jueves, 6 de marzo de 2014

Luis Villoro: El Valor de la Comunid Por Alberto Espinosa


Luis Villoro: El Valor de la Comunidad[1]
Por Alberto Espinosa



I
   El Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey acaba de sacar a la luz pública el libro de Luis Villero De la libertad a la comunidad, el cual no es sino la trascripción de un ciclo de conferencias dictadas por el autor en octubre de 1999 para la cátedra Alfonso Reyes.1
   Con indudable maestría Luis Villoro empieza por ofrecer una visión de la situación actual de la sociedad política, en donde reina un liberalismo de consenso planetario pero desencantado, para luego racionalizar clarificando los modelos básicos de asociación política, sopesando y haciendo un balance de sus valores éticos fundamentales, convirtiendo al texto en un arquetipo de argumentación y lucidez intelectual, moral y política. Visión sintética de los modelos políticos, idealizados por el concepto y la profunda visión histórica, en cuya esencia y grados de perfección encontrar una guía que salve los obstáculos y escollos prácticos e ideológicos, lo cual permite ordenar nuestra visión del futuro en una filosofía política compartible y coherente. Texto que con otros del autor (El Poder y el valor. Estado plural, pluralidad de culturas) resulta fundamental para orientarse en los tiempos de cambio que corren, en donde se multiplican los signos que señalan el ocaso de toda una época histórico-cultural, la modernidad, y se inaugura ante la esperanza una nueva filosofía del mundo y del hombre.
   Libro, pues, de salvación de las circunstancias, en donde las transformaciones políticas de México se intentan comprender desde la situación de nuestra cultura en el marco planetario, en el cual se evidencia el fin de la modernidad. Modernidad que se concibió como la edad de la razón, pero de una razón omnipresente y arrogante, que mediante el arte, la técnica y el buen gobierno intentó construir una morada racional para el hombre. Sin embargo, junto con otros síntomas de malestar en la cultura, sus dos palabras clave, "Revolución" y "Progreso", mencionan un mismo sueño de la razón que frecuentemente desembocó en atroz barbarie -sueño que ha terminado, que ha muerto. En el seno mismo del desencanto no queda entonces sino replantear los modelos de asociación política, intentado renovar antiguas virtudes olvidadas, que si ciertamente hoy son consideradas como heroicas (tales como generosidad, desprendimiento, abnegación, fidelidad, solidaridad, humilc1 ?d y, la más alta de todas, fraternidad), puedan considerarse en los tiempos venideros como caseras.
   De acuerdo con Luis Villoro, la vía para resolver la crisis del estado liberal este en recuperar una forma ancestral de asociación política: la comunidad, poro superándola o levantándola al nivel del pensamiento liberal moderno. El ideal comunitario con su valor ético fundamental, que es la fraternidad, puede, en efecto, oponerse al desamparo y orfandad de nuestra moderna sociedad individualista, orientándola hacia la construcción de una sociedad renovada. La política de una sociedad post-liberal, así, se dirigiría ha reproducir espacios sociales civiles en donde las comunidades pudieran surgir de nuevo, difundiendo el poder de la cima del estado centralizado a las comunidades de bases múltiples y diferenciadas. Por otra parte no hay que olvidar nuestra particular perspectiva histórica, donde la estructura comunitaria forma parte de la matriz civilizatoria americana, que ha resistido por cinco siglos de dominación y que ahora, desde pequeñas comunidades aisladas en el espacio, reivindica sus derechos de existencia.
   Así, no queda sino empezar por reconsiderar las virtudes del viejo liberalismo y aquilatarlas en lo que valen: las libertades concretas que preservan la vida de los individuos, cuya conquista más alta son los derechos humanos, y la libertad de cada quien para elegir un plan de vida. Sobre la base de lo que el liberalismo salvaguarda, que es la independencia personal en ideas, expresión de ellas y vida privada, debe aumentar el respeto y el gusto (tolerancia generalizada o cooperación) no sólo por las minorías sino por la diversidad de los individuos, así como promover la voluntad de no imponer las propias ideas. Contrarrestar, pues, las desventajas de la mentalidad liberal: el tremendo espíritu de competencia y triunfo social, en cuyo individualismo sobreviene la exclusión y se disgregan los lazos comunitarios. Considerar, así, la restauración de la comunidad, cuyo movimiento en obra opone contra el aspecto oscuro de la mentalidad liberal y frente a la lucha de una sociedad dividida por los intereses particulares, el ideal de la supeditación del beneficio individual al fin común, concretando en un modelo igualitario la libertad de realización para todos y dando el paso franco al modelo para la comunidad.
   En el ágil conjunto de las conferencias Villero quintaesencia los modelos de asociación política de acuerdo a los valores éticos que los justifican y los sustentan, pasando revista a la asociación para el orden y a la asociación para la libertad, en sus dos modelos, liberal e igualitario, dando cuenta de sus estructuras axiológicas y créticas fundamentales, apuntando con ello a un modelo utópico, el modelo para la comunidad, todavía inexistente sino en pequeñas comunidades, el cual sin duda perfila uno de los horizontes posibles del futuro.



II
   Villoro quintaesencia los modelos de asociación política de acuerdo a los modos de sus valores éticos y a su organización de poder. En primer lugar se encontraría la asociación para el orden, en la cual se buscan los valores de la armonía y la paz. En segundo lugar la asociación para la libertad, cuyo valor cardinal es la realización libre de todos los ciudadanos, dividido en dos modelos: el modelo liberal y el modelo igualitario. En un último nivel se encontraría la asociación para la comunidad, cuyo valor fundamental es la fraternidad y que es aún una utopía.
   Veamos el primer nivel de asociación política y las relaciones que en él se dan entre poder y valor. La asociación para el orden puede concebirse usando la analogía del contrato social. Para salir del "estado de naturaleza" antropoide, donde no hay dominación sino libertad desbandada, los hombres realizan un contrato para poder vivir juntos y controlar al animal malo que es el hombre con su instinto de dominio, de prevalecía sobre el otro. El contrato de Hobbes utiliza una analogía para explicar la sociedad de dominio, la realidad del poder, la cual parte de la necesidad individual de preservar la vida, aceptando ceder sus derechos a una autoridad absoluta que preserve los intereses individuales, egoístas de cada quien. Tal es la asociación para el orden, consistente en nombrar a un soberano que establece orden, ley y seguridad, asegurando la paz y garantizando que la vida humana será respetada. El soberano representa así los intereses particulares y egoístas de cada quien, preservando al individuo de que otro lo ataque, pero conservando la posibilidad de que el individuo intente lograr los mayores beneficios, donde cabe mecerle zancadilla al otro para tratar de dominarlo.
   Pasemos a un segundo nivel de asociación: el contrato propuesto por Juan Jacobo Rousseau, base de la libertad y de la democracia. Se trata de un contrato de carácter ético donde el convenio para vivir juntos ya no radica exclusivamente en la preservación de la vida, el orden y la paz, sino también en la posibilidad de realizarse libremente cada quien plenamente a sí mismo, naturalmente dentro de los límites de una situación determinada. Se trata de un contrato donde el ciudadano solo cede su libertad a sí mismo, de un modo ciertamente paradójico. Se trata de un tipo de contrato en el que cada quien se rige por la voluntad general, por el interés de buscar no sólo el propio bien, sino el bien de todos. Así, al hacer propio el interés del grupo o asociación se adopta la voluntad general. Reino de la eticidad en donde el contratante es capaz de hacer a un lado el interés particular si perjudica al bien común. Asociación política de carácter ético representada por la democracia, donde se tiene una entidad pública que garantiza la libertad de todos y la autonomía individual.
   Existen así, dos tipos de convenio. El convenio conforme al poder, que responde al interés personal y que mantiene la competencia entre todos en la búsqueda del bien común, dando mayor beneficio al que tenga la mayor fuerza, y; el convenio conforme a la ética, en donde la asociación busca para cada quien un bien común o general, permitiendo que cada individuo logre que su propia voluntad coincida con la voluntad general.



