viernes, 19 de julio de 2013

Las Siete Ciudades de Cíbola: Fray Marcos de Niza II Por Alberto Espinosa



I
   La colonización española del Norte de México estuvo signada por la visión de los amplios horizontes en los que frecuentemente destellaba la luz incierta de la leyenda y el mito. El descubrimiento del Nuevo Mundo pronto despertó los sueños incubados por el Renacimiento europeo, alimentando los ignotos territorios americanos la viva imaginación de los colonizadores. Sus mentes regadas con el agua viva de las aventuras fantásticas relatadas en las “Historias de Caballería” (Amadis de Gaula, las Segas de Espalandián o la verídica Historia del Emperador Carlos V) pronto acuñaron una serie de mitos que despertaban sus expectativas quiméricas de gloria y tesoros fantásticos: el Dorado, el rey fabuloso que se bañaba en polvo de oro; la Ciudad de los Césares, situada en los confines de la Patagonia; la Fuente de la Eterna Juventud, buscada afanosamente por Ponce de León; la Gran Quivira situada en las ilimitadas praderas de Norte América –también las Siete Ciudades de Cíbola, supuestamente localizadas al norte del territorio mexicano.
   Se debe a Nuño de Guzmán, primer presidente de la Audiencia de México, la difusión de la leyenda. Después de encauzar a Cortés y movido por la avidez de gloria acometió las primeras exploraciones del noreste mexicano, pronto convertidas en cruentas razias sembradas de depredación, crimen y robo. Apresado y deportado a España el auditor Nuño de Guzmán tuvo tiempo de esparcir antes la noticia de la existencia de una comarca en que se hallaban siete ciudades de imponderable riqueza. Tal relato tuvo como base la supuesta huida de siete obispos portugueses de la península ibérica tras la invasión árabe, quienes habrían fundado en las remotas tierras siete ciudades donde el oro corría como la miel. 
   La historia fue reforzada por el increíble Albar Núñez Cabeza de Vaca, quien pertenecía en el cargo de tesorero a la expedición fracasada de Pánfilo de Narváez muerto en las costas texanas luego del naufragio de su flota cuya armada española intentó la consumista de Florida en el año de 1527. Albar Núñez Cabeza de Vaca aparece en la ciudad de México después de haber estado en las tierras desconocidas realizando un viaje insólito al recorrer a pie miles de kilómetros con otros tres hombres, Andrés Dorantes, Alonso del Castillo y el esclavo Esteban, cruzando los ignotos territorios que van desde las costas de Florida hasta lo que es hoy el estado de Sonora y trayendo sorprendentes noticias de ciudades cuajadas de oro, plata y piedras preciosas portadas en sus atuendos por algunos indios vistos en su inusitada caminata.
   El fundamento de tales leyendas en tan antiguo como las más distantes tradiciones semíticas. En efecto, en el Génesis del Antiguo Testamento se habla del “Paraíso” terrenal o “Jardín de Edén”, en medio del cual crecían los árboles de la vida y de la ciencia del bien y del mal y donde tuvo comienzo la especie humana. Probablemente situado  en las tierras de Mesopotamia, del río que regaba el Jardín se repartían cuatro brazos; el Tigres y el Eúfrates y dos más de geografía incierta: el río Guijón que rodea al país de Cus y el río Pisón que rodea al país de Javilá (Cíbola) “donde hay oro. El oro de aquel país es fino. Allí se encuentra el bedelio (goma aromática) y el ónice.” (Génesis, 2. 10-12).[1] Los cuatro ríos no son sino las cuatro arterias vitales que definen las cuatro regiones del mundo; la última región del Nuevo Mundo apenas descubierta y por explorar tenía que ser el país de Javilá  o Cíbola. 


