martes, 23 de abril de 2013

I.- El Caballero Soldado Matador de Dragones Por Alberto Espinosa

 San Jorge: Patrono de Durango

Señor San Jorge Bendito
   por tu gloria celestial
   y tu poder especial
   líbranos de todo mal,
   de sabandijas y víboras,
   de todo bicho rabioso
   de piquetes de alacrán
   y de animal ponzoñoso
   y de pecado mortal.”
Antigua Oración Popular

I.- La Escultura y la Pintura de San Jorge en Durango
   La Catedral Basílica Menor de Durango  encierra celosamente maravillosas reliquias y notables obras del Arte Sacro Virreinal. Entre ellas destacan, en efecto, algunos huesos del evangelista San Mateo, un dedo de la princesa polaca Santa Edwiges, la Sillería del Coro –cuyos santos labrados en madera estofada están recubiertos de lámina de oro. También existen cuatro imágenes de San Jorge: la conocida y venerada escultura de estofado, patrono popular de Durango, a la que hay que agregar un singular lienzo al óleo el cual versa asimismo sobre la leyenda de San Jorge y el Dragón, mas una talla en cantera donde el caballero se encuentra de pie, desmontado, en el segundo cuerpo de la portada lateral derecha y poniente, en uno de los cuatro nichos (el superior  izquierdo, reservados a los santos protectores del templo) -y otro lienzo más resguardado en el Presbiterio del mismo templo con el icono de San Jorge.
   La famosa escultura de San Jorge es una preciosa obra escultórica de arte virreinal en la que se representa a San Jorge fustigando a un negro Dragón con el estilete de su lanza. Tal obra de arte data del siglo XVIII, obedeciendo su manufactura a la fiesta que en su honor se realizó en el año 1749 por los cabildos eclesiástico y municipal para institucionalar sus celebraciones. Agrega el maestro Manuel Lozoya Cigarroa que antes de tomar el obispado justo al ser nombrado Obispo de Durango el Señor Doctor don Pedro Anselmo Sánchez de Tagle fue quien mandó que se jurara como patrono de Durango a San Jorge el día 23 de abril de 1749. 
   El Maestro Héctor Palencia la describe no sin arrobo en sus escritos: “La escultura de San Jorge es de estofado, con un metro de altura, con un bello rostro juvenil tocado con reluciente yelmo de oro de muchos quilates, que fue obsequiado por un rico minero durangueño  a quien el santo salvó de un piquete de un alacrán. Monta a caballo luciendo espléndidas espuelas de plata y con lanza del mismo metal, que fueron donados por otro devoto agradecido.  San Jorge lancea feroz dragón negro que yace a sus pies con las fauces abiertas, lanzando lenguas de fuego.”
   En la misma Sacristía de la Catedral de Durango, al costado izquierdo de la escultura, se aprecia también un óleo de gran tamaño donde se repite la imagen de San Jorge sobre el caballo blanco, sólo que esta vez su aspecto es la de un hombre ya constituido en la plenitud de la edad viril, fustigando con la lanza  a un feroz reptil olanudo de color verde oliva. Este caballero ataca con su lanza al legendario animal que abre sus fauces en signo de dolor. La representación se subraya con la presencia de negros alacranes que reptan en la parte baja del cuadro.
   En la Misma Catedral Basílica Menor de Durango hay un par más de imágenes de San Jorge. Por una parte, una preciosa escultura del santo que se encuentra en el exterior del templo, en la parte superior del costado izquierdo de la entrada de la nave, sobre la calle de Constitución –y otra, informa el joven cronista de la capital Juan Manuel Almonte, quien indica se encuentra en el seminario (o baptisterio), la cual corresponde a una secreta pintura. 

II.- San Jorge en la Tradición Popular
   La famosa escultura del niño  San Jorge tiene, así, dos centurias y media de antigüedad. El día de la fiesta del santo, el veintitrés de abril,  la imagen es colocada durante en el presbiterio de la Catedral, para que el pueblo de Dios venere a San Jorge.   Aunque el patrono oficial de la ciudad de Durango es San Ramón (con festividad el 30 agosto), las costumbres populares consagran el 23 de abril como el día en que, desde temprana hora, infinidad de familias llevan a los niños cargando frescas flores para que las depositen al santo, y después de dejarlas besen el religioso cordón de la leyenda:

“San Jorge bendito
amarra tu animalito
con tu cordón bendito,
para que no nos pique ni a mí
ni a mis hermanitos”.

   Don Héctor Palencia Alonso asienta en alguno de sus escritos: “El veintitrés de abril, alrededor de la medianoche, cuando las flores y las velas ya forman un cerro, miles de durangueños recogen las flores con reverencia, para esparcirlas después por los campos de labranza, Esta costumbre es tan vieja como su imagen, y se basa en la creencia que viene de siglos, de que las flores que estuvieron en contacto directo con San Jorge, ayudan a que los cultivos no sean dañados por las plagas”.
   Así, la leyenda de San Jorge y las tradiciones populares concretas que de esa creencia se derivan debe considerarse por motivos suficientes como un ingrediente más de la idiosincrasia de esta región geográfica y por tanto como elemento clave del concepto de la “durangeñidad”.

III.- La leyenda de San Jorge dada de baja
   San Jorge, junto con San Cristóbal o Santa Bárbara, es uno de los santos fabulosos que el Concilio Vaticano II presidido por Paulo VI en 1962 consideró, acaso sin suficiente reflexión simbólica, como un mito apócrifo e inexistente –dándolo por consecuencia de baja y expulsándolo del santoral y del panteón cristiano. No por ello el Santo quedo despojado del todo del derecho a la existencia por falta de fundamentación documental e histórica, pues es inobjetable sin embargo el hecho de que los fieles le rezan con más devoción que si se tratara de San Pedro o del mismísimo Jesús, el hijo de Dios. ¿Por qué?
   Ello se debe acaso a que el espíritu humano esta constituido de tal suerte que la ficción le resulta más grata que la verdad histórica por acuñarse en ella la estructura del valor: de lo deseable requerido en donde dar cuerpo a la expectativa y el anhelo que satisfacería un carencia insoportable o urgente de enmienda.
   Porque San Jorge es una figura que se encuentra firmemente arraigada en el trasfondo de la historia moderna. Este santo representa un notable fenómeno de homologación de universos religiosos diversos y multiformes. En efecto, para finales del Mundo Antiguo pero sobre todo en la Edad Media, ciertos dioses y héroes mitológicos fueron transformados en santos cristianos. La cristianización de las tradiciones religiosas constituye así la unificación religiosa de la oikouméne. Por caso ejemplar, los innumerables héroes y dioses matadores de dragones, desde Grecia hasta Irlanda, desde Portugal hasta los Urales, se transformaron todos en un mismo santo: San Jorge. Ello se debe a la vocación universalista de la religión, cuya vocación la impulsa a la superación de cualquier provincialismo, cuya autarquía puede poner en riesgo la unidad de la fe (Mircea Eliade). Es sabido que San Jorge es un santo respetado por la Iglesia Ortodoxa, no menos que por la Anglicana de Inglaterra, donde incluso se le consagra uno de sus máximos templos en el mundo, en que llegan a celebrarse algunas bodas reales, siendo el sino de su divisa evangélica aquella de: “Dar al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que de Dios es” –a manera de principio, pues, de distinción, justicia y equidad. También se le relaciona con el Papa Benedictus XIV, con Enrique IV de Inglaterra y con la leyenda rumana del Conde Drácula (dragón).
   Así surgió la figura de un Santo: el caballero Jorge que engalanado con los atributos de un héroe y vistiendo una brillante armadura plateada se enfrentó al dragón y pudo vencerlo. Desde el siglo XIII la popularidad de San Jorge se erigió como patrón de muchas comarcas y lugares: Gran Bretaña principalmente, pero también fue adoptado por la Corona de Aragón, por Grecia y Barcelona; más recientemente, en el siglo XVIII, por la Ciudad de Durango. Especialmente potente para contener a invasores guerreros y las epidemias, San Jorge fue sin embargo presa con el tiempo del escepticismo moderno, siendo incluso considerado por el Concilio Vaticano II siglos después como un mito inexistente. No por ello se le deja de venerar en algunas regiones del mundo, junto con San Sebastián y San Miguel, como un “soldado de Cristo” y como ejemplo a seguir por todo buen fiel.