   El primer convenio define a la asociación para el orden, que es aquella que satisface necesidades comunes a todo individuo, asegurando los bienes de sobrevivencia, primarios o elementales (tales como alimentación, vestido, capacidad de relacionarse sexualmente, hogar, etc) y los bienes de convivencia (aquellos que necesita el hombre como animal social, el cual al compartir su vida requiere de la aceptación en una sociedad mayor que lo acoja, como es la familia, la tribu, el clan). Si estos bienes elementales y de pertenencia son satisfechos establecen paz y orden para todos. La asociación para el orden cumple con estas necesidades realizando prioritariamente valores comunes a todo individuo en sociedad, asegurando los derechos de que todos satisfagan estas necesidades. Tal asociación es propia de las dictaduras o de sociedades de dominio enmascaradas tras instituciones de participación. La asociación para el orden justifica el dominio de la persona o el grupo que puede instrumentar esa paz, orden y seguridad, empero sostiene ideológicamente valores pretendidamente universales que disfrazan intereses particulares. Así, la realización de otros valores es vista con miedo, porque puede romper o poner en cuestión ese orden.
   El segundo convenio define la asociación para la libertad en su primer modelo o modelo liberal. Frente a los valores de orden, paz y seguridad el modelo liberal da prioridad a otro valor superior: a la necesidad de dar sentido a nuestra vida, de que no sea absurda, aleatoria o sin control, en suma, a la necesidad de elegir nuestra vida, estableciendo un plan, un proyecto y poder realizarlo -condición para que cada quien tenga una identidad personal en la cual reconocerse.
   El modelo liberal privilegia, así, el valor fundamental, superior de la libertad. Sin embargo, advierte Villoro que hay que distinguir entre tres niveles o tipos de libertad: negativa, positiva y de realización. La libertad negativa es el poder de hacer lo que elijamos sin la interferencia de la acción de otras personas. Es la capacidad de obrar o dejar de obrar sin ser obligado, coartado por la acción de otras personas. En su sentido político, es la capacidad de obrar o no fuera de la obligación del poder político, la libertad de elegir lo que uno quiere sin trabas por parte de la autoridad o la ley. Es lo que puedo hacer en el silencio de la ley (Hobbes), lo que la ley no me prohíbe. Así, de la libertad negativa se desprenden los derechos humanos, las garantías o libertades individuales privadas: la libertad de no ser coartado por la ley o por el estado.
   Sin embargo, existe un segundo nivel de la libertad: la libertad positiva, fundamento de la democracia. Tal libertad consiste en ser dueño de uno mismo, en decidir, elegir, regir la propia vida conforme a las propias reglas, a lo que uno decida que es bueno -independientemente de lo que la sociedad o la moralidad reinante dicte o diga. Se trata del paso de una moral heterónoma a una ética autónoma. Al seguir la propia voluntad, tenemos que obedecer las leyes que uno mismo ha preescrito (Rousseau), signo claro de la libertad moral. En efecto, sólo es positivamente libre el hombre que es autónomo, el que actúa conforme a su propia voluntad, dándose a sí mismo las leyes que la razón le dicta. Así, la libertad positiva consiste en poder decidir nuestros propios fines y valores.



   La democracia puede verse entonces como el intento de realizar la libertad positiva: que en el aspecto político sea el mismo sujeto de la libertad el que dicte las leyes, que sea de algún modo responsable de ellas, o que no sean ajenas al sujeto que las obedece, sino resultado de la propia acción del sujeto. Al participar en la elaboración de la ley, los individuos que se someten a ella son coautores de la ley en alguna medida.
   Así, el modelo liberal tiene como fin primordial las libertades negativas, si es democrático añade las libertades positivas, las cuales se concretan políticamente en las libertades de participación de todos los ciudadanos por igual en la elaboración de las leyes mediante procedimientos democráticos representativos. La virtud principal de la asociación liberal democrática es la tolerancia: la aceptación de las libertades del otro, la convivencia de todas las opiniones y todas las libertades. Sin embargo, tal tipo de asociación proyecta una sombra, tiene un lado oscuro: es necesariamente individualista, pues su fin es garantizar las libertades individuales. Tolera todas las opiniones, pero también tolera la competencia feroz de todos los individuos. La competencia trae como consecuencia necesaria que los más capaces, los más armados ganen, dejando fuera del juego a los demás, quienes se convierten en marginados de la competencia, en vencidos. La marginación, la desigualdad es un elemento esencial del estado liberal, en el cual hay indefectiblemente división, desigualdad, exclusión de muchos elementos. Su fin expreso es la tolerancia, no la cooperación, pues garantiza las libertades individuales... en competencia.
   Queda un tercer nivel de la libertad: la libertad de realización, valor defendido por el estado igualitario, tal como el proyectado por las socialdemocracias europeas. Se trata de la asociación para la libertad en su modelo igualitario, la cual se distingue del "liberalismo de la neutralidad", del estado liberal o neoliberal, donde el estado es neutral, básicamente en tres puntos capitales.
   Primero: el alcance de las libertades prioritarias del modelo liberal comprende las libertades negativas, a las que suma las libertades positivas de participación de todos los ciudadanos en el gobierno mediante la designación representativa de funcionarios públicos; el modelo igualitario adelanta además en garantizar la libertad de realización.
   Segundo: el modelo liberal establece una relación de igualdad entre todos los ciudadanos que se suponen libres, igualdad ante la ley sin coacción ni arbitrariedad en un estado de derecho, propio de las constituciones democráticas y liberales en las que se preservan los derechos humanos individuales o garantías individuales como una base inviolable del estado; el modelo igualitario adelanta en la concepción de la igualdad que se propone el estado, en el sentido de borrar las desigualdades reales producto de condiciones sociales, económicas y políticas diferentes, trascendiendo la igualdad de los ciudadanos ante la ley a un más allá, a una situación en la que se favorezca la igualdad de condiciones para lograr la libertad de realización.
   Tercero: el modelo liberal es neutral frente al valor, pues acepta todos los diferentes valores que libremente se proponen los ciudadanos, siendo imparcial y neutral frente a los bienes que los grupos ciudadanos se propongan, lo cual permite, en medio de las diferentes concepciones acerca del bien y del valor de la vida en conflicto, que las distintas opiniones compitan aceptando que una de ellas venza por el voto de las mayorías en una democracia plena, cambiando partidos y programas de gobierno; el estado igualitario en cambio, respetando la multiplicidad de opiniones, tiene la salvaguarda de un valor común, de un bien común, el de la equidad como signo de la justicia social, dando un trato semejante a todos, de tal manera que puedan realizar su plan de vida, suprimiendo al máximo las desigualdades y rectificando aquellas que crea la competencia.
    Para el logro de tal propósito no basta la tolerancia. Sobre la tolerancia se eleva el bien de la cooperación, que implica la acción común para el logro de la equidad, apuntando esta asociación política al logro de una virtud cardinal, máxima: el de la fraternidad. El modelo igualitario tiene así como fin el de asegurar la libertad de realización, el que sobre un proyecto o plan de vida el individuo pueda alcanzar realizarlo sin discriminación ni exclusión de nadie. Se trata del plano donde reinaría la equidad y la justicia, la cual tendría que satisfacer tres principios: i) respetar las libertades básicas del ciudadano; ii) respetar las desigualdades económicas y sociales si y sólo si , a) redundan en beneficio de todos, b) se dan sobre la base de una igualdad absoluta de oportunidades (John Rawls), y; iii) respetar en las sociedades no desarrolladas un principio anterior: las condiciones de acceso de todos los individuos al disfrute de condiciones que permitan el disfrute de estas libertades (Villoro).



III
   El logro de las libertades de realización permitiría atisbar la estructura de un modelo de asociación política todavía inexistente: el modelo comunitario. Tal modelo proyectaría una forma de vida colectiva que sin negar los logros de la modernidad, recobrara valores comunitarios, como los del don de sí, la generosidad, la fraternidad. Tal proyecto podría convertirse en un programa colectivo por alcanzar de carácter ético, incluso estético, en el que se postularía a la comunidad como fin asumido para dar un sentido superior a nuestras vidas. Proyección futurible de un mundo otro realizado por la voluntad concretada de muchos. Su fin, pues, el arribo a una comunidad renovada por la cooperación de todos en la equidad.
   Como recuerda José Gaos, la filosofía práctica, constituida principalmente por la Ética y la Política, pero también por la Eudemonologia, viene a ser la aplicación práctica de la filosofía teórica y la justificación de la filosofía toda por su utilidad para la vida. Los fundamentos de una ética social proporcionados por Luis Villoro significan así los principios racionales aptos para proporcionar una visión lúcida del fenómeno político a la altura de los tiempos, entendiendo la filosofía como un intento de esclarecimiento de lo que todo el mundo sabe de manera intuitiva o informulada. El presente trabajo de filósofo mexicano no es otra cosa que un cristal transparente al través del cual observar con nitidez el despliegue de los ideales de vida sociales que progresivamente ha propuesto la humanidad en el arduo mapa de su trayectoria histórica, ayudando con su formulación y cristalino dibujo a instrumentarlos y conquistarlos.
   Libro, pues, de ricas y finas perspectivas filosóficas, que esencializa la exclusiva humana culminante de la antropología filosófica toda, la sociedad civil o política, alejándose de las aristas de lo contingente y azaroso para lograr un producto redondo y luminoso, preciso como una balanza y precioso, valioso como una perla.

