y sin razón de ser, como contrapuesta y enfrentada con Dios.
15.8.- El deber de honrar a los padres, se deriva analógicamente del deber debido a Dios como padre, así como los gestos litúrgicos de la reverencia, del tributo, de la veneración y el homenaje –dimanantes de su santidad y del temor religioso a su potencia y potestad (contra la irreverencia, la blasfemia y el sacrilegio: Is 11.2: Rm 8-5: Mc 13. 14).   
      Ser religioso acaba así por coincidir con ser respetuoso de la divinidad y por tanto de la moralidad que de ella dimana (Hch 17. 22).
15.9.- El respeto es así esencialmente el acatamiento a uno que se presume como superior: es obediencia, subordinación, sumisión o, en su punto más delgado o débil, consideración, miramiento. La rebeldía se expresa por su parte corriendo en el espectro semántico del descreimiento, de desatención, de la desconsideración y por tanto del consecuente distanciamiento por desacato, hasta llegar a voltearse en franco irrespeto que se expresa a su vez en la ironía, zumba, mofa, befa, escarnio o en el sarcasmo –culminantes el la caricaturización y el pitorreo.
15.10.- El fenómeno de la rebelión de los discípulos, la jugada de los rebeldes sin causa, consiste así básicamente en vulnerar la continuidad de la tradición, sustituyendo a ésta por otra cosa en nombre del momento, del instante o de la novedad (tradición de la ruptura). Tomar el lugar de (stand for), o estar por otro caos, que es la estructura del signo, adhiriéndose así a una serie de metasignificados, a un segundo nivel de significaciones que se sobreponen al primer nivel –por lo que hay siempre también en esas actitudes algo de angustia derivada de tal reflexividad:; también de formalismo, de absoluta prioridad de los significantes,  de la que se derivan tanto claves como códigos). También la usurpación: el tomar por fuerza o astucia el lugar de otro, que es ya falsificar. De ahí su espíritu innoble y ferozmente competitivo.
   La rebeldía más generalizadamente se expresa, pues, como una falsificación, ya sea del amor o de la amistad, ya sea del saber, que va de una adulteración de la filosofía a la psicología, de la cultura a la religión, terminando por minar en su raíz misma lo social, chancros morales que llegan pues a impactar a toda una comunidad al aplaudir falsos valores.
   Protón Pseudos o primera mentira que va dando lugar a un mundo de simulaciones y variopintas apariencias, apagando los colores y aplanando los volúmenes de la verdadera realidad –por lo que tiene un indisimulable compromiso con la ficción, la mentira y la ocultación.  Algunos de sus parapetos serían el formalismo huero, el tecnicismo inane la inconsistencia del doble pensar, que se anula a sí mismo, o la orfandad de la ignorancia de los orígenes, culminantes en la asebia o ignorancia de mala fe respecto de Dios. Mercenarios del cosmos, hijos de si mismos, de la fortuna, dispuestos a saltar a la aventura histórica dando la espalda al mito, sin legitimidad, pero también si  origen.
   Algunas de sus figuras serían la del faccioso y el sedicioso, la de la rebeldía pues que invita a la discordia, en su acción de ir “más allá” de los límites impuestos por el respeto. Otra, la del simulador, que con aspecto o rostro o semblante de sumisión no se asemeja en el fondo a aquello que dice obedecer, o que disimula histriónicamente, pues, al no ser en el fondo semejante, similar, cayendo por tanto en lo disímil y en la simulación y disimulación consecuente –como esos semidioses hemipléjicos que no llegan apenas sino a lo cuasimodal, a lo que es quisi-cosa, al remedo, al bagazo del modelo al que pretendían sustituir.
    En su extremo, incurriendo en el gandaya, que llevan una vida de saltimbanqui dada a la tuna, holgazana, por huir y refugiarse en campo bruto, en la loma en greña no cultivada de la barbarie, dándose la vuelta o volteándose -después de agandayar una parcela que no han trabajado, hasta concluir en la figura del desterrado forajido, del vagabundo gandul, del haragán o del tonto.