IV.- Universalidad de San Jorge
   La fiesta de San Jorge en abril suplantó así la antigua fiesta pagana de la Palia (en que se celebraba a Juan Bautista en el mes de julio). Es, pues, la sustitución de la fiesta gentilicia del agua en el solsticio estival, al igual que la fiesta de la asunción de la Virgen en agosto desalojó a la fiesta de Diana, en un proceso similar al que dio como nacimiento de Cristo el 25 de diciembre en el cual los gentiles celebraban el nacimiento del sol o “Sol Invictus”.  
   Se trata, en efecto, de la traducción en términos cristianos de una vieja costumbre europea, celebrada para abril o para mayo, de poner una rama verde ante la casa propia o sobre la de la doncella, originada en la creencia del poder fertilizante del “espíritu del árbol”. En la víspera de San Jorge, en efecto, la mujer que desea ser madre coloca una camisa nueva sobre un árbol frutal y a la mañana siguiente, antes de que amanezca, si encuentra que un bichito ha trepado por ella, su deseo se cumplirá en un año y se pone la camisa confiada de que será fructífera como el árbol. Se asocia también a la creencia que los árboles o espíritus arbóreos traerán la lluvia o el buen tiempo. Costumbres análogas se repiten entre los eslavos de Corintintia adornando los jóvenes un árbol con flores y guirnaldas llevando ramas verdes de abedul y cantan en procesión acompañados de música, siendo el personaje principal  un joven engalanado como “Jorge el Verde”. En otros sitios sacan fuera a los rebaños y adornados con flores los pasean mientras cantan:

A Jorge el Verde traemos,
a Jorge el Verde llevamos,
que alimente el ganado bien
y traiga el agua con él.”

   Entre los gitanos de Transilvania y Rumania la fiesta de “Jorge el Verde” es la principal celebración primaveral y cantan ante un sauce joven. En la Pascua de Pentecostés. Por otra parte, es sabido que adorar a su caballo adornado con guardaparras de los que penden bellotas doradas o jurar por el casco de bronce de San Jorge es una costumbre propia de reyes (Sir James Frazer).  

V.- El Mito del Dragón
  Por su forma temible la autoridad eclesiástica de la Edad Medio vio en el dragón un símbolo definitivamente oscuro, identificando al animal con fuerzas infernales. Así, el mito caballeresco lo imaginó como un descomunal lagarto dotado con alas de murciélago y cola de aspecto diabólico que a la manera del Minotauro reclamaba a jóvenes doncellas para continuar vivo por la vitalidad de su sangre. A cambio de tal tributo dejaba vivir a los lugareños y respetaba sus poblados y cosechas  en cuyas lindes se apostaba.
   De acuerdo a antiquísimas tradiciones medievales el dragón se convirtió en síntesis y resumen de todos los males contra los cuales el hombre era incapaz de luchar o impotente en su pequeñez para vencer. Los fabulosos enemigos del hombre y del mundo tomaron entonces la forma de monstruos y bestias fantásticas, representando el dragón lo mismo las fuerzas desmedidas descontarlas de la naturaleza y el submundo infernal que la esfera de lo oculto y misterioso. Entre sus connotaciones benéficas y protectores se le considero como un poderoso símbolo de fuerza, por lo que apreció en múltiples blasones y escudos nobiliarios. En las islas británicas, por caso, se consideraba de que si se los tenía convenientemente alimentados resultaban una eficiente fuerza protectora contra las invasiones del continente. El dragón así, como los demonios, tiene un rostro positivo cayendo bajo la categoría de los “eudemonios”, empero en su otro aspecto se subsume bajo la categoría oscura de lo “cacodemonológico”. 
   La verdad es que el dragón no es, como la serpiente, sino una alegoría del componente reptílico agresivo y ritualista en nuestro cerebro, el cerebro reptil (el cual se asentaría de acuerdo a Artur Koetstleler en silla turca o hipófisis, considerada por el moderno Descartes cede del alma humana), muy por debajo de la evolucionada neocorteza cerebral específicamente humana. El temor a los dragones es en realidad temor a esa parte primitiva y violenta de nosotros mismos. En el Capítulo III del Génesis, primer libro de la Biblia, Dios dispone que haya perpetua enemistad entre los reptiles, la que data de la que las leyendas populares de muy diversas culturas, contengan alusiones míticas a los dragones.
   Recordemos, nos dice Héctor Palencia, lo que dice Carl Sagan: “Seguramente no es un hecho casual y el hombre. El fenómeno tiene carácter universal. ¿Es una rara coincidencia que los sonidos onomatopéyicos que el hombre emite para reclamar silencio o llamar la atención tenga extraño parecido con el silbido de los reptiles? ¿Puede pensarse que los dragones llegaran a constituir un gravísimo peligro para nuestros antecesores protohumanos, de hace unos cuatro millones de años, y que el temor que suscitaban, junto con las muertes que causaban, impulsaran la evolución del intelecto humano? ¿O debemos considerar, quizás, que la alegoría de la serpiente constituye una referencia a la utilización del componente reptílico agresivo y ritualista en nuestro cerebro en la posterior evolución de la neocórtex? ¿No es posible que el temor a los dragones fuera en realidad temor a una parte de nosotros mismos?

VI.- Trascendencia de San Jorge
   Contra la egolatría del individualismo moderno la fiesta de San Jorge nos pone ante los ojos otro modelo de la sociedad, en donde la comunidad llevada de la mano de la piedad religiosa y abrazada por el sentimiento de la simpatía empática hacia los otros supera con mucho a la sociedad egoísta y su angustiante soledad multitudinaria rebajada por el codeo y el exhibicionismo público o por la angustiosa soledad masiva.   En efecto, el pecado y el escepticismo moderno causan no sólo la discordancia entre el hombre y la naturaleza, también vuelve infecundas las relaciones entre los hombres.
   En la fiesta de la veneración o en la consagración de los campos labrantíos se vislumbra, es cierto, el ideal social de la comunidad realizada en donde quedan de pronto abolidas las falsas desigualdades sociales y su ejercicio de dominación, donde todos se ven como hermanos fieles unidos por el sentimiento de pertenencia a una comunidad superior que los engloba sin enmarcarlos. Momento de comunión o epifanía donde todos coexisten participando de las emociones más puras y altas del amor: entrega, alegría y don de sí en donde cada uno se recupera en una esfera superior por un mismo reconocimiento universal. Participación, pues, en el fluido anímico que recorre como una cálida corriente voltaica a la vegetación y al hombre común, al sabio,  al héroe, al animal noble y al tiempo, que sin distingos unifica también al modestísimo bichito y al innombrable dios.
  Motivación del signo que permite fugarnos de la imagen al héroe y del santo al tiempo para participar del todo ilimitado permeado de voluntad moral, donde el orden social se trasforma también de un convenio convencional de poderes esclerosados en un acuerdo tácito conforme a un valor suprior. Realidad segunda de carácter ético que se engasta  de pronto como un diamante en el cíngulo de la montura de la realidad histórica, y que al hacerlo así la trasciende.[1]