II
   El entonces virrey Antonio de Mendoza acarició la idea de explorar los territorios del norte en busca de las ciudades míticas, nombrando para ello como jefe de la expedición al salamantino Francisco Vásquez de Coronado, quien por vía matrimonial había llegado al cargo de gobernador de Nueva Galicia, financiando entre ambos la expedición.
   Antes de ellos despacharon una primera partida exploratoria para confirmar las harto ambiguas noticias de las siete ciudades áureas. La comisión para penetrar el norte de la Nueva España fue ofrecida primero a Cabeza de Vaca, Dorantes y Castillo, quienes declinaron, aceptando en cambio el cuatro integrante de la prodigiosa marcha: Estebanico, apodado “el Negro” por ser su origen norteafricano y de tez bruna. El virrey autoriza la expedición el 20 de noviembre de 1538 por conducto del capitán Francisco Vásquez de Coronado, colocando al frente del destacamento de indios baquianos al culto y prestigioso fraile franciscano Marcos de Niza, el cual se revelaría como uno de los más célebres mentirosos de la historia, como nos recuerda el culto abogado Héctor Palencia Alonso.
   La expedición partió el 7 de marzo de 1539 de la Villa de San Miguel de Culiacán, no en plan de conquista, sino a título de “Misiones Puras” y encabezada por un eclesiástico llevando como instrumento el evangelio. En realidad se trataba de una avanzada con el objetivo de “encontrar una cosa grande de las que buscamos”.
   Es así como dio comienzo ex profeso la búsqueda de las míticas ciudades de oro. El fraile italiano Marcos de Niza mandó a Estebanico por delante de unas cuantas jornadas para remitir noticias de lo que fuera hallando mediante un curioso código constituido por el número y tamaño de las cruces que iba dejando en su camino en proporción a la magnitud de lo descubierto: “Que si la cosa fuese razonable, me enviase una cruz grande, de un palmo; si fuese cosa grande, la enviase de dos palmos; y si fuese una cosa mayor y mejor de la Nueva España, me enviase una gran cruz.” (La Relación de Marcos de Niza)
   Cuando Niza encontró un cruz mayor refrendó sus esperanzas de que iba en recta dirección y al topar con indios adornados de joyas que reforzaron lo correcto al rastro al asegurarle que allende de los páramos existían ciudades abundantes en turquesas. Así fue, cuando un día apareció una cruz blanca de tamaño descomunal, inequívoca señal de que Estebanico había dado con  la primera Ciudad de Cíbola. Niza con su pequeño ejército de baquianos recorrieron optimistas las jornadas, encontrando en el camino nativos comerciantes que confirmaban la noticia de la riquísima ciudad donde los habitantes “andan ceñidos con cintas de turquesas”. Cuando llegaron al punto de encuentro con Estebanico hallaron a los indios que lo acompañaban con el semblante encajado de pesar, pues “el Negro” había sido muerto por los habitantes de la cuidad y ellos hacían de regreso sin lugar a convencimiento en contra.
   Contaron que Estebanico terminó por deschavetarse al liberarse de la subordinación a Niza, recomponiendo su atavío con adornos y reclamando por donde pasaba favores sexuales a las indias a más de exigir la deferencia propia a un ser divino. Con tamaño boato se presentó a las puertas de Cíbola, cuyo reyesuelo, no dejándose convencer de la divinidad del oscuro personaje, primero soportando su demanda de honores y pleitesías hasta que luego, colmando su paciencia, lo sometió a una especie de ordalia para probar su dicho y reprobándolo decidió el monarca ponerle término final
   Lo único sin duda cierto es que Estebanico estaba bien muerto y la escolta de indios de Niza se negaron en redondo a seguirlo, conspirando para matarlo si los presionaba un paso más. Niza, empero, haciéndose acompañar de algunos indios leales remontó algunas jornadas y atrevió a subir a un cerro cercano desde cuya cumbre avistó la ciudad, comprobando su magnificencia cuando con el estertor del sol alcanzó la cima. Cuando el sol exhalaba sus últimos rayos bruñendo el paisaje se deslizó sobre el la pátina caliente exacerbada por el ambiente caliginoso del desierto y acercándose al vacío le llegó una visión fascinante: delante de él contempló extasiado la presencia a la distancia de una ciudad de grandes edificios superpuestos toda ella refulgente de filos dorados: toda una ciudad recubierta de oro. Niza vio o creyó ver una ciudad inmensa, cuya población sería mayor que la ciudad de México. Bajando en éxtasis de la cima no tuvo de ver como al apagarse el sol tras el horizonte la ciudad recobraba su normal condición de simple barro.
III
   Regresó a México diciendo en todas partes haber descubierto el reino maravilloso de las ciudades de Cíbola, por más que el virrey le ordenó quedarse en silencio. Envió entonces el virrey de la Nueva España para la conquista del nuevo territorio a Francisco Vásquez de Coronado al frente de la más poderosa expedición jamás vista en México y llevando como guía a Marcos de Niza, quien había hecho la relación de cuanto había visto a Coronado, haciéndole jurar que cuanto decía era cierto. La expedición de Vásquez de Coronado partió así rumbo a la ciudad soñada con 300 hombres criollos y mestizos, 1, 000 indios, 1,500 caballos nacionales y armas hechas en la Nueva España, más un fraile mentiroso.
   A las venturosas noticias iniciales siguió la decepción ante la vista de la ciudad, que no era tal dorada, sino una miserable aldea de casas de abobe enlazadas por escaleras de madera, reconocido como el pueblo Zuñi en la actual Hawikuh de Nuevo México. Poco falto para a Marcos lo lincharan, pues el oro y las turquesas de Cíbola se trocó por yermos, míseros poblados y agotadores desiertos, quedando la figura de Marcos de Niza para la historia marcada por la impostura y como modelo de los engaños del deseo, que por conveniencia se precipita a tomar por reales lo que apenas son las apariencias. La orden franciscana en cambio robusteció el imperativo del progreso de la evangelización del norte, cundido por infieles por combatir, atenuando el barro de la mentira del fraile por el oro que entrañaba la difusión de la fe.
IV
   Empero el expediente de Niza no hizo sino enardecer la sed de riqueza y aguijar la ambición de gloria en los expedicionarios comandados por Vásquez de Coronado, aprovechando tal debilidad otro indio del grupo, de la tribu pawne, al cual apodaban “el Turco”, quien hábil para describir riquezas fantásticas los convenció de continuar la exploración. Así, buscaron inútilmente por dos años en las bastas llanuras de Texas  y de Arizona, orientándose por medio de tiros, señales de trompeta, hogueras y grandes huesos de bisonte amontonados, avanzando hasta descubrir los inmensos castillos de cinabrio cuyas murallas y torres imponentes forman lo que hoy conocemos como el Cañón del Colorado. La viva imaginación del indio sirvió de tal modo de carnada a los españoles, poniendo a la vez de manifiesto como un enemigo encubierto dentro de las propias filas es más peligroso que el combate directo contra un ejército declarado. También como la fantasía fue usada con sus velos por los indios mexicanos como arma de resistencia ante la penetración de los conquistadores.
   Por último hay que agregar que Vásquez de Coronado no soportó las contingencias adversas del viaje, sufriendo un ataque de locura, recuperando con el tiempo el juicio pero perdiendo en cambio el poder político y económico que había conquistado como gobernador de Nueva Galicia mientras que Marcos de Niza moría en el mayor de los descréditos. El dorado espejismo del desierto, igual que las aguas rejuvenecedoras y la gran Quiviria, sirvieron así para instruir a los indios en la cultura hispana por medio de los núcleos de desarrollo regional de las misiones, haciendo de aquel territorio desabrido un inexpugnable bastión del cristianismo que recuperaba para la ecúmene lo mucho perdido en aquel tiempo por la desbandada pagana triunfante por Europa. 