jueves, 15 de agosto de 2013

Homofilia o Paraíso Por Alberto Espinosa




Hoy en día se tacha con furor a cualquier seguidor de lay regia, de la ley de la libertad, de homófobo. Es un error. Un lamentable error. Lo único cierto es que el cristiano considera que las relaciones degeneradas son una torpeza, que el infractor se aleja del espíritu santo, que es movido por el espíritu de la mundanidad, por esa sabiduría del mundo que tan frecuentemente resulta demoníaca. O, dicho llanamente, que los homosexuales no irán al cielo, que ofenden con su comportamiento al Eterno, que tal comportamiento es pecaminoso. Por temores ya bimilenarios los afeminados, los homosexuales y demás yerbas de olor han pasado en nuestro tiempo a la ofensiva, arguyendo una modernidad, un laicismo, una secularización que no los exhibirá del juicio, reprobatorio, por su conducta disoluta, o al menos permisiva, libertina. Dígase lo que se diga, pero no misa, porque la Biblia es absolutamente clara a ese respecto: por no adorar al Creador y adorar al hombre su corazón será entenebrecido y recibirán en sus mismos cuerpos el castigo por sus desvaríos -porque la desesperación de la condenación eterna, o de la aniquilación ab integrum les prenderá una chispa, una chispa de inquietud, de temor escatológico, hasta finalmente consumirse en las llamas de su propios deseos invertidos, de sus propias malas acciones, y seducidos por el maligno, dejándose llevar por el mal espíritu, correrán la suerte del siniestro, ardiendo de ira, probablemente, y consumidos finalmente por la atroz desesperación. Dígase, pues, lo que se quiera, pero las llaves de Pedro seguramente no les abrirá las puertas del paraíso a los rebeldes.




De la Conformidad y el Conformismo Por Alberto Espinosa

De la Conformidad y el Conformismo

Por Alberto Espinosa Orozco








Dice Guillermo Tovar de Teresa: “Contento: el que se contiene a sí mismo y no necesita buscar cosa alguna afuera. Enajenado: contrario de contento. El que esté lleno de lo ajeno y vacío de lo propio.” La definición de enajenado es magnífica, porque sí, el hombre contento está pleno de sí y del espíritu, que es lo propio y sin egoísmo; mientras que el enajenado esta ajeno a sí, raptado de la mente, es un mentecato, pues, en lo que no puede en definitiva haber contentamiento alguno, pues es claro que tal hombre es un perpetuo descontento, una hoguera insaciable -tomando en cuenta que el conformismo sería, más que nada, un vacuo convencionalismo, que es locura, y que en modo alguno debe confundirse con el conforme, con el contento de sí.

Los inconformes radicales de nuestro tiempo, paradójicamente, suelen ser los más convencionales, y los más convenencieros, los más serviles, también los más ajenos a sí mismos, los más desparramados fuera de su propio continente: los más contenciosos en una palabra, ya en guerra interna consigo mismos, contra sí mismos. La conformidad, por su parte, sería el otro estigma de nuestra época, que es en general el de la doblez, la posibilidad de ser otro del que se es, que es la enajenación... de ser otro o de otra manera... y por lo tanto de dejar de ser. Peligro entrañado en la constitución de la misma naturaleza humana: el no ser. 

En ambos casos se trataría de no poder llegar a uno mismo, de no poder ser -en sendos tipos también de envenenamiento, de corrupción o de anulación de la imaginación. En sendos casos se trata de fenómenos de alienación -aunque hay que añadir un ingrediente más: de la enajenación social,  cuando no se puede ser porque el medio no lo permite, por una falla o presión o vacío social, por decirlo así, cosa que también sucede o se da. Por caso un orador en un país de sordos, o un escritor en una nación analfabeta... pues nada, no llegan, no hay, no existen. Como Demóstenes, que mejor se va al mar, a tragar piedras, para al menos mejorar su dicción y hablarle a las olas, o como el profeta que se va al desierto a predicarle a las lagartijas.

En cambio, ser conforme, estar y ser conforme, coincidir con la propia forma, contenerse en la persona propia, sin la desmesura de querer ser más que uno mismo, sin levadura; contenerse, pues, en una palabra, que es lo mismo que contentarse, que ser y estarse contento o satisfecho, y que no es sino la medida del bien humano, es decir, de la felicidad asequible -en una época de insatisfechos, de descontentos, de desmedidos, de infelices e inconformes crónicos, pero también, por el otro cabo, de conformistas. La diferencia estribaría en éste último caso en conformarse a otra cosa, en tomar la forma de otra cosa, que es el conformismo, que ahora llaman resiliencia, adaptación al medio, con todo lo que eso puede implicar, que es la figura del abyecto.