[1]  La incomprensión del símbolo es una de la rémoras más notables de nuestra cultura moderna, anclada al historicismo decimonónico tanto del positivismo como del marxismo; de ese letargo empezamos apenas a salir gracias a autores como Mircea Eliade, quien nos recuerda que en una amplia zona geográfica y a partir de un cierto momento histórico, la cosmogonía no es sino una forma de creación o de fundación que implica el combate victorioso de un héroe mítico contra un monstruo marino o un dragón: tal es el caso de Indra contra Virita; de Baal contra Yam; de Zeus contra Tifón. Los indios védios y los iranios antiguos, por ejemplo, cuentan el mito del combate entre el héroe Thraetone contra el dragón azul Azi Dahaaka, que no es sino la lucha del rey Faridun contra el usurpador extranjero Azdhakak, que había hecho cautivas y tomado por esposas a las dos hijas del soberano legítimo Jamsed. En Irán, en efecto, los enemigos de la nación son representados como monstruos, especialmente dragones. La lucha del héroe significa, y esto es lo importante, la conservación y regeneración del mundo, en un combate que en el fondo es contra las fuerzas del mal y de la muerte, contribuyendo con su victoria l triunfo de la vida, de la fecundidad y del bien -renovación universal que tendrá lugar en el final de los tiempos, como vio bien el mago iranio Zaratustra, en virtud de la Religión del Bien.











jueves, 18 de abril de 2013

Antropología Filosófica II Por Alberto Espinosa



La Voz de la Razón: lo Dado 

La razón es inmediatamente la palabra, como en el refrán: "Obras son amores y no buenas razones". Las buenas razones ("good resons") suelen ser también las palabras vacías ante la realidad, la falsa justificación del propósito y la tarea no cumplida, la medida de la incoherencia humana entre su doctrina o su argumentación y su praxis o acción vital. 
En un primer sentido o nivel la razón es la palabra, que es voz, que es lenguaje. La palabra, la razón, es el lenguaje, el acto verbal de comunicación que un sujeto dirige a un destinatario para articular una situación de convivencia (acto alocutivo).
Se trata así del lenguaje articulado por la voz humana -doble articulado, al estar constituido por palabras, donde se entreveran vocales seguidas de consonantes, por un lado; y por el otro de palabras seguidas de otras palabras de acuerdo a una estructura sintáctica de artículos, sujetos, verbos y complementos. Así, siendo la palabra el átomo de la expresión verbal oral, su verdadera unidad se encuentra en la frase, en la oración completa -la cual, en su actividad (verbo) y sustancialismo (sujeto) refleja o espejea la estructura molecular misma del mundo. 
La palabra, la razón, consiste en el movimiento de las cuerdas del aparato de la fonación, o cuerdas bucales, que imprimen una vibración específica al aire (de sonidos entreverados de vocales y consonantes), convirtiéndose así, propiamente, en expresión verbal acústica, que es una expresión de proximidad, casi de contacto -antes de toda escritura y preservación de la palabra por la letra (primero manuscrita, luego impresa e incluso publicada luego para su difusión o preservación). En la palabra hablada, en efecto, hay un elemento de modulación del aire, que puede ser artístico, estético, como en las voces educadas de los cantantes o de los oradores -que como Demóstenes, adiestran la lengua al poner una piedra debajo de ella, para exorcizar sus taras o tartamudeos-, que es propiamente hablando la elocución (acto elocutivo), importantísimo en el proceso educativo, específicamente de la formación de la boca humana y su aparato de fonación, la cual haya, como repito, su expresión más alta en el canto y en el discurso oral. 
Pero la palabra, por su misma constitución, no sólo objetiva o hace referencia a un objeto (acto de objetivación o de referencia) mediante una serie de notas o conceptos (acto de notificación); también significa ciertos movimientos o estados de ánimo del sujeto que profiere la palabra, significando éstos (la significación), por haber en ella un ingrediente de expresión literalmente corporal, y por tanto de expresión mímica. La palabra hablada se expresa, en efecto, según un "tono de voz", el cual expresa estados o movimientos de ánimo, significándolos en el acto de comunicación tanto a sí mismo como al destinatario. Tales tonos de voz pueden clasificarse en cuatro grandes familias: 
El tono imperativo, como en el mandato: "Tu debes amar. O: Ama el bine, odia el mal. El cual significa la voluntad del sujeto que se supera a sí misma, que se sobrepuja e impele al destinatario a su aceptación, a su obediencia. Hay tipos imperativos, que reclaman mando, mandato, incluso imperio. Pedagogos, hombres de poder como políticos, militares, directivos, son, per se, sujetos de dominio, de mando, de mandato: imperativos. 
El tono dubitativo, como el de toda pregunta: Hay alguien en casa...? O, Quien vive...??? Su tipo humano es el del preguntón, el de quien sabiendo algo sobre lo que pregunta desea, está ávido de saber más de ello, de complementar, corregir o ampliar su saber. Entre sus tipos humanos se encuentra por supuesto el investigador, el periodista, también el chismoso y el filósofo.
El tono exclamativo, que es el más emotivo y rico de todos, siendo sus vórtices la afirmación y la negación, contundentes, definitivas. Así es...!!! No es verdad...!!! Prácticamente toda la poesía está impregnada por ese tono de voz, hasta el grado de poderse hablar de la "otra voz", de una voz propiamente poética, que puede ser del lamento o queja, pero también de jubilo y arrebatamiento. 
Por último habrá que considerarse el tono enunciativo, que es propiamente el de la teoría, el de la ciencia, el del saber, el de la filosofía misma. Se trata del estado emocional de la certeza, propio del género discursivo, que equivale a una ecuánime contemplación de lo objetivado y frecuente de lo meramente notificado o del ingrediente puramente conceptual del discurso, muy propio pues en el caso del proceso educativo, de la educación. pues equivale a el lenguaje expositivo de un saber, de una convicción profunda o de una verdad paladina. Por caso: Y entonces Jehová dijo "Fiat Lux", "Que haya Luz", y separó la luz de las tinieblas. 
Si la filosofía debe iniciar con lo dado, lo inmediatamente dado a la filosofía es el sujeto filosofante en su posición de querer ir hacia... donde sea... Dándose en ese querer ir hacia donde sea el pensamiento, la palabra, la razón... y justamente como algo dado, como algo que no hay necesidad de ir a buscar o rebuscar a ninguna parte (el contrasentido del dato buscado). Así, es la palabra lo inmediatamente dado a la filosofía como pensamiento consciente de sí mismo -ya en posición directa.



Antropología Filosófica I Por Akberto Espinosa



Filosofía del Hombre

Filosofía es: teoría.
Teoría es: el desarrollo de una definición. 
Filosofía del hombre es: el desarrollo de la definición de filosofía y el desarrollo de la definición de hombre. 
Definición: toda definición en forma se hace por el género próximo y por la diferencia específica, siendo lo deslindante o propiamente definiente, la diferencia específica. 
Filosofía es: la sistematisación completa de la experiencia del mundo para una cultura (por ejemplo la hispanoamericana), en un tiempo determinado (por caso en el siglo XX) y en vida de su autor. O simplemente teoría sistemática del mundo pergeñada por su autor. Puede haber teorías del mundo hechas en colaboración, poco a poco y entre muchas partes o investigaciones particulares, que colaboran a la constitución de un todo -tales partes pueden ser teoría, incluso teoría plenamente científica, pero no serán filosofía, pues las filosofías, además de su carácter cuasi-nacional, tienen un carácter estricta, eminente, esencialmente personal (piénsese si no en el cartesianismo, el kantismo, el hegelianismo y hasta en el marxismo, que se les conoce precisamente por estar orientadas y ordenadas por la personalidad y genio de su autor). La personalidad del sujeto es lo propiamente definiente de las filosofías, que son en el fondo no otra cosa que metafísicas personales.Todo lo cual implica y por tanto exige una reflexión sobre la filosofía de la filosofía. 
Hombre es: el animal racional.