[1] Luis Villoro, De la libertad a la comunidad. ED. Tecnológico de Monterrey, Ariel, México, 2001.








domingo, 2 de marzo de 2014

Filosofía, Metafísica y Sistema Por Alberto Espinosa




   La filosofía es la ciencia de las esencias, de las notas esenciales que constituyen un concepto, que es lo que hay en la filosofía de análisis conceptual; por su objeto tiene que ocuparse de todo, tanto del ser como del no ser, por lo que es ontología esencialmente y también meontología... o en una palabra y culminantemente metafísica, por la relación que los objetos metafísicos como Dios y el alma inmortal tienen con la totalidad y con la escala y jerarquía de los seres, incluyendo el individual -si ha de ser filosofía sistemática o si la nota de la sistematicidad es esencial al concepto propio de la filosofía; por lo que no puede ser estructuralmente y ni presentarse como otra cosa que no sea crítica de la razón, que lo sería de las categorías o de los conceptos dominantes del pensamiento humano, y por tanto vertebración de la antropología filosófica, montada ésta a la altura de los tiempos sobre la teoría de la expresión verbal, por la relación que hay entre razón y lenguaje y pensamiento...!!!



jueves, 27 de febrero de 2014

Sobre las Figuras de la Muerte y sus Moradas Por Alberto Espinosa


    La imagen de la muerte es la de Dionisos, que es Plutón o es Hades, es Jano o es el Tiempo -opuesto por su propia esencia al Logos, a la palabra y al verbo salvador, en una guerra soterrada que culmina en colosal gigantomaquia. Dionisos espejea el orbe de multifacéticas presiones y del saber del mundo que acaban por dominar al hombre en base a sus pulsiones orgánicas poderosas para llevar al individuo a perderse, a entregarse al reino de las sombras al apresarlo en las murallas interiores del instinto. Mundo de arrepentidos cobardes y de tercos pecadores que van en búsqueda de la casa de las lágrimas con sus grotescos decorados de ajada gruta, anticipando con ello la voluntad de las místicas inferiores de perderse en un reino de siniestras imantaciones, donde lo semejante a la sombra busca a lo semejante: lo amorfo, lo indefinido o lo inconsciente. Mundo de la tentación, pues, significadas por los obstáculos, que incita al hombre, cuando la salvación no puede llegar por el amor, cuando no se cree o no se puede creer en un orden trascendente, a entregarse a las confusiones de Dionisos, a esa sed de olvidarse de sí, a esa maldición dionisiaca que hace resbalar al hombre moderno por el tobogán vertiginoso del nihilismo,  que va cada vez más hacia abajo, para caer sin fondo, hacia la nada.  Sed de aniquilarse, pues, que se descubre como una fe en una oscura mística, en la cual enajenarse, por la cual sacrificarse y perderse –y que por lo mismo se opone al orden natural de las cosas, a la sed de salvación, al impulso por valorar la vida y encontrar un sentido central a la existencia.
   O es Plutón, la deidad del rechazo, de la frustración afectiva y de la exasperación, cuya melancolía erudita no es otra que la de la envidia, de la codicia, de la acumulación de la avaricia que engendra y devora a sus propias creaciones por la misma excitación de su deseo, que quisiera saciar sus pasiones insaciables, pero agotando con ello las fuentes de la vida. Ser de la destrucción que, sin embargo, resulta por su duro convencionalismo incapaz de adaptarse a la evolución de la sociedad y de la vida, quedando encadenado al aspirar a una perfección estancada, sin futuro y por tanto sin sucesión posible, en una clara regresión hacia la disolución, la división y el desorden tanto a escala psíquica, como moral y metafísica.
   Propiamente es Hades, el rey del submundo, de la morada invisible de la muerte y de los lugares infernales, donde el hijo de del Tiempo reina insensible y despiadado, inexorable y colérico, tocado con la capa del lobo azul y el casco de piel de perro, marcado su rostro por la dureza del gesto y por las huellas del azufre, vigilado por el monstruo Cancerbero y presidido por sus cuatro caballos de opaco ébano. Es Plutón, es Hades o es el Orco que reina entre las lúgubres sombras miserables resueltas por el humo, por las cenizas y la nada. Lugar donde la sombra y la neblina dan cuenta del oscuro reino, donde los ríos del olvido, del fuego y la congoja conducen el inconcebible pozo de los odios. Lugar invisible e ilusorio, en cierto modo irreal, donde las almas vagan abatidas entre tétricas legiones de espíritus menores; laberinto sin forma ni salida, perdido en la tiniebla y en el frío, poblado por monstruos y demonios, donde los condenados habitan entre las abigarradas cavernas, como fuentes sin agua, como nubes trastornadas por el viento en torbellinos, fijados cual fantasmas en la pena y endurecimiento en su pecado cual estatuas. Pozo de la sensualidad en llamas, ahogado por la abolición de la dispensa y donde se sufre la privación radical de la luz, de la presencia de Dios, que es la vida.
   O es Saturno, que al igual que el adversario, que el demonio orgulloso y soberbio se pasea recorriendo la tierra, representa el espíritu de la involución que cae irrefrenablemente en la materia –siendo su engañosa la luz la desviación de la luz primordial que se oculta en la materia, reflejada en el desorden de la conciencia humana, en la mente nublada que, confundida, sobreexcitada, turbada, entra en la oscuridad al adoptar una falsa jerarquía de valores, entrañada en sus malas sugestiones e incitaciones, y causando con sus relaciones sociales invertidas y con el cobre vergonzoso de su función separadora infinidad de penas y sufrimientos, de desapegos, de abandonos, de renuncias, de sacrificios (“Melancolía”). Parodia de Dios, cuyas torcidas tentaciones no dudan en emplear medios ilícitos, pues están encaminadas a arrancar al hombre de su relación con el espíritu, deseando así romper las alas a todo lo creador y cuyas fuerzas perversas desintegradoras quisieran someter al hombre a la tiranía de su propio dominio –siendo por ello la fuente de la mala suerte, de la impotencia y la parálisis, del centro subterráneo que late en el fondo de la noche donde no hay ni luz ni gozo de la existencia y que, sin embargo, nos insta a exaltarnos en las tribulaciones, como una palanca de la vida moral, intelectual y espiritual, pues al enfrentarlas ellas obran la paciencia de los largos esfuerzos reflexivos, también el esfuerzo sostenido por liberarnos de la prisión del cuerpo, de su animalidad, de la vida instintiva y de las pasiones –engendrando así la paciencia a la esperanza en la gloria de Dios, quien de tal suerte derrama su gracia en nuestros corazones.