[1] En Isaías 43, 3-4 se habla del país de Cus: “Entregué a Egipto como rescate por ti,// a Cus y Sebá en tu lugar,// dado que eres precioso a mis ojos,// eres estimado, y yo te amo.” Cus y Sebá son dos regiones de África, al sur de Egipto; aunque no es una evocación histórica precisa, sino una alusión a pueblos lejanos. Y poco más adelante: “Los productos de Egipto,// el comercio de Cus// y los sebaítas, de elevada estatura,// vendrán a ti y tuyos serán.// Irán detrás de ti, encadenados,// ante ti se postrarán, suplicantes…” Isaías, 45, 14. Algunos señalan a Cus como el antiguo nombre de Etiopía, “pueblo de alta estatura y de piel brillante”, “una nación temida en todas partes, pueblo fuerte y altanero”, una nación “vigorosa y dominadora”. También la identifican con Egipto porque en tiempo de Isaías se encontraba bajo una dinastía etiope. Isaías, 18, 1-7. 





miércoles, 17 de julio de 2013

Las Siete Ciudades de Cíbola Juan Ponce de León: la Fuente de la Eterna Juventud I Por Alberto Espinosa






“Todo el que bebe de esta agua
 volverá a tener sed,
pero el que bebe del agua que les de
no tendrá sed jamás,
sino que el agua que yo les de
se convertirá en él en fuente
de agua viva que brota para
vida eterna.”
Juan, 4. 13