miércoles, 17 de abril de 2013

El Pecado y sus Tentaciones II Sobre el Robo y el Adulterio Por Alberto Espnosa

Si en algo consiste el pecado es en la transgresión de un orden, en el romper con un límite, en violar una norma de aplicabilidad universal -o en romper un limen, en violar algo sagrado. La experiencia del pecado, por todos conocida, consiste así en la de ir más allá de algo, siendo en este sentido una verdadera experiencia metafísica: es tocar, es penetrar, o ser penetrado, por el otro lado del espejo. Por ello sus dos figuras arquetípicas se encuentran en la lujuria y en el latrocinio. Ambas transgresiones muy ligadas por cierto al sentido del tacto, que es fenomenológicamente hablando el más rudimentario, el más primitivo de los sentidos. Nada expresa así mejor en concepto de tentación por los espíritus o las fuerzas del mal que esas dos anomalías del sentido del tacto, que es entre los demás sentidos el que inmediatamente se expresa por medio de la proximidad, del contacto. El amante de lo ajeno violenta directamente el orden de la propiedad al agenciarse con un mínimo esfuerzo del trabajo objetivado de una persona, el cual se expresa en alguna pertenencia, sacando de ello una ventaja del todo indebida -máximo cuando su acto no está movido por la extrema necesidad, sino por la ventaja o el abuso (ya sea de fuerza o de confianza). La lujuria, quien no lo sabe, violenta la estructura el orden del afecto mutuo entre las personas, al solicitar un tercero meter las narices donde no lo llaman, como repito, por un desorden en el sentido del tacto, agravado por involucrar las fibras más sutiles e íntimas de las afectos. no es infrecuente que ambas tentaciones vayan de la mano, dando el tipo psicológico perverso del "tentón" -que vendría a ser, dicho sea a la postre, un caso prístino del hombre tentado, seducido por un más allá espiritual, aunque de orden enteramente malsano y negativo.



El Pecado y sus Tentaciones I Homosexualidad y Deshonestidad por Alberto Espinosa




El hecho de que homosexualidad exista en 450 formas y su rechazo en una sólo prueba la particularidad y el hibridismo del pecado en contraste con la unicidad y la universalidad del juicio y del concepto. La homosexualidad ha sido una tentación vergonzosa y opaca, oculta, en la sociedad occidental moderna -hasta que llegamos a la desvergonzada posmodernidad y al exhibicionismo contemporáneo, donde abiertamente se pretende vindicar cosas en absoluto carentes de todo valor e incuso premiar el mal, con su consecuente correlato de castigar al bien (en profética sanción de la trasmutación de todos los valores adelantada por Nietzsche). El robo, por su parte, ha alcanzado tales niveles de sofisticación en dependencias gubernamentales e instituciones académicas y de toda laya que es casi visto como una mera costumbre local meritoria, como un uso folclórico más. Sea como fuere, lo que interesa destacar ahora es la vinculación de ambas tentaciones con una cierta perversión del sentido del tacto (y del sentido en general), que de empezar por ser una especie de codicia, de prurito o comezón de los dedos, ya sea por pellizcar, palpar o sustraer, llega a infectar a los otros sentidos, especialmente a los sensibles ojos, cuya expresión en la mirada ya no es de contacto, sino de distancia.
   Así, lo que tenemos entonces es la llamada "codicia de los ojos", dándose entonces en el sujeto infectado el irrefrenable impulso de desear lo que no hay motivos ni razones para que sea suyo, pues ni se lo ha ganado ni ha trabajado por ello, o no ha adquirido un compromiso, mediante un contrato, para convivir con ello (o ella). Deseo de posesión, pues, totalmente irresponsable y finalmente pernicioso que infecta también el sentido del oído, dejándose seducir el infractor no por la voz de la conciencia, sino por los rumores desarticulados del inconsciente, sumiéndose más pronto o más tarde en las rarefacciones de ese antro de fieras. Deseo malsano a todas luces que termina por ligarse a la envidia y a la vanidad, tan sólito en las dependencias gubernamentales, en su doble vertiente de exaltación de méritos inexistentes en la propia persona y de anulación del otro, en donde el empleado público encargado de realizar la papelería pasa de pronto a presentador y luego... caramba... porqué no?... a artista inspirado... codiciando así aquello que no hay razón alguna para que sea suyo o para que le sea dado. No es infrecuente encontrar en esa estirpe de frustrados congénitos al pobre diablo metido a filósofo, ni al macuarrín de la torta o al sifilítico anarquista metidos de pronto a tañedores de abstrusas cantilenas o a experimentales Picassos de bolsillo ...!!!



Cultivo o Desmemoria por Alberto Espinosa







   Si algo caracteriza a muestrea época es la idolatría del instante, esa ideología feroz tan sólita en juicios desmesurados, alimentados por una ambición mezquina, que pretende anestesiar a  la memoria (histórica y poética) de nuestros ancestros y antepasados, deformando incluso  lo que nos pasa, nuestro mismo paso por el mundo. Amnesia socialmente condicionada cuyo intento más notable es arrancar de cuajo toda raíz que nos ligue a la tierra y al origen, para sumergirnos en la opacidad unidimensional de novedosas convenciones rutinarias, para aplastarnos en la adaptación del hombre a las maquinaciones de todo aquello que desnaturaliza al hombre, para apelmazarnos en la masa cuya caída a plomo desciende hasta la solidarizarían con las formas más bajas de la creación, formas que lo exorbitan de su centro, y que aplauden con rabia todo extremismo que fragmente y disperse al alma humana en las mecánicas del olvido.
   Nada tan característico de nuestro siglo o mundo que el intento impotente de mutilar con dogmatismos o barrer con orgulloso y voluntario desdén a la memoria. Sin embargo, puede alegarse aún, el ser humano está hecho de esa sustancia nutricia que es la memoria, puede alegarse que el hombre no ha muerto sepultado ni bajo el peso absoluto de las ruinas de los grandes sistemas tramados por la fe racionalistas, esas catedrales levantadas por el polvo, que no se ha disipado con el viento abrasivo y caprichoso de la subjetividad emocional que levanta al sol, como un ídolo de fuego, los tepalcates del instante, que el ser humano no se ha precipitado aún del todo al imitar con ociosas gesticulaciones y abyectas gemuflexiones los juiciosos desmesurados que alimenta la ambición mezquina, que se resiste a adorar al monolito ciego del olvido. Porque la atenta reflexión sobre las fuentes de la vida, la meditación y la celebración colectiva sobre aquellas figuras que han aclarado el sentido, que han vuelto transitable un futuro al mirar al doble horizonte de nuestro destino, nos recuerdan todavía desde su ausencia que siempre ha sido nuestro deber mas sagrado no falsificar los hechos ni ocultar el sentido, pues el deber de no mentir para no mentirse es también cumplir con la tarea de cultivar nuestra memoria, pues en ella se encuentra el íntimo jardín cordial que hace nuestra identidad y pertenencia, que hace la patria invisible donde, junto con el lento amor del tiempo, hemos de reunirnos finalmente todos juntos.