jueves, 20 de febrero de 2014

El Mito de Orión Por Alberto Espinosa







I
   Para saber de nuestros fantasmas no hay sino aprender a mirarlos cara a cara para que sean, como dice el poeta, nuestros fantasmas y no los fantasmas de nuestros fantasmas. Para esclarecer el concepto de “durangueñeidad”, forjado por el benefactor de la cultura regional Don Héctor Palencia Alonso, habría que interrogar repetidamente sus símbolos más caros o emblemáticos, en particular su fijación por el símbolo del repelente alacrán. Porque en el amplio corazón de Durango, sembrado con cualidades adorables y adornado de claras virtudes, algunas veces purísimas como su casto cielo, otras henchidas de generosidad y de misteriosa magia como su amplio pecho, también habita agazapado el veneno del arácnido anómalo –de cuyos instintos, inclinaciones y tendencias habría, cuando menos, que tomar alguna conciencia para prevenir o neutralizar sus destructivos efectos.
   Para ello nada resulta más ilustrativo que el conocimiento y la interpretación psicológica del mito de Orión y el Escorpión. Su narración es la siguiente:
   Cuenta el relato mítico que Orión de Boecia, hombre de extraordinaria estatura que fuera el cazador más apuesto y listo de su tiempo, se enamora una vez de Mérope, hija de Enopión rey de Quíos. El rey puso entonces como prueba de amor para poder desposarse con su hija, matar a todos los animales salvajes de la isla. Orión aceptó la prueba, llevando cada día al anochecer a Enopión los mortales frutos de su trabajo: píeles de osos, de leones, de lobos, de zorros y de gatos monteses. Cuando por fin dejó la isla libre de todo animal salvaje más grande que una comadreja fue a ver al rey Enopión para por fin poder casarse con su hija Mérope. Enopión rehusó cumplir lo acordado pretextando cualquier cosa, no imposible de adivinaren en la sucinta discreción del relato por la virtud adivina del espesor del tiempo: una picadura de insecto recién inflingida en el pecho, el acorde de los óctuples pasos de la araña sobre el peplo de seda de su hija... etc.
   Sintiéndose tan engañado cuan fracasado Orión tomo la copa y borracho irrumpe en la habitación de Mérope para pedirle que se case con él en el templo de Afrodita y cumpla así la promesa de su padre. Temiendo al diestro cazador Mérope prorrumpe en agudos chillidos pidiendo auxilio. El taimado y astuto rey Enopión  envía entonces a un grupo de sátiros para que acabaran de embrutecer al héroe con el agua de los espíritus fermentados, volviendo a prometer incluso entonces la mano de su hija. Pero cuando Orión cae al suelo sin sentido el rey se aprovecha... ¡y le descuaja los ojos! En el abandono y en la noche de la ceguera y guiado sólo por la escucha Orión sigue el débil sonido de un martillar hasta llegar a la fragua de un herrero cíclope, quien amistosamente le presta a su aprendiz para llevarlo al punto más lejano del Oriente, donde el Sol guarda sus caballos junto al océano para hacer sus diarios viajes por los cielos. Al llegar Orión al lejano oriente el Sol se apiada de su condición y de su historia y le devuelve la vista.
   Reconfortado el temible cazador regresa a la isla de Quiros, pero esta vez para cobrar venganza de Enopión, quien advertido de la llegada del héroe se esconde temeroso en una tumba, dejando dicho que engañen al portentoso atleta con el cuento de que había marchado a Creta. Ingenuamente oye el relato el incauto Orión y sale en busca del rey padre de Mérope, encontrándose por azar en Creta con la divinal Artemisa. La diosa de los muchos nombres congenia inmediatamente con el héroe, invitándolo a salir de caza para cobrar cabras salvajes. Apolo, hermano gemelo de Diana, se entera de la cita y montado en celos intenta disuadir a la diosa e impedir que se enamore del mortal. Al no lograrlo llama a un imponente escorpión aún mas grande que un elefante, brotado del seno húmedo y oscuro de la tierra con su aguijón en alto, enviándolo para dar muerte al gigantesco hombre. Perseguido por el animal Orión le asesta agudas flechas para luego herirlo inútilmente con la espada... para por fin salir huyendo del monstruoso animal a nado hundiéndose en las blandas olas. Llega Artemisa a la costa y engañada por Apolo, quien le dice que aquella cabeza que sube y que baja es la de Candaonte (quien acababa de insultar a una de sus doncellas con insinuaciones impropias), saca la infausta flecha de su carcaj y dispara certero dardo, descubriendo entonces que ha dado muerte al admirable Orión.
   La diosa que hiere de lejos entonces ruega al punto a Zeus transformar a Orión en una de las más brillantes constelaciones siderales cuya estelar imagen desaparece en el horizonte al entrar Aurora (o Eos, la hija de Helios y Selene) –hecho del que se desprende la sólita leyenda de que el apuesto cazador, no sin dejar de obedecer a la naturaleza siempre nocturna de su historia trágica, habría sido raptado por Aurora, la bella diosa de los dedos y los brazos rosáceos.
   En efecto, en la semiesfera celeste, de noche, aparece Orión cerca de los Gemelos extendiendo sus brazos en una extensa parte del cielo. Cada uno de sus resplandecientes hombros es marcado por una estrella, mientras la espada, hoy dirigida hacia abajo, es marcada por tres más dispuestas oblicuamente. Las tres estrellas alineadas son conocidas por todos bajo el nombre popular de los “Tres Reyes Magos”, cercanas a otras tres llamadas coloquialmente las “Tres Marías”. Las primeras corresponden al “Cinturón de Orión” cuya estrella central es la gran nebulosa de Orión, enorme cúmulo de estrellas dentro de una galaxia situada a mil años luz de distancia, la cual es la nube de formación estelar más cercana a la tierra en donde nacen innúmeros soles o estrellas, formada de hidrógeno y helio destacando por su color verde indicador de la existencia de oxigeno. Orión, con su inmensa cabeza en lo más alto del cielo se distingue por otras tres estrellas bajo cuya guía los astros hacen sus recorridos por todo el cielo –seguido por la constelación de Escorpión, que hasta en el firmamento lo persigue aún.
II
   La historia de Orión, marcada por el engaño, la confusión y el malentendido es también una historia revuelta que en cada uno de sus puntos pareciera conspirar contra el reconocimiento y la felicidad de los personajes. Como en la estructura de los cristales o de los fractales cada fragmento repite perfectamente la formación del todo; así cada cláusula narrativa encierra en su estructura un error de interpretación o de juicio, cuyos malentendidos son coronados malamente por el fruto negro de la tragedia –pero reconciliados finalmente en el colofón metafísico.
   El relato tal como se le conoce en abreviatura o cifra es cierto: Artemisa mata a Orión con certera flecha.  Dice la verdad... pero no toda –pues, ¿quien puede decir toda la verdad? La versión resumida suele omitir el móvil profundo de los acontecimientos, dejándolos así velados –sujetos así al incauto oído predispuesto por lenguas insidiosas. Verdad histórica pues, en el que los verbos activos juegan un papel sustantivo, estando por ello sujetos a la detenida interpretación.
   Le clave del relato acaso haya que buscarla en el simbolismo del escorpión, pues en uno de sus aspectos o facetas menos favorables lleva las marcas de los poderes malignos: el egoísmo, la mentira, la crueldad y su hermana gemela la cobardía, pero también la calumnia, la envidia, los celos destructores e incluso el negro resentimiento –que son, a fin de cuentas, las pasiones de que es víctima y que persiguen al gigante Orión más que como negra estrella, como temible constelación descomunal, hasta alcanzar por aguijarle mortalmente bajo la forma del mortal dardo de Diana.