I
   La leyenda de la Fuente de la Eterna Juventud se relaciona con la mítica Atlántida, la isla del rey Atlas, dios de la mar, bienaventurada por inmensas riquezas agrícolas y mineras donde los sabios que la gobernaban hacían reinar la felicidad al distribuir metódicamente el trabajo. La leyenda es tan antigua como a cultura griega, y es relatada por Solón, uno de los siete sabios, peo también es descrita por Platón el su diálogo Critias, quien la dibuja  irrigada por innúmeros canales que riegan sus distritos convergiendo de forma circular a la capital. La ciudadela, igualmente circular, estaría compuesta por anillos concéntricos de tierra y mar unidos por túneles y puentes. Su acrópolis, dice la leyenda, albergaba templos, campos deportivos, palacios y edificios con techos enchapados de oro y paredes recubiertas de pura plata. Las bóvedas interiores eran de marfil con incrustaciones de oro, plata y auricalco (probablemente una aleación de cobre y oro). En el templo sobresalía la estatua de Poseidón, de pie sobre un carruaje de seis caballos alados, tocando por su excelsa magnitud la bóveda del techo. La Atlántida es en verdad la primera de las utopías, una alegoría de alcance político y moral, acaso destinado a alabar alegóricamente los méritos e ideales del Imperio Griego, que en la época del filósofo se encontraba en decadencia.
   El mito, olvidado durante toda la Edad Media, revivió con el descubrimiento de América, renaciendo el interés de la isla tragada por el mar. El continente perdido de la Atlántida fue uno de los motores anímicos en la exploración de Cristóbal Colón, quien atendió a la legendaria tradición alimentando con su descubrimiento las esperanzas de dar con ella. En la Edad Media se siguió siempre pensando que el Jardín del Edén podía estar más allá de las tierras conocidas y para los conquistadores América era la tierra de las maravillas. Todo parecía posible en aquel nuevo mundo descubierto por Cristóbal Colón: ríos tan anchos que parecían conducir a las puertas del paraíso, selvas exuberantes que escondían a bestias fantásticas, hombres que vivían semidesnudos pero se adornaban con ricas piezas de oro viviendo en grandes y sofisticados imperios. Así cuando llegan rumores a la Nueva España sobre la existencia de un magnífico reino llamado Cíbola, a tan solo 40 días de viaje, hacia el norte, los castellanos se ponen pronto en marcha y sin dudar, dispuestos a adentrarse otra vez por tierras desconocidas.
   Por su parte, la leyenda de la Fuente de la Eterna Juventud corrió por toda  la Edad Media llenando de fantasía las mentes de los caballeros andantes para soñar con maravillosas aventuras. Sus hilos más antiguos se remontan al relato bíblico del Estanque de Betsaida, fuente situada ceca de Jerusalén en la que Jesús cura a un hombre, referido por el apóstol Juan, pero también al pozo de Jacob, situado en el monte Garizim, en la ciudad de Sicar, en Samaria, donde Jesús haba a la samaritana de la fuente de agua viva que brota para la vida eterna (Juan, 4. 13)  Sin embargo, su principal cause medieval hay que buscarlo en la ciencia de la Alquimia, en cuya filosofía s habla insistentemente del elixir de la vida y de la inmortalidad relacionado con l panacea universal y la piedra filosofal o lapis. Así, aparece la idea de la fuente de eterna juventud que cura los estragos del tiempo y devuelve la juventud a quien bebe en ella o se baña en sus milagrosas aguas. El símbolo, que fue pintado por Lucas Carnach “El Viejo” en un enigmático lienzo, aparecía profusamente en las narraciones extraordinarias llamadas Novelas de Alejandro, que fueron muy populares durante la era de los descubrimientos de América, reapareciendo la leyenda de la fuente de aguas curativas también en el Libro de las Maravillas del Mundo de Juan de Madeville, todos ellos relatos que no eran desconocidos de los exploradores.  
   Por su parte la leyenda de Las Siete Ciudades de Cíbola y el mito de sus fantásticas riquezas nació en el año de 1153 cuando los moros conquistaron la ciudad española de Mérida y siete obispos salvaron sus vidas cargados de valiosas reliquias religiosas trasportándose más allá del mundo conocido, fundado las ciudades de Cíbola y Quiviria, donde llegaron a tener grandes riquezas de oro y piedras preciosas. El mito de las siete ciudades construidas de oro, cada una de ellas  fundada por un obispo, no sólo estaba vivo cuando se inició la conquista de los territorios americanos, sino que fueron efectivamente buscadas durante siglos por exploradores y gobernantes españoles en el Nuevo Mundo.