El Invisible Amor por Alberto Espinosa


   El amor no permite mentir. Pide que lo miremos a los ojos, si bajamos la mirada, si no queremos verlo, es porque mentimos. No podemos ver el amor cuando somos una mentira, si eres una mentira no lo ves, no se deja ver, se ausenta. El amor, que es revelación (luz y alegría) se confunde entonces con la “felicidad”, con aquello que necesitamos tener, que recibimos pasivamente o que convertimos en posesión o en deuda, impersonalmente, sin dialogo ni aceptación. Con la belleza, que es el reflejo de la verdad, pasa algo similar, si no la amamos creemos que se trata de “una hermosa pieza de arte” hecha para excitar nuestros sentidos. La belleza y el amor, por el contrario, son formas de la verdad: nos desenmascaran, o mejor dicho nos desnudan, nos exigen mostrar nuestro rostro verdadero y a decir nuestro verdadero nombre. 
   Porque en el fondo de nosotros mismos, estamos habitados por aquellos a quienes miramos; por ello decir quien somos es decir a quienes vemos, es ver a quienes nos entregamos –y así nos recuperamos si somos fieles a nosotros mismos para volvernos reconocibles, pues sólo se puede ganar lo que se entrega.
   Porque la verdad encarna cuando la deseamos, cuando la dejamos aparecer, cuando le permitimos mostrarse sin tocarla o profanarla, cuando hacemos un vacío santo para que la verdad lo llene como se llana un lugar cuando alguien verdadero, cuando alguien que es real aparece. Una persona real, como el arte verdadero, obligan con su presencia a quien la mira a hacerse verdad –motivo por el cual el arte verdadero y la persona auténtica tienen tatos enemigos, manifiestos o encubiertos. En cambio, se es una mentira cuando la verdad abandona el cuerpo, cuando se es sólo el cuerpo de una verdad inerte que no puede mirar a los ojos, que rehuye la mirada, o cuando deseamos poseer o apropiarnos de esa verdad para que nos sirva –es entonces cuando estamos deshabitados, desalmados, cuando no habitamos las cosas ni las iluminamos con nuestra mirada, para encerrarnos en la tiniebla dentro de nosotros mismos. 





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Sufrimiento o Diálogo por Alberto Espinosa





La verdadera desgracia del sufrimiento es la de tentarnos a creer en la resistencia, en la fuerza, para encerrarnos en la fortaleza, en la cárcel del yo. El sufrimiento es así innoble y envilece, pues tiende a matar simbólicamente todo aquello que le rodea, haciendo sufrir a lo que tiene a su alrededor, dispensándose de toda moral o encerrándose en la prisión de si misma. Tiene la inclinación a renegar de aquello a lo que pertenecemos (el corazón, el alma), recluyéndonos en la orfandad del yo, en el silencio de aquello que nos pertenece, relegándonos así a las sombras y a las tinieblas, enclaustrados en la muda garantía segura del “yo”. De ahí solo podemos salir mediante el diálogo y la evidencia del sentido que hace hablar a la vida, que es el amor o la poesía.
 





martes, 19 de marzo de 2013

Cultura o Cibernética (Las Raíces de las Manos o la Pinza Mecánica) Por Alberto Espinosa



 
“Patria  de luz y polvo.”
Octavio Paz

I
   El primer rasgo que salta a la vista en los oficios artesanales es su carácter tradicional. En efecto, el sentido de sus prácticas es siempre heredado, no siendo la práctica la aplicación de una teoría sino la práctica de un uso, de una costumbre, cuyos cambios se producen siempre remitiéndose a un pasado –siendo así los oficios no sólo parte esencial de lo que realiza históricamente una cultura, sino la parte que más la caracteriza e individualiza, la que aporta sus símbolos más caros y las claves de su estilo de vida.      
   La significación de los oficios es así una significación práctica, que funciona sobre el trasfondo de otras  significaciones. Ese segundo rasgo de los oficios da cuenta de que su tradiconalidad  pertenece a una serie de cosas que la cultura realiza en la historia real como memoria, como significación en el tiempo, como pasado histórico y orientación del sentido que le da un sentido al tiempo que a la vez funciona como fundamento de lo social.
   Sin embargo, frecuentemente, tras la conciencia moderna de trabajar abnegadamente por lo “social” y de las convicciones antiindividualistas y antiidealistas que afirman el carácter social del hombre y la determinación de todo lo humano por estructuras históricas, se deslizan sibilinamente actitudes que acaban por negar el valor de lo social en su fuente y raíz misma, terminando por soñar en fundar al hombre en una verdad absoluta, a la vez suprasocial y suprahistórica,  sustentada por una necesidad causal y material que en su totalitarismo ciego no puede sino fundar el reino de la impiedad.
. Una de sus expresiones más habituales es la que condena a la tradición como traba del progreso, oscurantismo y opresión de la libertad –idea, por otra parte, compartida con aplauso por las mentes más individualistas, burguesas y reaccionarias, que tras el vanguardista rostro socialista muerden con furor y bizarro estrépito cualquier manifestación desinteresada del espíritu. Porque lo que asecha detrás de todo ello es la tentativa de querer comenzar la significación de la nada, de una vez y para siempre, escapando así a la indeterminación del mundo real. Partir, pues, de un pasado sin memoria o de una pasado “teórico”, rebanando arbitrariamente esa propiedad del tiempo o dimensión suya de la memoria que es tiempo ella misma. Querer comenzar una cultura partiendo de la nada es como querer asistir al propio nacimiento; es también querer escapar de la historia real a la tradicionalidad del significar, creando una memoria teórica, arbitraria y artificial que borre  la memoria real –con la intención de reabsorber la realidad en la mecánica cósmica de la fuerza y de del apetito, es decir, de la voluntad de poder, cuya insignificancia repetitiva constituye claramente la barbarie.
   Equívoco todo ello del que es mejor despertar a tiempo, pues lo  primero que hay que comprender en el campo de las humanidades es que su esencia está en que sus movimientos no son hijos de la causalidad mecánica, sino reflejos de la significación, y que la sustantividad misma de lo social es la tradición, la cual en su plano más general es sinónimo de histórico. En efecto, a diferencia de la sociedad animal, la sociedad humana se distingue en que el tiempo en que se desenvuelve no es repetitivo y mecánico, sino un tiempo orientado por la tradición –donde cada nueva generación es heredera de la anterior y no sólo su sustituto y donde la memoria social estructurada por  la tradición es la que hace posible todo cambio y toda evolución –piénsese si no en el largo trecho que va de la sexualidad de la amebas a la sexualidad tradicional. En efecto, la tradicionalidad, contra lo que suele pensarse, es el fundamento radical de la sociedad,  pues es a la vez memoria social,  historicidad y profundo ejercicio de racionalidad.
   Así, lo que nuestros incomprendidos ancestros y obliterados antecesores defienden con vehemencia en su conservadurismo, lejos de ser la trasnochada nostalgia del rezagado o del falto de información, es el hecho de que una sociedad funda su sentido necesariamente en el tiempo –fundando con ello reversiblemente un sentido del tiempo, una orientación del sentido. Es por ello también que su decir o sus prácticas aspiran a la autenticidad de lo que quedó dicho y hecho o representado, repitiéndolo en círculos concéntricos para encontrar en la repetición con sus vueltas y revueltas la plenitud del decir, la verdad del lenguaje, su justicia y su belleza –desconfiando a la vez de la novedad que desarraigada y lisonjera, exploradora perdida de golondrina sin verano, viaja desamparada trayendo bajo el ala idólatra el chancro del error, el enmohecimiento de la fealdad y esterilidad la injusticia, siendo en última instancia formas de la impiedad –y que cuando hacen de la tradicionalidad un tradicionalismo no es sino para robar al pasado, estableciendo una forma fija de tradición para excluir otras de sus formas capaces de fertilizarla; también para robar al futuro, estableciendo a la generación siguiente un programa para que lo siga. Casticismo oscurantista, pues, que hace de la vanguardia un academicismo más y de la herencia una práctica fanática para heredárselo  todo ellos mismos… al precio de dejar a sus hijos en cueros.