   No es menos cierto que otra clave hermenéutica e incluso heurística hay que buscarla en el reconocimiento (anagnórisis) del héroe proporcionado post mortem por la divina Aurora –a manera, digamos, de metafísico consuelo y mito de final reconciliación.
III
   Lo primero que salta a la vista son los temibles celos paternos del rey Enopión, los cuales lo llevan no sólo del engaño a la mentira, sino también a la frustración –pasión está última contaminada al héroe Orión, el cual por su parte agrega a la tragedia algún ingrediente importuno de lamentación e incluso de mísero chantaje. Veamos.
   Orión hierra por si mismo, seguramente movido por la frustración, al forzar la mano de Mérope. El simbolismo del embrutecimiento alcohólico no deja lugar a dudas. Orión desvía el deseo amoroso por frustración bajo la forma del ramplón chantaje afectivo, creyendo que si no le es dado lo que desea se condenará, y así se rebaja arrojándose en los olvidables brazos del temible Baco (que duermen, pero no hacen olvidar), y con ello frisa la antesala del infierno. En este punto Enopión no hace sino tomarle la palabra y seguirle el juego enviando a los sátiros. El equívoco juvenil de Orión consiste en creer, pues, que merece lo que desea y en estar dispuesto a maldecirse si le es negado. Orión cumple la prueba impuesta por rey por nota, más al ser engañado se pone equivocadamente del lado del poder, el cual ejerce mediante el chantaje moral y sentimental: amenazando a pasar del lado del odio y de la desesperación si no es reconocido. Baja poesía machista de cantina consistente en decirle a la vida: “Eres el bien, a condición de ser mía, si no, eres el mal”. Relativismo escéptico de batracio orgulloso que en su capricho egoísta amenaza con condenarse sólo por saber que podemos ser salvados por otros. A la vez neurosis suicida, sin duda, pues creerse condenado es, en efecto, condenase –actitud, pues, que olímpicamente quisiera olvidar que cada uno se condena, en cambio, solo.  Autoengaño que momentáneamente lo ciega, para salir de la oscuridad por la luz solar de la conciencia... para recaer luego en la dudosa actitud de la venganza (no ejercida).
   Por su parte la frustración del rey Enopión, más compleja, tormentosa e indirecta, radica seguramente en el temor del viejo a perder el poder o la fuerza y ser sustituido por el vigor del joven héroe. Frustración de la edad decadente ante el impulso y el poder de la juventud. La cobardía que lo hace guardarse en una tumba encierra también, bajo la especie de la frustración, las dos pasiones capitales: la tendencia a la soberbia (no querer morir o dejar el poder) y a la pereza (no querer vivir o abandonar la comodidad de su posición privilegiada). Por un lado la ruindad de la injusticia, que bajo la forma del rebajamiento radical del prójimo que sumido en la indistinción agresiva del no querer mirar iguala panteras y mosquitos; sentimiento de depresión también, que para recobrar la altura y el tono vital de superioridad se vale del irrespeto, del recelo, del compadecimiento lastimoso o no caritativo y de la indisciplina moral. Los síntomas de agotamiento, decadencia y decrepitud se condensan así en el simbolismo lapidario, que es apego irrestricto a la materia y tendencia del cuerpo a la molicie y al estado petrificado de lo inerte y sin vida. También sentimiento de emoción oscura de vacuidad, que se sumerge en las tinieblas de la nostalgia y que como paliativo de la miseria presente se refugia en el recuerdo o exaltación de una grandeza familiar, personal o nacional pasada, muchas veces meramente imaginaria. Empecinamiento, necedad neurótica, también sin duda, que quisiera huir de la muerte en la huida y el atrincheramiento, pero que en el fondo tiene su esencia en el encierro egoísta de no querer brindarse a los otros para huir de la muerte... sólo que así está viviendo ya la muerte sin saberlo. 
   De la envidia (del latín invidere) que viene de la idea de mirar con malos ojos, se deriva tanto “vileza” como “envilecer”. Así, si lo vil es lo barato o lo que no tiene valor, equivaliendo envilecer a despreciar; más propiamente a abaratar, de donde se desprende “vilipendio” (de pendere o “precio”), equivalente de pagar mal, de devolver mal por bien o incluso de “negrear”. Tal actitud agresiva y burlona de postmoderno “yupi” comienza incoando en el alma la indiferencia, crece en el desprecio franco y la culmina, hasta culminar en el burocrático y mexicanismo “ningunéo”, arte de resentida proyección consistente en hacer de alguien ninguno, o existencialista rasero cuya gruesísima maya iguala y hace pasar la perla del uno por la coladera del nadie. Arte pues, que anonada a la persona –técnicas todas ellas opuestas a la seducción del querer poético, del querer gustar y del encanto, posturas para las cuales, como para el cultivo de las rosas, hay que poner tallo, hay que poner corazón (amar el bien). Por lo contrario, la envidia no es sino una de las formas, sobresaliente sin duda, de la impotencia moral,  pues lo que vuelve incapaces de universalización ética es la ausencia de sentimientos, al igual que su disfraz o tergiversación en la hipocresía o en la perversión (amar el mal).
   Así, una pasión sin luz va llamado a otra sombría: ahora son los celos de Apolo respecto del mortal héroe Orión. Los celos, en efecto, son una enfermedad de los ojos no menos que del corazón, consistente en fondo de un deseo de pertenencia y posesión inmoderado no menos que de orgullo exacerbado, incluso de aristocrática contemplación alienada hasta lo vulgar por la pasiva inacción a la comodidad acomodaticia. En el fondo se trata de una negra ramificación un dilatado sentimiento de envidia despertada por la pasión de la sangre exacerbada, ya sea por los atributos de otras personas, ya por las posesiones de los colegas. Los celos despiertan así la pasión de la tristeza por el bien ajeno y la alegría por su mal –desecando en la actitud de quitar que hay en el desdén el humectante sentimiento unitivo de la admiración y del espíritu de colaboración, que incentiva por medio del ejemplo a conseguir el éxito por uno mismo. Apolo detona entonces los nocturnos sentimientos de la melancolía activa y el enfermizo y negro de la envidia, acaso por sentirse excluido del juego viendo con recelo a los otros dos vivir en plenitud sin él –como si los otros acapararan para ellos toda la sustancia de la vida, arrojándose entonces al sueño fatal de las asechanzas, del sabotaje o incluso de la calumnia propio a la crítica resentida, síntomas todos de disolución de los lazos comunitarios con los otros.
   ¿Qué significado puede tener entonces el desmedido alacrán que persigue a Orión hasta cobrar su vida bajo la especie fatal del dardo emponzoñado de la diosa? Pues, después de todo, ¿quién ha visto jamás a un alacrán del tamaño de un elefante caminando en la majestuosidad de su potencia alegremente por 20 de Noviembre o pasando por un costado de la Plaza de Armas del mágico Durango? ¡Cosa imposible¡, se exclamaría de inmediato. Y sin embargo... ¿no representa entonces tan pasmosa criatura una encarnación simbólica de todos los males humanos enumerados, no menos descomunales y mortíferos?
   Empero, por último aparece la tiritante Aurora, la diosa siempre joven y bellísima, envuelta en su túnica amarilla, para arropar metafísicamente en el rapto de reconciliación final al héroe Orión. Ante su llegada, que anuncia la verdad y la luz del día, retroceden despavoridas las hijas de la noche y amigas de la oscuridad: la angustiada y celosa envida con sus harapos de calumnias y vilipendios, y la cruel cobardía enfundada en las pétreas escamas de los celos innobles y bañados por la viscosidad hipócrita de la falsía. 