II
   La fundación del imperio español en el Nuevo Mundo se debió en gran medida a la obra de individuos que en calidad de empresarios y de arreglos con la Corona Católica costearon los gastos de la conquista y colonización a cambio de privilegios económicos extensivos y de títulos de capitanes generales y adelantados. Así fue a principios del siglo XVI con Diego de Velásquez, Hernando de Soto, Pedro de Mendoza y luego con Juan de Oñate y Francisco de Ibarra, el fundador de la ciudad de Durango. También fue el caso de Juan Ponce de León, a quien se debe el descubrimiento de la península de la Florida en el año de 1513, tropezando con ella en su afán por encontrar la mítica la Fuente de la Eterna Juventud.
    En efecto, cuando Ponce de León conquista los territorios de Puerto Rico escuchó variadas historias narradas por los nativos arahuacos, que eran los naturales de La Española, Cuba y Puerto Rico, sobre la fuente curativa, situada en la fabulosa ciudad de Bimini, situada en un país de riqueza y prosperidad extraordinaria localizada en algún lugar del norte del nuevo continente, indicaciones que posiblemente hacían referencia a las islas Bahamas. Contaban que el jefe arahuaco de Cuba de nombre Sequene había sido incapaz de resistir la tentación de Bimini y su fuente de aguas mágicas y reuniendo a un grupo de súbditos leales y aventureros navegó al norte, para no volver jamás. Sus antiguos súbditos decían que Sequene y sus seguidores había encontrado la fuente de la juventud y vivían lujosamente en Bimini. Sobre la leyenda del caribe de la fuente de aguas restauradoras había dado noticia el cronista italiano Pietro Martiré d´Anghiera en una carta dirigida al Papa en el año de 1513. En ese mismo año Juan Ponce de León emprende una expedición al norte de América para localizarla, resultando su aventura infructuosa aunque en su búsqueda descubre el actual estado de Florida.
   Ponce de León realizó así una expedición por vía marítima, tomando tierra en lo que hoy es la ciudad ed San Agustín. La historia de la búsqueda de la fuente por Ponce de León la documentó  Hernando de Escalante Fontaneda en  el año de 1575 en su libro titulado Memoria. Escalante Fontaneda había pasado 17 años como cautivo de los indios tras naufragar en Florida de niño y en su "memoria" habla sobre las aguas curativas de un río perdido que él llama «Jordán» y sobre Juan Ponce de León buscándolas por la región cuando llegó a Florida.
   En la historia de España en el Nuevo Mundo de Antonio de Herrera y Tordesillas hace la relación definitiva. En su idealizada versión inspirada en la historia de Fontaneda, incluida en su magna obra Historia General de los Hechos de los Castellanos en las Islas y Tierra Firme del Mar Océano, Herrera y Tordesillas afirma que los caciques nativos hacían visitas regulares a la fuente, constatando como un frágil anciano se volvía tan completamente restaurado que podía reanudar “todos los ejercicios del hombre... tomar una nueva esposa y engendrar más hijos”. Antonio Herrera y Tordesillas añade que los exploradores españoles bajo el mando de Juan Ponce de León habían examinado acuciosamente y sin éxito alguno “cada río, arroyo, laguna o estanque» de la costa” de Florida buscando la legendaria fuente. 
   Aunque ni Ponce de León ni sus adelantados pudieron dar con el maravilloso manantial, en la actualidad en la ciudad de San Agustín, en Florida, puede contemplarse el  “Fountain of Youth National Archaeological Park”, monumento creado como un tributo a la ilustre historia de la ciudad y como el punto en el que se dice tradicionalmente que tomó tierra Ponce de León, quien fue uno de los primeros europeos en llegar al continente americano. Aunque la fuente allí ubicada no es obviamente la de la leyenda, los turistas beben de sus aguas. En el parque de San Agustín se exhiben objetos nativos y coloniales para celebrar el doble patrimonio, el de los indios autóctonos de la región, llamados  timucuanos, y el legado español de la ciudad.