II
   Plato de lentejas metafísicas, claro está, cocinado por la exacerbación de una actitud automatizada y maquinal ella misma, que aplicada a la literatura, resulta hija de una vacua oratoria, oportunista y sin verdadero contenido intelectual o filosófico, que emplea recursos técnicos en el discurso público para “convencer” de manera perfectamente amoral y fraudulenta, hasta el extremo de persuadir por medio de la repetición extravíca de una mentira hasta volverla venenosa verdad –croar de ranas de suástica que canta alegremente en la ciénaga, saltando alegres por la  fe cerril en la mera eficacia de la técnica y en cuyo balancín de monos sabios y autosatisfechos desgastan al serruchar  la rama sobre la que se columpian.  Se trata también del empleo de recursos literarios, críticos o narrativos, festinados por la académica cultura oficial, que embozados tras el vanguardismo de sus maneras y la rebeldía de sus consignas instrumentan el automatismo de la técnica y añadiendo el ilusionismo de la ideología –evitando ambos pasos incorporar la carnalidad del oficio.
   Su manifestación más burda e inmediata esta en describir los sentimientos en la materia en bruto de su origen, empleando palabras violentas y vulgares, desligándose así tanto del proceso temperado y continuo del pensamiento cuanto de las formas poéticas o de los auténticos raptos místicos. Tal procedimiento muestra la cercanía del sentimiento y de las sensaciones, es verdad, pero al precio de su chatura, que oscurece al  sentimiento hasta el extremo de volverlo irreflexivo y desconocido para sí mismo, siendo por tanto congénitamente infiel e infecundo estéticamente al estar viciado por su carácter chantajista por intenta disponer del deseo del otro y así apropiárselo,  resultando constitutivamente destinado a la frustración de la propia libertad. Utilitarismo, pues, que factura empero la malversación de las sensaciones al presentarlas en toda el atropello de su accidentalidad, dando cuenta con ello de su original barbarie.
   Ingeniería literaria de las emociones a que se agrega, como en una receta o una fórmula mágica, el ansia imperfecta y oscura de mejoramiento social, plagada de confusos ideales revolucionarios, cuya orientación no es otra es la idea vaga y simplista del valor universal de la felicidad general del hombre confundida  con el bienestar material, el consumo y el progreso y que al pretender realizar al hombre sin fundarlo ejerce una influencia política oscurantista que no pueden sino verterse en acciones azarosas y malogradas resultando impermeables a la esfera pública -para finalmente justificarse utilizando argumentos contrarios a sus razones, haciendo pasar los caros anhelos de justicia social por la barba de los privilegios inmerecidos de un grupo autocontenido,  excluyente y cuya estructura gregaria y reaccionaria se muestra como una adherencia ciega y sin fidelidad al conglomerado, que en esencia carece de principios unitivos por estar huérfano de alma a la cual pertenecer, estando siempre por tanto lejos de los otros
  Se trata, en efecto, de la frivolidad insoportable de la ideología retórica, cuya técnica se destila en el matraz de una especie de manierismo imitativo, que en sus gestos y mímicas se acoge a un modo meramente adjetival de tratar con el mundo, sobresaliendo así sólo su carácter superficial y ayuno de verdadera perspectiva esencial. Técnica, pues, que vive de estampar epítetos como quien ensarta mariposas, no por motivación y participación con el objeto, sino de manera arbitraria al estar movida sólo por los intereses transitorios del sujeto. Manipulación técnica de la realidad que cuando emplea la crítica para ponderar la obra de arte no lo hace de acuerdo con un criterio estético y según las categorías directrices del gusto y la experiencia personal sino arreglado a un orden eclesiástico establecido y que inquisitorialmente juzga el sentido artístico, creyendo pontificalmente que la crítica consiste en ensalzar o condenar sin mayor argumento de por medio que la desmesurada hipérbole.
   Doble mutilación de la realidad, pues, que no puede sino culminar en la esclavitud de la parodia, cuya falta de libertad se expresa bajo la forma de una opereta de farsea bufa que rasura la realidad por dogmatismo en litotes de irracional proyección diminutiva, que quisiera hacerse ojo de hormiga  ante su conciencia confesional culpígena que termina por odiar su objeto de deseo, ya sea por corrupción y contra versión consigo misma, ya por el dogmatismo con que trasquila el cordero de la realidad para extraer de él sólo las blanduras níveas de sus rentables algodones. También doble oscilación o desequilibrio, donde el sujeto pasa del extremo de la caricatura, suprimiendo el carácter general del hombre a favor de lo particular sin universalidad posible, a la excentricidad de diluir en la insignificancia el carácter individual por el predominio de lo general y blandengue –en ambos casos excluyendo la posibilidad de encarnar la dignidad del individuo con una significación personal propia.
III
   Tal es el resultado de aplicar al campote la significación y de lo humano  procedimientos y métodos sólo justificables regionalmente, en áreas ajenas a la cultura y cuyas prácticas sirven a otros fines. Porque la técnica, en efecto, concibe a su objeto según sus límites enteramente artificiales y sus fines prácticos –pragmatismo cuyo aspecto cínico relaciona por estrictas mediaciones utilitarias o sociológicas  a un máximo de automatización de procedimientos un mínimo de significación y a un mínimo de esfuerzo un máximo de provecho (doble fórmula de la eficiencia motivada por el doble interés técnico y económico)
   Se trata así de una elaboración concreta de la experiencia, cuya esfera por definición tiene una existencia  limitada al estar atenazada por la pinza que determina el alcance de la experiencia que elabora.
   Así, la acción tecnológica limita extraordinariamente la experiencia, pues se interesa por sujetar y modificar un solo perfil, una delgada película de la experiencia –oponiéndose en sus aproximaciones y cálculos al espíritu científico y filosófico, que concibe su objeto de acuerdo a su infinitud natural y a sus fines desinteresados y eternos, pues su interés no es otro que el conocimiento mismo y su método el más rico posible para articular sistemáticamente la experiencia en toda su extensión, salvaguardando que no se reduzca la profundidad de la experiencia. La filosofía, en efecto, aspira a conocer en la pureza de la teoría, tomando por ello distancia y siendo en cierto modo aséptico con su objeto de conocimiento –a diferencia de la técnica, que le impone tener un ser diferente, sometiéndolo a una especie particular de voluntad y sentimiento.
   La técnica así desconoce el alcance natural de la experiencia obligada por la condición de convertirla en otra (práctica, utilitaria, eficiente), estando por principio impelida por el deseo de que la realidad sea como ella quiere, impidiendo tal pasión conocer la experiencia como realmente es, reduciendo su saber a aquel que permite modificar el universo a su conveniencia, no atendiendo a la esencia de las cosas o de las personas sino al modo de manipularlas –creando para ello fábricas, centros de producción o férreas doctrinas literarias y eclesiásticas que fundamentan la tecnocracia moderna.
   Así, se presenta la técnica como el paso directo de una ciencia o un saber practico a sus aplicaciones sin referencia a ningún oficio, al cual sustituye –llegando en su umbral más alto a la aplicación tecnológica, que soslaya todo contacto con la carne, pasando directamente de la teoría a la máquina.  Pero si la técnica es la sistematización y regulación de una práctica, para limpiarla de toda dependencia a la significación individual, empero en sus zonas de contacto con la persona impone a la carne reversiblemente una automatización que la tecnifica, que la libera de su fluctuación y contingencia individual, es cierto, pero a costa de hacerla equivalente a una máquina. Porque su interés es el poder disponer los medios de acción que rebasen la fuerza de que el hombre dispone por sí mismo para dar rienda suelta a su voluntad sin fin –siendo empero a la vez estructuralmente impotente para logar su objetivo, al imponer más de lo que puede exigir, afectando su desarrollo por locura fundamental de trastocar medios y fines. De tal manera no sólo la experiencia, sino la misma existencia social se ve amenaza por el problema del poder, que toma el centro de la vida colectiva al usurpar sus focos de significación, engullendo en una rueda de molino a opresores y oprimidos como meros instrumentos de dominación, deformado también las relaciones hombre-naturaleza por la religión de la producción y de la propaganda que termina falseando todas las relaciones sociales.