sábado, 8 de febrero de 2014

IV.- La Filosofía en la Calle: Pecado, Inconformidad y Revolución XXXIV.- Curso de Antropología Filosófica Por Alberto Espinosa




34.0.- Tarea de la antropología filosófica es encontrar los principios de la esencia humana y sus cimientos eternos metafísicos, volviendo así a las fuentes del ser, de la ontología y de la vida -en una época tan amenazada por falsas filosofías y por ideologías de dominio. Hace falta, efectivamente, limpiar también nuestro sistema axiológico volviendo a la razón y al hombre... y enderezar el camino. Volver en una palabra a la filosofía, a la antropología filosófica, y levantar, en una reconstrucción ab integrum, la estructura entera,  vertical y alada, del ser humano. ¿Porqué de que nos sirve lo externo, lo mismo las fachadas relujadas que el hedonismo del consumo, si se pierde la forma humana, la idea misma de lo que somos por esencia los hombres, absorbidos por la existencia o por las olas del devenir, por lo que no tiene ninguna trascendencia metafísica? Porque el hombre contemporáneo ha llegado en su despliegue histórico al inmanentismo más extremo, olvidando por tanto la metafísica, sin idea de la estructura misma de su naturaleza y del alma humana, ignorante de su propio centro, y sin idea de Dios –encontrándose así severamente mutilado, manco del espíritu, mocho del alma, sujeto a una serie de doctrinas alrevesadas e hirsutas causantes de que la verdad sea llanamente desechada e incluso blasfemada.[1]
34.1.- El vulgo, la mayor parte de los hombres que practican la malicia, no tienen la ciencia ni el conocimiento por medio del cual el hombre recuerda las raíces negras el pecado, para menospreciar los vicios de todo lo que es materia y poner remedio a ello –menos aún recuerdan el Plan Divino de acuerdo al cual ha sido constituido el Universo. Es por ello que algunos hombres, separados e incluso adversos a la facultan de la intelección, a la facultad de intuición de lo divino (nous), se dejan engañar por sus deseos, siendo arrastrados en persecución de una vana ilusión, que engendra la malicia en las almas, pues el vicio, envidioso de la divinidad, se adhiere a los placeres radicados en la parte material del ser humano, rebajando al hombre a la naturaleza del demonio, de la bestia o del bruto.
   La malicia del vulgo es, pues, una carencia de sabiduría; en particular, una ignorancia respecto de lo que es el pecado –que es la palabra, acto o deseo contrarios a la ley eterna; implicando por tanto una desobediencia o rebelión contra Dios, una ofensa a Dios (Salmos 51.6), incluso una guerra contra todo lo que es espiritual o divino en el hombre. Ruptura, pues, con la ley regia, con la palabra de la Verdad –que es el conjunto de las revelaciones de Dios sobre el comportamiento humano y el destino del alma (Mt. 5. 17-19; 7. 24-27; Jn. 13.17).  Ley que prescribe no vivir según las concupiscencias  y pasiones humanas acostumbradas por los gentiles, en el libertinaje desbocado de desenfrenos, lujurias, liviandades, crápulas, orgías, embriagueces, glotonerías y culto ilícito de los ídolos, sino vivir según la verdad de Dios, siendo sensatos y sobrios –teniendo como escenografía de fondo la Buena Nueva, que implica el juicio final de los vivos y de los muertos.
34.2.-   Así, la expresión más sólita de la ignorancia del vulgo es la vanidad, que es el amor de sí y el desprecio a las cosas del espíritu, y de las cosas de Dios. El pecado se manifiesta entonces en las obras de la carne, que va de la fornicación y el libertinaje a la pereza y la molicie, pero va corriendo hacia los pecados del espíritu –siendo el mayor de todos esa como exacerbación intelectual de la envidia llamada soberbia. El pecado mortal se reconoce así porque destruye la caridad en el corazón del hombre, mostrando con ello que no hay vida en aquella persona. El pecado puede verse entonces como un verdadero atentado a la solidaridad humana, siendo el fruto negro de la ignorancia un desorden o desequilibrio moral que implica una cierta desolidarización con los próximos y cercanos, una especie de pecado o falta social asociado a la complicidad con otros en el mal, que lleva a la ocultación de la mentira, a la violencia e imposición social o a los pactos de la concupiscencia.
   Ignorancia del pecado, es cierto, cuya naturaleza propia es la de estar premiado –pero ser castigo, pues es pérdida de la pureza, de la luz, mancha que encadena a la opacidad y a la luz negra de la desesperación, que es la entrada en la caverna platónica, donde no se ven las cosas, sino siluetas adormecidas de las cosas diluidas entre sombras. También pérdida de la gravedad del espíritu, insoportable levedad del ser, que al perder contacto, al romper las raíces con las formas y arquetipos que por medio del intelecto nos mantienen unidos al cielo –pues el hombre es como un árbol invertido, cuyas raíces se levantan hacia arriba-, queda suelto y a la deriva en el mundo de las cosas fugitivas.   
 34.3.-  Su camino, nadie lo ignora, es el del error, cuyo fruto amargo es la barbarie. Su síntoma inmediato: no reconocer la verdadera lengua (ser un mleccha: tartamudear en sánscrito), lo cual consiste no tanto en no tener Ley, sino en no entenderla, presentando por tanto como salvaje, como fiera, como incivilizado –en cierto modo como inhumano por carente de “religión”, de normas sagradas, siendo así su comparente no tanto carente de coherencia, sino de reflexión, pues el bárbaro, el vulgo en una palabra, no tiene entonces manera de representarse su actuar, que es otra manera de decir que no sabe vivir según los símbolos (aunque es cierto que tal ceguera para símbolos, y que tal sordera para las normas pudiera agregarse, puede deberse a un defecto de quien está ante el símbolo o la norma; puede deberse también a los defectos de los símbolos mismos, cuya causa estaría en los hombres que los instituyeron, deformándolos o pervirtiéndolos, es decir, por una especie de demencia social que ha enfermado a los símbolos, pues la civilización no sólo instituye los símbolos, sino que en parte también los pervierte, por caso en la civilización moderna por el afán desmedido de novedades). La barbarie pude verse así como una carencia o falta de tradición –lo que se expresa diciendo que una persona es incapaz de hablar la verdadera lengua, que no puede “conversar”, quedando por tanto fuera de la civilización, mientras que la lengua verdadera sería así el vehículo de la tradición y de la razón.[2]
34.4.-  La mayor barbarie es así la que por vía de una carencia radical de tradición deja intuir simple y claramente la vedad de Dios –también los mandatos divinos de la moralidad. Y es la ignorancia respecto de Dios la falta más notable de las ideologías modernas; ignorancia de Dios que es también una ignorancia respecto de las fuentes de la verdadera libertad. Porque la modernidad misma en su despliegue tiene que trastornar, neutralizando, el concepto mismo de la libertad para desprenderse de su raíz ahincada en la tradición y de la conciencia del pecado, de la falta moral –convirtiendo su concepto en un mero derecho de paso, que ni obliga al sujeto a una norma, ni lo hace responsable de nada, incubando en cambio en el sujeto moderno el chancro de la secresía, el frío corazón del cálculo y de la conveniencia social, y la anemia del confinamiento existencial. La exigencia de una vida más vida y de una libertad más libre son entonces así sus corolarios –donde los conceptos por tanto empiezan a girar sobre sí mismo para despedazarse o engendrar sus contrarios –en una intensidad existencial que, sin embargo, en su hybris o desmesura fáustica, quedando desligada de compromisos ontológicos con lo sobrenatural (metafísica), contrae sin saberlo compromisos de carácter meontológico (ya con la desesperación, con el ansia de la inexistencia, ya con la nada).
   El hombre de la modernidad resulta así como superpuesto al hombre medieval, caracterizado por una libertad más grave y responsable, dando cada vez más la apariencia de la ligereza, de la liviandad y en cuya densa capa tectónica se estratifican progresivamente, no sólo una razón autocontenida y solipsista, sino una vaciamiento de la tradición, cuya ruptura atrae la vida humana hacia las formas de la inconciencia, de la tendencia, del impulso, del mero instinto, en una especie de retrogradación hacia la animalidad o hacia lo demoniaco, lo cual se manifiesta en una angustia estructural, constitutiva del ser humano moderno, siendo en su autolegislación, pero pudiendo en cualquier momento dejar de ser y dejar de ser en lo absoluto. Sus conformaciones sociales son también modificadas y radicalmente, dicho negativamente no siendo ni pudiendo ser comunidades de fe trascendente.
34.5.- El hombre moderno es así el hombre rebelde, rebelde a la tradición, pero también al conocimiento de sí mismo, quien lejos de reconocer una naturaleza humana se da penamente al vértigo de la existencia: a la bonanza de la carne, a la codicia de la ambición materialista y aún a la idolatría.
   Rebeldía y revolución van de la mano: la búsqueda de una moral más permisiva es sólo el primer paso que conduce a la revolución, la cual es un producto de la inconformidad, de la ruptura con la tradición. Porque la inconformidad a fin de cuentas contra lo que lucha es contra la costumbre, contra la conformidad con la norma moral, por lo que hay también en ella un desacuerdo con el origen. Nada más revolucionario que ser hijo de la fortuna, que ser hijo de la ´técnica, que el hombre hijo de sus propias obras, el cual se presenta como un mercenario del cosmos –ajeno a toda legitimidad y aún a toda naturaleza. Pero lo que va contra la tradición, la novedad, la excentricidad, el extremismo, que saca a los hombres de su centro, en experiencias de fuga de sí, es el pecado, es decir, la obra del demonio. Siendo en cambio la auténtica comunidad de una fortaleza contra el demonio, un organismo natural de la conformidad con uno mismo y con la comunidad.
   La obra del demonio, en cambio, es la fascinación, la seducción: es el hechizo de la belleza aliada a la perversidad que hace desaparecer toda religión. La revoluciones, con lo que hay en ellas de histeria colectiva, de desmesura, de deseo ilimitado de poder o de placer, e incluso de soterrada lucha de clases, es lo menos angélico que uno se pueda imaginar. Ninguna revolución, en efecto, es angelical. Su método es el dialéctico; el de la negación y el de la negación de la negación, pues toda afirmación la pone en entredicho guiada por una demoniaca pasión por conocer, convirtiéndolo todo en problema y haciendo de todo un puro objeto intelectual. Su orientación es la de destruir un orden, una religión o una monarquía, las cuales al desplomarse sustituye inmediatamente por otras… de orden marcadamente inferior: a la monarquía sucede la dictadura del proletariado o el imperio de la mediocridad; a las místicas superiores y la metafísica las místicas inferiores, luciferinas, que son sólo simulación y fachada, que imitan vulgarmente la creación el espiritismo, o que rayan en la mistagogía, el misterio de la Atlántica o en el culto a la lucha de clases.  
   Su resultado: un mundo meramente inmanente en donde todo es pura fugacidad o ligera del ser y donde el sentido mismo de la realidad se pierde –pues el mundo del diablolismo, al entrar en la cruda irrealidad del mal, se despide necesariamente de toda realidad, de todo afecto y de toda seguridad. Porque el temperamento revolucionario, como el del espíritu vanguardista que es su correlato estético, es también el ámbito de la excepción y del peligro –donde se corre el peligro de disolver toda realidad y de caer preso en la deslealtad de los sentidos.