          Por lo contrario, se trata de estar conforme con uno mismo, con la propia sustancia, con la propia esencia individual, singular, humana -que en su límite es contentarse con la personal y propia suerte ontológica, que es asunto de conformidad, encerrado en el "primero conócete a ti mismo" délfico. Llegar a ser quien somos -porque hay adherencias debidas al demonio y el animal que nos habita, que hay que purificar (pero también a la tremenda presión histórica y generacional, que es el demonio del tiempo, del cambio, del devenir). Demonios que, evidentemente, hay que reprimir  -pues, por caso, hay quien se transforma en cochinito de tanto comer, por no refrenar el apetito, el deseo, la pasión de su abdomen -colosal problema educativo de hoy en día, ciertamente vigente, presente en los infantes torteros.

Llega a ser quien eres, confórmate a ti mismo, se podría agregar, para estar contento, para hallar contentamiento, satisfacción en la vida, pues la satisfacción es sinónimo del bien: es el bien, lo satisfecho, y solo estando en uno mismo podemos hallar satisfacción, estar satisfechos y también ser buenos moralmente. Llegar a ser quién somos en realidad… bueno, eso sería ya el cuerno de la abundancia y la felicidad: reconocernos como comunidad, exenta de enajenación, de conformismo e inconformidad.

Puede aún agregarse que vivimos una época de inconformidad, de descontento, de insatisfacción, por ser rasgos éstos de la edad contemporánea: su excentricidad y su extremismo, aunados a la superficialidad, donde es sólito el espectáculo de personas sacadas de su centro, excéntricas y además excesivas, extremosas... En un sentido filosófico, esos caracteres indican los tirones humanos históricos, en busca de algo que sobrepasa la condición humana misma, pero también su limitación constitutiva, su finitud en una palabra, que al topar con el límite de esa naturaleza... nos obligan a regresar a un centro más estable de la persona.

        En una época como la nuestra, en la que el ser humano ha explorado insaciable los extremos de la existenciariedad, y del inmanentismo que necesariamente le acompaña ¿habremos llegado al punto tal de sobrecogedora angustia que nos obligue a retachar, por decirlo así, a un punto medio, más estable, de la persona?, ¿de volver en nosotros, a nosotros mismos, y de regresar al centro del ser... y de la esencia eterna?








Curso de Antropología Filosófica XIV.- La Dialéctica de lo Negativo: los Valores Marchitos