III
   El mito de la fuente de la eterna juventud entraña la vasta y vertiginosa idea de la posibilidad humana de la regresión temporal -puesto hoy día  de moda por la película El Extraño Caso de Benjamín Button. La vigencia de tal creencia modula una inquietud humana perenne, la cual fue tornasolada por el milenarismo propio del profetismo medieval mediante la idea de que los reyes y emperadores “durmientes” se despertaran en el final de los tiempos, ya para arrasarlo todo, ora para restablecer la armonía del mundo -para recibir en el día del juicio final la bienaventuranza o el castigo eterno como recompensa a su piedad o castigo a sus fechorías. En sus extremos ambas ideas, el anhelo por el pasado y la fruición por el futuro, se unirían en el margen de eternidad que hay entre dos líneas paralelas y asintóticas. Porque en el volver a ser lo que un día se fue y en el seguir siendo lo que se es hay un atisbo de eternidad, un hito del “más allá” inscrito en la naturaleza humana, cuya alma pertenece a la inmortalidad. Así, retornarían a la vida el temido rey de Babilonia, Julio César, Constantino el Grande, el rey Arturo con los caballeros de su tabla redonda, Carlomagno, Carlos V y Federico II. Acaso para multiplicar circularmente sus desdichas, tal vez para alcanzar la salvación y absolución final por la culpa entrañada en venir al mundo. Revuelta, pues, transmutación, y a la vez fin de los tiempos que corren a su cumplimiento y acabamiento definitivo.
   Por lo que toca a Cristóbal Colón hay que decir que el profetismo influyó poderosamente en su expedición y final descubrimiento del Nuevo Mundo. El continente americano vino, en efecto, a cumplir con toda una serie de profecías que versaban sobre la restauración de la antigua Edad de Oro de la Humanidad, dando así satisfacción a una inquietud humanista común de los tiempos.  También es verdad que los nuevos descubrimientos geográficos pronto fueron incorporados para encuadrar con nuevos y mejores argumentos los sistemas proféticos de la época y para reinterpretar con los nuevos mapas a la mano las Sagradas Escrituras.
   Sólo cabe agregar que de la fracasada expedición posterior de Pánfilo de Narváez a la Florida de 1527 sobrevivieron cuatro náufragos: Cabeza de Vaca, Andrés Dorantes, Alonso del Castillo y el indio Estebanico. Fue Álbar Núñez Cabeza de Vaca, quien en su libro Naufragios describe la larga marcha de la costa de Florida hasta las costas de la actual Sinaloa en el año de 1535, quién da fe que escuchó en su trayecto las historias contadas por los indios de ciudades de riquezas sin límite ubicadas al norte de la Nueva España. Al llegar a la Nueva España en 1536 tanto a Núñez Cabeza de Vaca como a Dorantes se les ofreció ir al mando de una primera partida exploratoria para confirmar las harto fantásticas noticias de las siete ciudades áureas, quienes declinaron la comisión, aceptando en cambio el cuatro integrante de la prodigiosa marcha, Estebanico, apodado “El Negro”, autorizando el virrey la expedición el 20 de noviembre de 1538 por conducto del capitán Francisco Vásquez de Coronado, a quien se debe también el primer intento de conquista  de los lejanos territorios norteamericanos. Por su parte Hernando de Soto, en el año de 1540 penetró en la Florida llegando hasta el río Mississippi, al que siguió la exploración de Tristán de Luna en 1559 y la de Pedro Menéndez de Avilés, quien en 1565 fundó la ciudad de San Agustín, la más antigua de los Estados Unidos. Con el tiempo las posesiones territoriales españolas en la Florida fueron cedidas a Inglaterra en el año de 1763 por el Tratado de París, aunque fueron devueltas a España para 1783, hasta que finalmente en 1819 fueron vendidas en su totalidad a Estados Unidos, convirtiéndose la Florida para el año de 1849  en un estado constituido de la unión norteamericana.






IV

   Valgan estas líneas para conmemorar el encuentro de dos mundos que tuvo lugar en la Florida cuando el adelantado Juan Ponce de León llamó así a la soleada península por suceder su descubrimiento en el  Domingo de Ramos, en la Pascua Florida, el 2 de abril de 1513, cuando vio la tierra nueva situada a 30 grados 8 minutos de latitud norte, tomando posesión de ella a nombre de Fernando II, rey de Castilla y de León –aunque suponiendo erróneamente que se trataba de otra isla caribeña- y hallando posteriormente, de manera virtual, la tan buscada por siglos la mítica fuente de la eterna juventud.  




martes, 16 de julio de 2013

Filosofía por Radio XX Historia de la Filosofía II Por José Gaos Historia de la Filosofía