[1] Los modelos sociales que procuran la comunión ente los seres humanos quedan así pronto enfangados en un soterrado y oscuro paganismo –lo mismo en la crápula del socialismo oficial que hace del estado un nuevo ídolo (y un nuevo absolutismo), que en el socialismo del orbe estético, cuyos “performativos”, igual que en el socialismo del marketin y del toper were, o que en el agnosticismo perturbado de la pesudo tranza por mencionar sólo algunos ejemplos, realiza apenas una mímica enteramente desangelada de la participación –y de donde se derivaría el fenómeno profetizado para los tiempos últimos de la gran apostasía.
[2] Es importante hacer notar que Yahvé considera a un pueblo “como suyo”, el cual se identifica con Israel, siendo el pueblo elegido, destinado a levantarse sobre las turbulentas aguas del devenir universal y sobre la historia misma, trayendo al mundo justicia y amor; mientras que los otros pueblos, corruptos por el paganismo, vendrían a ser más bien “no-pueblos”, simplemente constituidos por hombres del mundo, es decir: muere; por lo contrario, Israel al tener su punto de apoyo fuera de la historia sería el único pueblo en no disolverse en la historia o en la vida, pues no participa por completo de tal devenir –pues aunque Yahvé amenaza y castiga continuamente al pueblo elegido, no lo abandona nunca, prometiéndole el mensaje divino y al Mesías. En México, por su parte, se registra también esa diferencia; por un lado el pueblo pacífico de los Toltecas, el pueblo de los cantos y las flores ofrecidas a la divinidad, consagrado al culto de Tláloc y Quetzalcóatl; por el otro los pueblos bárbaros o chichimecas, que no entiende la verdadera lengua. 




jueves, 6 de febrero de 2014

VII.- El Secreto… a Voces: Perder el Norte: Socialismo o Pandemónium Por Alberto Espinosa



   Es nuestra época aún tiempos de socialismo, tiempos revolucionarios, en un mundo de crisis y de inconformidad ante los valores desgastados de la tradición, seguidos por hábito en gran número de los casos, pero sostenidos sin fe viva.  El ideal social del altruismo se vuelve así, con demasiada frecuencia, teórico, verbal, meramente retórico, cuando sólo podría ser una realidad inmediata, difundida como por contagio afectivo, de ser inmediato, práctico, eficaz, fundando así en sus mejores sentimientos (llamados tradicionalmente piedad, caridad, altruismo) la cooperación social salvadora y la misma justicia social –dejando de ser entonces un ideal brumoso o una vaga utopía para obedecer a hechos concretos y rigurosos.
  El marxismo, hoy asumido todavía en nuestros países latinoamericanos como una fe irracional e incluso como un dogma que sustituye al religioso, ensaya infatigablemente a su posible profeta y a su carismático sacerdote, que se postulan como las cabezas a ser obedecidas por los rebeldes, cuya inconformidad cambia misteriosamente de signo ante tales presencias para adocenarse en una servidumbre evidentemente rentable. La oposición del marxismo a otras formas sociales de altruismo, particularmente al religioso, cristiano, es así constitutiva, estructural, orgánica, pues su más caro objetivo no es otro que dominar el socialismo, que reinar en la conciencia social. Su fisura, sin embargo, se encuentra en que sus bases o fundamentos metafísicos resultan muy cuestionables, derivándose de todo ello una ética de cargada sin verdadera participación social –al carecer finalmente de religión, de verdad salvadora, de idea del más allá, resultando en último análisis una ética meramente hedonista, del placer y de la libertad vista como un mero derecho de paso para poder atender ese placer, subjetivo, pues, individualista.  
   Su socialismo de grupo es así no íntimo, sino de cargada, político, cerrado por sujeto a las presiones sociales y por tanto al decadentismo e intereses degradados de la época inscrito en tales conformaciones. Así, los sentimientos nobles del altruismo, de la cooperación, de la simpatía y atención al otro, pronto se ven constreñidos por el deber “ser social”, donde se incrustan valores oriundos más bien del narcisismo, del personalismo y de la voluntad de poder, introyectándose entonces en el socialismo el más rampante de los subjetivismos. Porque es así que al espíritu de altruismo, al sentimiento social de cooperación, viene a supeditarse a las alianzas, a los asuntos económico-políticos, a las conveniencias sociales, ligadas todas ellas a las ideologías del progresismo, al modernismo del futursimo y del presentismo, al materialismo de las condiciones de existencia, al gregarismo ateológico del mero existencialismo, al dogmatismo, al proselitismo propagandístico y al adoctrinamiento tecnocrático, desmantelando por tanto toda virtud y sembrando la confusión en las conciencias.
   Los vicios de tales formas de socialismo son patentes: la socialización de la persona al extremo de la enajenación personal, dejando el sujeto incluso de ser individuo; el fenómeno del desconocimiento estimativo y práctico de la persona en cuento tal, en favor todo ello de la estimación de los procedimientos del partido y del escalafón administrativo, ante el que se postra el ser socializado o ante las formas y embudos de la burocracia, y; el establecimiento final de un principio rector basado en la pseudo-filosofía del éxito individual y del triunfo a toda costa, concebidos como una lucha a expensas del prójimo, como algo que nace esencialmente de la ambición personal y del temor a la exclusión, en un abierto predominio del espíritu de competencia.
   Sin embargo, ante los sentimientos sociales auténticos no cabe confusión posible: es el amor fraterno en las relaciones entre individuos y grupos y el desarrollo de los sentimientos de cooperación que, se desentiende de los intereses práctico utilitarios en favor de los ideales humanistas, sido uno de ellos y esencial el de la solidaridad entre las personas tanto en la alegría como aflicción –todo lo cual implica la liberación de los grilletes que nos mantienen atados a los intereses puramente egoístas, hedonistas, para entrar en el ámbito de sentimientos, pensamientos y aspiraciones  de valor suprapersonal, donde se armoniza por tanto la verdad con la justicia y la belleza (religión ilustrada). 



martes, 4 de febrero de 2014

III.- La Filosofía en la Calle: de la Inteligencia y de los Vicios del Alma XXXIII.- Curso de Antropología Filosófica Por Alberto Espinosa