IV
      La técnica es la tentativa de lograr lo que el oficio, pero con plena autonomía respecto de la significación de la carne, independizando de su limitación individual, de su fluctuación, imprevisiblidad y contingencia individual, pero aislando del sentido del alma que le imprime el corazón de la persona.
   La técnica resulta entonces un procedimiento codificable repetible por el conocimiento –pero sin las virtudes de la iniciación y el aprendizaje –capaces de incuso de viajar encapsulados por siglos, aislados de vehículos carnales, y ser redescubiertos al entrar en contacto con una personalidad y por un ejercicio corporal de la técnica que en el oficio recupera la significaión de la carne. El oficio recupera la técnica al volver a hacer un uso carnal de los procedimientos automatizaos y al tomar como valor inestimable en el uso corporal de la técnica por el talento personal, el saber hacer y la gracia infusa o el don personal.
   El oficio escapa siempre al conocimiento formal y sistemático por ser indesarraigable de la experiencia, cuyo reino es el del tiempo, de la carne y la memoria. El triunfalismo de la razón instrumental y técnica se cifra en poder captarlo todo codificándolo y subsumirlo bajo la automatización de los procedimientos, todo… menos la experiencia, que es el mundo real, del tiempo y de la carne. Los oficios, antes de ser suplantados por la tecnología, son antes que nada prácticas en la que la técnica vulva a ser una experiencia corporal, en la que acaba reabsorbiéndose y en la que toma su sentido –y sin la cual dejan de tener sentido.
   De esta manera, los oficio del grabador o del poeta, pero también del fabricante de algodón de azúcar del trabajador del papier mache o del piñatero popular, representan sin embargo para la cultura más que la técnica, porque constitutivamente y por sí mismos limitan tanto al automatismo de los procedimientos cuanto al uso retórico de las fórmulas y los abusos ilusionistas de la ideología, por esponjar en el uso corporal y en la encarnación individualizada de la significación los profundos vínculo de parentesco, afinidad y comunicación con la tradición y su simbolismo, ligados irrecusablemente a una visión completa del mundo o una filosofía de la vida. Así, todo oficio es un uso carnal, pero también tradicional, de de una técnica, alcanzando por ello las expresiones de la cultura vernácula las bases de la educación anímica de una cultura. Humildes semillas que sin embargo son potentes para despertar los contenidos simbólicos de la conciencia y hacer germinar en el humus de la memoria colectiva las formas eternas, cristalizadas en el tiempo sin tiempo del espíritu. Alacena de las emociones, pues, que se abre al espíritu por virtud del uso corporal y en cuya significación la carne despierta a la luz para refractar los mil colores de los recuerdos y los sueños, para revelar también las iluminaciones y las esperanzas en el corazón del hombre.
   Por ello, ante el entusiasmo tecnológico de la producción en masa y el consumismo, ante un arte que es mercancía o que es sólo adjetivalmente creativo cuando copia los rasgos artísticos de las artesanías como si fueran aislables y reproducibles una vez objetivados, frente a los procedimientos burocráticos que incautan el sentido de lo social  para apropiárselo, pequeñas comunidades al margen del progreso nos muestran a la vuelta de la equina que el valor artesanal es también uno de los fundamentos de lo social.
   Porque la actitud del trabajador artesanal muestra también su dignidad al tamizar las dos caras opuestas del trabajo; por un lado al aceptar lo que hay en él de producción, de transformación de la materia de nuestra herencia natural en un mundo de bienes útiles y consumibles –pero a la vez pone el acento lo que hay en el trabajo de raíz humana, suspendiendo lo que ese mundo tiene de apetitito irracional, de apropiación, destrucción y desperdicio.
   Porque por su manera de trabajar el artesano pone entre paréntesis lo que en los bienes económicos hay de objeto y de mercado, desactivando así  los circuitos económicos, que crean al alejarse de su raíz y cerrarse autárquicamente en si mismos el orden de la injusticia y la explotación -pero compensando esa actitud con el valor de la hechura, de esa lucha amorosa con la materia cuyo contacto corporal y manual sabe de su peso como nunca el intelecto podrá hacerlo, tratando con la materialidad del mundo y dialogando directamente con su resistencia y temporalidad, abriendo así un espacio a los signos que responden a la carne cuando ella corresponde humanamente a la naturaleza.
V
   La labor artesanal entrega no sólo un bien de consumo y desechable, sino un servicio que subraya no lo que en el objeto hay para la satisfacción de la necesidad y el apetito, sino lo que tiene de bien precioso, de objeto para la contemplación, que nos habla también de un contenido histórico, abriendo con ello un lugar sagrado, un templum para preservar el alma de una cultura y donde el espíritu pueda recogerse entero.
   El cuerpo de la cultura, concebida como un animal orgánico o como una entidad articulada y que respira por ser un ser vivo, toma toda su savia de la sustantividad de los oficios y todo su oxígeno de la respiración tradicional y sus prácticas y costumbres –sin los cuales o duerme en la piedra de los usos girando sin sentido alrededor del automatismo técnico o se dispara todas direcciones por la aplicación arbitraria de la retórica de las reglas.
   Tal es el sentido histórico del espíritu: permitirnos comunicar con la especie en cuanto tal, siendo la instancia de lo específicamente humano, en cuya exclusiva histórica y temporal el espíritu se manifiesta como memoria cultural y a la vez como la significación moral más alta de la realidad, pues nos afirma en el suelo de una tradición al afirmarnos no en las leyes hacemos los humanos sino que nos hace humanos, que a la vez al abrir nuestro deseo a lo realmente deseable nos permite participar en el reino del sentido al contemplar la vida como un campo de valores y a la tierra como el lugar de lo habitable.
   La humanidad, en efecto, es un legado, y es por ello tradicional e histórica. El hombre vive, en efecto, en la humanidad como se vive en una morada y la humanidad vive en el hombre como mundo humano. Ser hombre, ser hijo de hombre es aceptar vivir en ese mundo histórico y es entrar en posesión de él por medio la cultura –pero no como un lugar al que se posee o que se consume, sino como un sitio al que se entra. Mundo que puede ser ajeno al hombre por vivir fuera de sí o enajenado… o porque no se alcanza,  porque no existe por falta de oportunidades.
   Si las dos relaciones fundamentales del hombre con el mundo son la propiedad y el diálogo, la propiedad entendida por la tecnológica resulta proveedora de una felicidad muerta y sin sentido, poseída como un objeto y  apropiada como una colonia. El trabajo artesanal en cambio nos seduce por ser a la vez un diálogo con la materia y con la tradición, logrados en base a la significación impresa por el uso corporal y por la impregnación amorosa de la carne. Así, en una primera vertiente de la comunicación humana, las relaciones que el artesano establece con el mundo exterior una relación económica sui generis, que no es la riqueza de lo explotado y apropiado, sino el lujo de dialogar desde el origen con la materia misma de las cosas, estableciendo a la vez una relación directa con los seres humanos. Relación de seducción, es verdad, que amalgama así los bienes utilitarios y de consumo a los poderes eróticos que a la vez despierte y participa del goce producido en los otros, dando así aire oxigenante a los pulmones y alas a la libertad irreducible que habita en el individuo.
    Los artesanos, muchas veces más que los artistas mismos, son los únicos que realmente trabajan para nosotros en un tercer sentido: pues no sólo comunican con su trabajo con el mundo exterior y en el dialogo que establecen con la materia con los otros hombres, sino que también abren la posibilidad de comunicar con la humanidad en general, con la historia y con los lenguajes. Instancia del espíritu que nos redime al hacernos pertenecer al alma de un pueblo y vibrar con sus ritmos históricos y expresivos -.abriendo con ello la posibilidad interminable de volver a la fuente, de recuperar el contenido, de volver ha hacer germinar a una cultura en la experiencia al ser infinitamente interpretable.
   Porque la pertenencia al espíritu de la humildad es una verdad libre como el viento y eternamente inapresable -que se vuelve monstruosidad y mentira cuando alguien la retiene intentando apresarla en su verdad o en la literalidad de la teoría. El carácter indecible de la verdad de un pueblo se expresa así en cambio en su tradición, pero no en sí misma, sino a través de sus manifestaciones concretas e individuales, detrás de las cuales vive la verdad de la tradición como conjunto de gestos y creencias en el despliegue histórico de su gesta cultural. La crítica de la tradición y el arte crítico de la tradición son así necesarios,  pero no para derrotar a la tradición, sino para mostrar la verdad de su verdadero sentido es tradición.
   En los oficios artesanales, a medio camino de la profesión y el oficio, entre la técnica y el conocimiento personal, entre el saber hacer y el don, .arraigados en el santo seno de la provincia mexicana,. se encuentra preservada el alma nacional y es a través de ellos que puede exaltarse el sentimiento de la patria, el estilo colectivo de vida que con características regionales propias resiste conservando el núcleo de nuestra pertenencia. 
  Porque tras la apariencia externa del grado de civilización alcanzado por la nación y al borde de ser engullida por el vacío de pueblos improvisados y a la deriva, gravita todavía, al fondo de la difusa atmósfera creada por las eficaces técnicas de comunicación en masa, el sentimientos de ser herederos de un pasado histórico fecundo.
    Porque una nación es un organismo vital que se mide de frente a la historia por su fecundidad creadora -no por su mera repetición tradicionalista, sino por su crecimiento, por su posibilidad de crear .un mundo donde realizar las mejores condiciones de vida para el hombre, tomando el paisaje en torno con todo el peso rugoso de su extrañeza y opacidad y la historia en todo el caudal de su sentido.
   Porque la visión artesanal es también la del morador, la de quien busca entre los elementos un espacio habitable en el cual construir y en el campo temporal una estancia del espíritu en la cual poder edificar –para ser de nuevo así hijo legitimo del hombre y poder pertenecer a la vez de verdad a una tierra cultivable.