19.- Locke, Berkeley, Hume y Kant

   De Descartes salió también el nuevo gran giro dado a la filosofía por Locke. El esbozo de una teoría del origen de las ideas en la filosofía de Descartes fue convertido por Locke en una ensayo de sistematización completa, detallada y voluminosa del origen de todas las ideas, a que podía reducirse toda la filosofía. Todas las ideas serían, o ideas simples o compuestas de las simples. Las simples serían las de la sensación o percepción externa y las de la reflexión o percepción interna. Es el dualismo cartesiano en versión gnoseológica. El resultado de tal versión para las ideas de sustancia y causa, cardinales de la metafísica hasta entonces, fue decisivo. Locke redujo la idea compuesta de sustancia a la de una x o incógnita concebida como soporte de las cualidades objeto de las ideas simples.
   Berkeley negó redondamente la existencia de la sustancia material, fundándose en que las cualidades primarias a que se la había reducido al reconocerse la subjetividad de las secundarias, eran tan subjetivas como éstas; y dio a este inmaterialismo o espiritualismo por antecedente el nominalismo o negación de las ideas distintas de las imágenes de las cosas sensibles, que no serían más que nombres para grupos de estas cosas.
   Hume negó igualmente la existencia de la sustancia espiritual y redujo la causalidad a una creencia en la sucesión de los efectos a las causas engendrado por el hábito de la percepción de esta sucesión, completando así la destrucción de las ideas fundamentales de la metafísica tradicional toda y por tanto de ésta misma.
   Kant inició una reacción contra tal destrucción por el camino de una crítica comparada de los juicios integrantes de la metafísica y los integrantes de la matemática y los principios de la física, cuyo meollo es el siguiente.
   En el juicio los cuerpos son extensos, el concepto-sujeto comprende el concepto-predicado. El juicio no hace, pues, más que descomponer o analizar el concepto-sujeto. Es un juicio analítico -y universal y necesario. Su fundamento es el concepto-sujeto.
   En el juicio los cuerpos son pesados, el concepto-sujeto no comprende el concepto-predicado. El juicio compone o sintetiza el concepto sujeto con el concepto predicado. Es un jucio sintético. Su fundamento es la experiencia. Es un juicio sintético a posteriori de la experiencia. No es necesario ni universal.
   En el juicio 7 + 5 = 12, el concepto sujeto no comprende el concepto predicado. Es un juicio sintético. Pero es universal y necesario o a priori de la experiencia. ¿Cuál es, entonces, su fundamento? La matemática se integra de juicios sintéticos a priori como éste.
   Los principios de la física, por ejemplo, el de causalidad, todo cambio tiene una causa, son juicios sintéticos a priori.
   La metafísica se compone de juicios sintéticos a priori, por ejemplo, todos los seres son contingentes o hay un ser necesario o la esencia de Dios implica la existencia.
   El fundamento de los juicios de que se integra la matemática es el siguiente.
   Los juicios de la geometría tienen por sujetos y predicados conceptos referentes al espacio. El espacio no es nada como los cuerpos extensos, no es un cuerpo extenso más; no es más que una forma de yuxtaponer las sensaciones constitutivas de los fenómenos extensos, corporales -y causadas por cosas en sí. Los juicios de la geometría son necesarios de todos estos fenómenos porque estos fenómenos no existen sino conformados por el espacio y los juicios de la geometría son juicios sobre éste.
   Lo que el espacio es para los juicios de la geometría es el tiempo para los juicios de la aritmética.
   Y lo que es el espacio y el tiempo para los juicios de las matemáticas, lo son para los principios de la física las categorías o unos conceptos como los de causa y efecto, con los que concebimos o conformamos las sensaciones ya conformadas en yuxtaposición con el espacio y en sucesión con el tiempo. Los fenómenos físicos están, pues, tan integrados en parte por las categorías como en otra parte por el espacio y el tiempo y en el resto por las sensaciones -y los principios de la física versan sobre las categorías.
   Pero los juicios de la metafísica no son juicios sobre fenómenos, sino sobre lo que no puede ser fenómeno, como la contingencia de los seres o la necesidad de un ser o la esencia divina. Y lo que no puede ser fenómeno no está integrado por las sensaciones conformadas por el espacio y el tiempo o las categorías. Está integrado exclusivamente por las categorías -y las ideas. A los juicios de la metafísica les falta, pues, un fundamento análogo al de los juicios de la matemática y los principios de la física: el fundamento de éstos era la integración de sus objetos por las sensaciones y el espacio y el tiempo y las categorías; los objetos de la metafísica están integrados únicamente por las categorías.