33.1.- Si en algo consiste el pecado es en la transgresión de un orden, en el romper con un límite, en violar una norma de aplicabilidad universal -o en romper o profanar algo sagrado: tanto en el orden de las relaciones sociales del trabajo, de la familia o del matrimonio. La experiencia del pecado, por todos conocida, consiste así en la de ir más allá de algo, siendo en este sentido una verdadera experiencia metafísica: es tocar, es penetrar, o ser penetrado, por el otro lado del espejo. Debilidad del alma que, siendo tentada, succionada por el maligno encanto del mundo, movida por el frenesí de la novedad o del instante, se sumerge en regiones prohibidas o desconocidas, y cuya consecuencia más palpable es el sentimiento, terrible, de la desesperación.
33.2.-  El pecado,  que es el vicio del alma, consiste en instalarse como en el vacío, en la nada o en la indiferencia; llamado estado de vacío neutral donde ni se participa del bien, ni se gusta de la inmortalidad, indiferente a la belleza imperecedera e incomprensible del Bien. Se ignora, así, que el principio del Bien (que es el Padre) es el querer bueno, el querer la existencia libre de todas las cosas, siendo su señal distintiva ser conocido, atrayendo el alma de los hombres para purificarlas y esencializarlas –porque Dios no ignora al hombre, sino que lo conoce bien y quiere ser conocido por él. El conocimiento de Dios, en efecto, es saludable para el hombre y sólo en virtud de tal conocimiento el alma llega a ser buena.   
   Así, la virtud del alma es el conocimiento, porque el que conoce es bueno y piadoso.
   Por lo contrario, el vicio del alma es la ignorancia; una especie de ceguera consistente en ser indiferente al conocimiento de los seres, de la naturaleza y del bien –apertrechada en la ignorancia de Dios (asebia). Ignorante de sí misma, desconociendo su propia naturaleza, el alma se convierte entonces en esclava de sus pasiones, amando más los cuerpos que al espíritu, sufriendo las violentas sacudidas del cuerpo, siendo determinada por sus impulsos orgánicos o llevando el cuerpo como una carga –no pudiendo así gobernarse, sino siendo gobernada (heteronomía de la voluntad y pérdida de la libertad). Porque al ser mancillad por las pasiones del cuerpo el alma es arrastrada hacia abajo y queda separada de su verdadero yo, engendrando el olvido, que la vuelve mala, dejando por tanto de participar de lo bello y de lo bueno.
33.3.- El alma que se separa de sí misma, o que se desconoce a sí misma, a la vez se fuga y se refugia en la mudez o en la vanidad, como una suerte de blindaje y de defensa que, en su extremismo y/o excentricidad, se aferra desesperadamente a la garantía segura de su yo, apertrechada en el cual no reconoce que es presa de los movimientos del alma inferior, ni su propio pecado –ya sea en alardes de cinismo, de narcisismo, de ampulosidad o de orgullo; acuñando así un falso concepto de la libertad, pensada como libertad contractual o como derecho de paso; es decir, como un permiso para pensar o hacer que al ser sancionado desde fuera no implica responsabilidad individual alguna, extendiendo en cambio una carta en blanco a la secrecía; también endureciendo el corazón en el sentido de cerrarlo, para no hablar, para no dar razones de ser –pero a precio de inaugurar con ello la cárcel autocontenida del confinamiento, de la opacidad y la dureza de la orfandad, que busca sólo en la nuda existenciariedad la expansión de su propia voluntad (voluntarismo). Su  contrario es la visión lúcida, la conciencia del propio pecado, el entendimiento de la ley moral y del reconocimiento y arrepentimiento de las faltas, que da como fruto la verdadera libertad, ascendente y responsable.
33.4.- El error estriba en amar el cuerpo, que es el error del amor, del amor terrestre, del eros pandémico, porque entonces el alma permanece en la oscuridad, errante, sufriendo el cuerpo en sus sentidos las cosas de la muerte –pues la fuente de donde procede el cuerpo es la fría humedad, el barro, que es en donde calma su sed la muerte; y es por tal falta que hace errar al amor por lo que los que están en la muerte van hacia la muerte. Es por ello que no oyen al intelecto y la razón por la que el intelecto se aparta de los insensatos, de los malvados, de los viciosos, de los envidiosos, de los codiciosos, de los homicidas e impíos, dejándolos ser atravesados en sus sentidos por el aguijón de fuego del Genio Vengador, que como una llama consume y tortura e impulsa a dirigir el deseo hacia apetencias sin límite, peleando en las tinieblas, sin que nada pueda darle satisfacción, sin poder abandonar por tanto el espíritu de engaño, las ilusiones del deseo, la ostentación del mano con miras ambiciosas, la audacia impía y la temeridad presuntuosa, los apetitos ilícitos que produce la riqueza y la mentira que prepara las trampas.[1]
33.5.- Época de aguda decadencia es la nuestra, en la cual los hombres sufren la carga histórica de la pecaminosidad y su presión generacional, todo lo cual afecta con fenómenos de adulteración a los mismos productos de la cultura, los cuales al perder sus notas esenciales se convierten en subproductos o caricaturas de sí mismos, corrompiendo y afectando todo ello a la cultura misma en su conjunto (la secularización desviada). De tal suerte, la educación y formación del alma humana se convierte en adiestramiento; la libertad en permisión y esclavitud; la utopía en adoctrinamiento; el socialismo en burocratismo; la filosofía en intimidación; el arte en culto a lo feo; la originalidad en uniformidad –en todo lo cual puede verse una retrogradación dl hombre hacia la esclavitud de las pasiones y la animalidad. Y así, por razón del feroz inmanentismo contemporáneo, quedará el hombre viudo de sus dioses, absteniéndose de toda práctica religiosa y de todo acto de piedad, sin que nadie levante ya sus miradas al cielo –prefiriéndose entonces las tinieblas a la luz, tomando al hombre  impío como un sabio, al hombre piadoso como un loco, el loco frenético como un valiente y al peor criminal como un hombre de bien. Crisis contemporánea y nuestra en que el mundo mismo acusa los estragos de la vejez, signado por la irreligión y el inmoralismo, donde la religión del espíritu será vista como pura vanidad y motivo de risa, cundiendo  el desorden y la confusión irracional de todos los bienes y donde el hombre mismo en masa desconocerá su propia naturaleza, dando el espectáculo de seres sacados de su centro, de la enajenación mental y de doblez, en toda una compleja sintomatología plagada de profundos desequilibrios e inequívocos signos de confusión, degeneración, exasperación e insatisfacción, donde el mismo amor natural entre los seres humanos se enfriará y el hombre se encontrará luchando contra partes enfrentadas de sí mismo o desconocerá el centro espiritual de sí mismo debido a su ignorancia de la diferencia  bien y del mal, ceguera no comparable a no poder discernir lo blanco de lo negro o la luz de las tinieblas.
33.6.-   En cambio, el que se reconoce a sí mismo, quien toma el camino del centro, se conocerá como hecho de luz y vida, de alma y entendimiento, comprendiendo la naturaleza de los seres y conociendo la belleza y la bondad de Dios, quien reina en el lugar abierto de la luz serena, en la región sublime. Así, quien va hacia sí mismo va también hacia Dios, hacia la luz y la vida. El fin del hombre que busca el intelecto es reconocerse a sí mismo, y aprender a conocerse como hecho de luz o entendimiento y de alma y vida inmortal. Es por ello que la inteligencia santa (Nous) está con los buenos, puros, misericordiosos y piadosos –siendo propicios al Padre por vía del amor celeste, al que dan gracias por medio de bendiciones e himnos con afecto filial. La inteligencia lleva así en cierto modo a odiar los sentidos, pues al conocer las operaciones de éstos en el cuerpo se llega  a saber que son la fuente de las tentaciones que acosan o asaltan -contando para ello, como de una defensa,  con el Guardián de las Puertas, que cierra la paso a las acciones malas o vergonzosas, ayudando a que las pasiones de los sentidos no consumen sus efectos.
 33.7.-  Para liberarse de la luz negra, de la luz tenebrosa y dejar para siempre el camino de la fuga y del desconocimiento de la propia alma, que es la perdición, no queda más que el arrepentimiento, dejar de entregarse a la muerte dejándose guiar por las palabras que nos hacen ascender hacia el Padre, que son las palabras de la sabiduría eterna que nos encaminan hacia la morada eterna de la vida y hacia la luz que es belleza y bondad a un mismo tiempo. 
  



[1] El hecho de que homosexualidad exista en 450 formas y su rechazo en una sola, sólo prueba la particularidad y el hibridismo del pecado, en contraste con la unicidad y la universalidad del juicio moral  y del concepto. La homosexualidad ha sido una tentación vergonzosa y opaca, oculta, en la sociedad occidental moderna -hasta que llegamos a la desvergonzada posmodernidad y al exhibicionismo contemporáneo, donde abiertamente se pretende vindicar cosas en absoluto carentes de todo valor e incuso premiar el mal, con su consecuente correlato de castigar al bien (en profética sanción de la trasmutación de todos los valores adelantada por Nietzsche). Otras dos figuras arquetípicas del pecado se encuentran en la lujuria y en el latrocinio. Ambas transgresiones muy ligadas al sentido del tacto, que es fenomenológicamente hablando el más rudimentario, el más primitivo de los sentidos. Nada expresa así mejor en concepto de tentación por los espíritus o las fuerzas del mal que esas dos anomalías del sentido del tacto, que es entre los demás sentidos el que inmediatamente se expresa por medio de la proximidad, del contacto. El amante de lo ajeno violenta directamente el orden de la propiedad al agenciarse con un mínimo esfuerzo el trabajo objetivado de una persona, el cual se expresa en alguna pertenencia, sacando de ello una ventaja del todo indebida -máximo cuando su acto no está movido por la extrema necesidad, sino por la ventaja o el abuso (ya sea de fuerza o de confianza). Por su parte, la lujuria, quien no lo sabe, violenta la estructura el orden del afecto mutuo entre las personas, al solicitar a un tercero meter las narices donde no lo llaman, como repito, por un desorden en el sentido del tacto, agravado por involucrar las fibras más sutiles e íntimas de las afectos. No es infrecuente que ambas tentaciones vayan de la mano, dando el tipo psicológico perverso del "tentón" -que vendría a ser, dicho sea a la postre, un caso prístino del hombre tentado, seducido por un más allá espiritual, aunque de orden enteramente malsano y negativo, y que conduce a la postre a la muerte.