14.1.- La severa crisis de nuestro tiempo puede verse, en el fondo, como una crisis filosófica. El chancro que invade a la filosofía es la de la angustia por lo temporal, de cuya dialéctica de la negatividad no queda sino diagnosticar su origen y mirar de frente las consecuencias de sus rizomas y tumefacciones para así, luego de mostrar y extirpar sus causales, volver a la filosofía, ya más ligeros de equipaje, para encontrar en ella misma la plena consciencia de sí –en una vuelta a la filosofía de la filosofía.
   Imposible entonces no analizar, no hacer la disecación de la cadaverina que engendra uno de los grandes fenómenos de la vida social contemporánea: el de la rebelión de los discípulos, fabuloso complejo donde se abrazan dialécticamente dos fuerzas colosales (el tiempo y el logos), en una especie de fabulosa gigantomaquia –de consecuencias realmente impredecibles.
14.2.- Su causa es una especie de neurosis y/o enajenación de la conciencia social históricamente y materialmente condicionada que vulnera de raíz y corta de tajo el tallo la sociedad magistratorum et discipulorum en que socialmente la filosofía consiste, bajo la forma ambigua de lo que se ha venido a llamar la “tradición de la ruptura” -en modo es ajena a las vanguardias.
   El proceso educativo se convierte entonces en su reverso, volteando sus conceptos cardinales de convivencia y de formación al apuntar a un pensamiento contradictorio, dialéctico puede decirse, el mismo, donde se rompe amargamente con las situaciones de convivencia formativa en que la educación propiamente cosiste, convirtiéndolas en situaciones ya deformantes de los contenidos y formas de la cultura, y por tanto deformantes de la persona misma, o en situaciones de desvivencia, resultando en último término tiránicas tanto por ser  profundamente insatisfactorias, como por nihilificadoras de la persona, por abortivas de lo humano, donde se concluye en la muerte del hombre, del humanismo, siendo en cambio sustituida la educación por una ideología o por un dogma, por un tecnicismo ñoño, por una magia o por un culto al milagro –fenómeno en modo alguno desligado de las ideologías fascistas que sustituyen los imperativos de la educación y de la moralidad, por el inmanentismo de la satisfacción inmediata o del éxito y la posición social, trasmutando la cooperación pacífica entre las personas en una lucha feroz, bajo cuyo orden de eficacia competitiva abiertamente triunfan los imperativos más urgentes de la violencia: la ocultación, la doblez, la delación, la inquisición y el arrebato, hasta culminar finalmente o en bostezo idiota del tedio o en la llana estulticia del caos -como palpable e indefectible consecuencia de haber abiertamente alimentado un manojo indistinto de valores marchitos.
   Amor imperativo por la tiempo que deriva en una muy cuestionable razón histórica –cuyo sistema del mundo, al perder la consistencia que le dio origen (hegelianismo), se haya al tal grado desmembrado, como la cabeza de la mítica Hidra de Lerma, que sólo es posible asistir al asombroso espectáculo de la reproducción de sus cabezas, cuyas extremidades aún fragmentadas crecen cual dislocados tentáculos que se adelantan y se agitan bajo la especie de de un caótico torbellino: pues es de hecho razón, por tanto una, universal, imperativa, pero como el voluble tiempo es a la vez cambiante (¿??), no pudiendo erigirse entonces sino en “razón  dialéctica” -que se niega metódicamente así misma para estar siempre un paso más allá de si, desmarcada, siendo por tanto voluptuosamente excéntrica, alcanzándose sólo a sí misma, en sus impotentes extremismos tangenciales, bajo la forma de una rabiosa sed de negación que solo sabe saciarse al beber las oscuras aguas de la negación… de la negación. Para resultar así afirmativa. Razón universal y una, pues, pero a la vez mudable, cambiante con el tiempo, en una palabra razón histórica, evolucionista, pues para poder ser tiene que mutar, dejando forzosamente de ser para rehacerse a sí misma en un interminable círculo tan excéntrico como extremista de negatividades).
 14.3.- El síntoma más patente de ese modelo de razón, de la razón del tiempo, de la razón sin Dios, es el de la aniquilación de la noción de respeto en la persona. En efecto, lo que los fragmentos de tal filosofía arroja prima faquie sobre el mundo de la convivencia es directamente una afectación moral al sentimiento de respeto –engendrando con ello, por mor de algún formalismo, la más patente informalidad y desatención en los espíritus, redundando como consecuencia social en el sembradero de la semilla oscura del relativismo escéptico, en cuyo campo se ciegan los valores, andando el individuo y la sociedad misma frustráneos, sin poder dar frutos válidos, coptados a su vez por las fuerzas titánicas de tumultuosas presiones históricas –las que en nombre de lo social destruyen lo social en su raíz misma.   
14.4.- Difícil, en verdad, moverse y orientarse en ese río revuelto de la razón dialéctica, poblado por las tan precipitadas como ajadas y molientes rocas romas de sus valores marchitos -haciendo del alma mater su seno y su refugio, promoviendo abiertamente la disidencia, agasajando al rebelde y aplaudiendo la satrapía, dando pábulo con ello al contingentismo, al excentricismo, al finitismo, al exhibicionismo de la vida pública y al vacuo formalismo –hasta llegar al ritualismo rígido, regido por las formas del mero devenir y, a pasos contados, a la idolatría sin sustancia de la mera posición social de la persona (personalismo). Mundo puramente existencial, es cierto, donde pulula una caterva de rebeldes sin causa –sin causa metafísica-, en que se resuelve anodinamente el inmanentismo, el tecnicismo tecnocrático y el publicismo (la publicidad y la propaganda inclusa), como rasgos constitutivos de la edad contemporánea, que a su vez devienen en un desaforado amor por las formas puras, pues, en una especie de prioridad absoluta del significante: del signo sobre el símbolo, del cuerpo sobre el alma y de la materia sobre el cuerpo. Rampante formalismo, pues, que viene a desalojar por completo de contenido el sentimiento del respeto.
14.5.- Nada más común, más corriente y moliente en nuestro tiempo, siglo y mundo, que ese atravesado coro de antiautoritarismos –los cuales sin embargo no dejan de rebelar que están reclamando para si, a todas luces, toda la autoridad más prístina y total, aunque en el camino hayan dejado de respetar impúdicamente tanto a los otros como a si mismos –dando lugar con ello a una autoridad tan personalista como atávica y meramente supersticiosa.

14.6.-  Ante tan agreste panorama no queda así sino volver a ver con más detalle en que consiste el sentimiento del respeto y la autoridad que de él dimana. El la siguiente entrega…!!!