domingo, 17 de marzo de 2013

Un Hombre Por Alberto Espinosa Orozco


Un Hombre
Por Alberto Espinosa Orozco


       Hubo una vez un hombre quien propiamente no era un hombre: era una jerga. Ser oportunista que, sin embargo, nunca fue de provecho alguno. Criado de todos siempre se sirvió en realidad solo a sí mismo. Aprovechando la ignorancia ajena y cultivando la traición a sí mismo en gestos descompuestos, rastreras genuflexiones y chanzas anodinas fue mucho menos que un payaso circense, dando formas estilizadas a la abyección, de la que pretendió hacer un arte. Anarquista pertinaz tuvo éxito en todas sus empresas, aunque bien a bien no tuvo empresa alguna. La burocracia, confundida con sus disparates poetécnicos, le fue concediendo ambiguos puestos de responsabilidad, salarios, representaciones, incluso honores.
        No hubo valor que no pisoteara con descaro, no hubo relación que no retorciera y entre sus manos crispadas recibió con evidente jubilo el cheque de dos dígitos más seis ceros la inverosímil jubilación y el inmerecido puesto fantasma en la academia, presentando puntualmente cada quincena para seguir toreando la fatigada nómina. Modelo de la juventud a la que deformó con su deshilvanada labia por décadas hoy en día ya pocos lo recuerdan, pues hizo de la memoria de su vida una escala vergonzosa de sucesivos equívocos y olvidos.

       Con sus modales de clawn empedernido corrompió de a poco en su trayecto a la sociedad entera erosionándola hasta sus mismos cimientos, dejando finalmente a nadie un disímbolo testamento de objetos ociosos, entre los cuales, hay que reconocerlo, se encontrar, ahogadas entre juguetes, vehículos lujos, propiedades y deudas de ruleta, dos o tres obras de arte auténtico.


La Cultura Latinoamericana o el Descastamiento de la Cultura Por Alberto Espinosa




La Cultura Latinoamericana se distingue por tres notas dominantes que la caracterizan: ser una cultura cristiana, donde abunda la pobreza y cuyo sello es fuertemente estético. La fiesta en nuestra latitudes, en efecto, tiene casi siempre un carácter religioso. Es nuestra cultura una cultura efectivamente religiosa, donde resalta el color, el simbolismo, el ferviente deseo de fundirse con el todo o de desaparecer en él o de anonadarse. Cultura derivada, criolla la nuestra, cuyo punto central orbita casi siempre en la tarea de la redención del alma individual y del alma colectiva. Mediante una educación coherente podrían lograrse ambos cometidos, expresando un pensamiento liberador de atavismos y dañinas supersticiones mediante formas accesibles a nuestra sensibilidad: mediante formas bellas. Está por demás decir que hay quienes dentro de nuestra cultura rechazan, por una excesivo y destemplado modernismo, algunos de los rasgos que nos constituyen culturalmente, llegando así a ser descastados -quienes inconscientes trabajan para el "enemigo oculto" o se convierten en oficina burocrática de sus insidiosas asechanzas. Ateos irredentos, totalitarios trasnochados, falsarios y simuladores de toda laya, difícilmente comprenden la esencia de nuestras naciones resultándoles a fin de cuentas imposible participar en ella, por desprecio a la humildad, por huida a trompicones de la pobreza y la solidaridad a la que invita, por arrogancias y ambiciones sin cuento a posiciones de privilegio y de riqueza que acaban por desligarlos de la comunidad y trastornar su sentido extraviandolos en un falseado univerzalismo, todo lo cual se expresa en formas hueras, carente de maneras y de estética, sin la calidez que nos caracteriza como naciones, alcanzando el congelamiento de sus emociones y su voluntad el pero de los estancamientos: la parálisis lesiva de un hueco sentimiento de superioridad que irremdiablemente va ligado a falsos cultos, a las innobles riquezas y botines compartidos por los tejemanejes de la secresía y a la acumulación inconsciente de formas groseras, toscas, impertinentes o farisaicas de relacionarse con el prójimo, donde no existe el reconocimiento de grados y funciones incluso, en donde una autoridad universitaria puede tratar a u gremio no en términos académicos debidos de deferencia, en la relación propia de maestro-estudiante, sino en la provocadora indistinción despectiva del "joven, joven" -comprando a tan bajo precio la ilusión de ser señores con la potestad de inventar, de crear valores: como por ejemplo, el vacuo valor de haber llegado con ello a ser señores.... !!!



sábado, 9 de marzo de 2013

La Poesía y el Bosque Por Alberto Espinosa




La poesía es la creación más inmediata del espíritu -también es la más radical pues, cuando frisa la universalidad de su sentido, logra establecer un suelo fértil donde se arraiga el resto de la cultura (pues ningún suelo puede realmente serlo si no da árboles). Empero, el arte poético muere cuando pretende crear objetos herméticos o un mundo completamente fuera de la realidad. En el primer caso, en el arte abstracto, la tierra se enfría, llegando al más alto grado de estancamiento a coincidir con el hielo donde mueren los sentimientos petrificados en la indiferencia, donde a emoción perece queda por el cierzo. La poesía también puede disiparse cuando la sequedad del fuego combate la humedad de la tierra, cuando arde para consumirse en un fuego ajeno a la realidad, cuando desatiende el componente de armonización de los elementos esenciales o cuando desdeña la condición humana. La poesía fundadora, por el contrario, es aquella que, sin desdeñar los ácidos corrosivos de la crítica, se establece como una meditación pública sobre el hombre -sin probar nada, sino mostrando aquello que emerge de las profundidades, desplegando su significación en una multiplicidad simultánea e indisoluble de niveles que encierra una cantidad indefinible de posibles lecturas), brindando con ello una imagen válida de la realidad y del hombre, que funciona en varios lenguajes, en varios espacios interpretativos y en varias orientaciones. Porque la imagen, el símbolo, la poesía, guarda una alta hermandad con la filosofía, pues como ella, la imagen totaliza, aunque sin definir, preparando con ello la tierra fértil lo mismo a la construcción sistemática que a la florescencia en el campo siempre abierto de la cultura.