   Pero además de las ciencias y la metafísica hay la moralidad, las acciones u omisiones llevadas a cabo por el sentimiento del deber o respeto a la ley moral o al imperativo categórico que dice: obra de manera que el móvil de tu acción pueda ser ley universal de las acciones humanas. La moralidad postula la unión de la virtud y la felicidad en otra vida, postulando la inmortalidad del alma y a Dios como única garantía posible de la una y la otra. Es la gran prueba moral de la existencia de Dios y el restablecimiento de la metafísica ya no sobre la base del conocimiento o de la razón pura (teórica), sino de la moralidad o de la razón (pura) práctica.



domingo, 14 de julio de 2013

Francisco de Ibarra Por Héctor Palencia Alonso



   El joven Capitán vascongado Francisco de Ibarra fue un excepcional conquistador y un ejemplar gobernante, el primero de Durango. Nunca recibió una merced del Rey de España y toda su vida, la puso al servicio de sus ideales.
   Son muchos los méritos del fundador de la Villa de Durango, antecedente de nuestra amada ciudad, y fundador también de la Provincia de la Nueva Vizcaya. La corrupción, término de moda en México y que los estadounidenses utilizan para señalar la falta de honradez de los funcionarios públicos, no se encuentra en los inicios de la Nueva Vizcaya, al contrario de lo acontecido en los comienzos de otras ciudades o provincias. Francisco de Ibarra era todo un hombre que cruzó esforzado y honesto por una época de corrupción, violencia y desmedidas ambiciones. Puso con los cimientos de la ciudad de Durango, el ejemplo vivificante del ejercicio del poder como servicio a la comunidad, y tuvo la emoción de identificarse con las gentes. Si el Capitán Francisco de Ibarra no tuviera, como los tiene, otros grandes méritos, bastaría el de su intachable honradez para que nunca fuera arrojado simbólicamente a un osario del olvido.
   En 1554, Francisco de Ibarra partió de Zacatecas donde formaba parte de la llamada "aristocracia de la plata", para crear la Provincia de la Nueva Vizcaya, gobernó las tierras por él conquistadas hasta el año de 1577 en que murió. Gastó en la empresa toda su fortuna personal que era de poco más de doscientos mil pesos oro, y agrega la memoria de sus servicios que nunca tuvo aprovechamiento alguno, "además y allende que de los trabajos grandes que sostuvo y pasó, le sobrevinieron grandes enfermedades". Tuvo que pedir una pensión al Virrey de la Nueva España y murió sin que le fuera concedida, en el desamparo y la soledad en el mineral de Panuco, del hoy Estado de Sinaloa. Sus restos mortales se han perdido y los únicos datos para encontrarlos son los que ofrece él mismo en su testamento, reproducido fielmente por el historiador estadounidense Lloyd Mecham en el libro de éste: "Don Francisco de Ibarra y la Nueva Vizcaya", editado en inglés por una universidad del vecino país del norte.
   El conquistador de Durango pertenecía a la "aristocracia de la plata", porqué era sobrino del primer Gobernador de Zacatecas, Diego de Ibarra y éste era uno de los cuatro fundadores de dicha aristocracia. Los otros eran: Miguel de Ibarra, Juan de Tolosa y Baltasar Término de Bañuelos. La "aristocracia de la plata" consistió en todo un estilo de vida que empezó en Zacatecas y poco más tarde dio particularidades a la vida mexicana.
Cuando empleo la palabra "empresa" para referirme a los actos de los conquistadores, doy a este término el que se daba en aquel tiempo: el de una inversión de los particulares para obtener beneficios con la conquista y colonización de tierras. Los expedicionarios comprometían ciertos bienes y servicios y si la empresa era coronada con el éxito, ellos recibían metales preciosos, tierras y otros beneficios. Debemos tener en cuenta que no era el español propia-mente un ejército, tal y como lo conocemos ahora, sino un conjunto de particulares que convenían en una empresa.
   La sed de oro, la fe religiosa y el espíritu caballeresco fueron la base psicológica de la efectividad de los conquistadores. El enriquecimiento de los conquistadores siempre había sido, durante la Edad Media, consecuencia natural de sus triunfos. Se consideraba una injusticia del monarca que no otorgaba "mercedes", sobre todo si el costo de la campaña no corría por su cuenta, sino que era aportado por los expedicionarios mismos, como aconteció en la conquista de México, tanto en la primera que concluyó con la muerte de Hernán Cortés en España, como en la segunda que comprende la conquista del Norte de la Nueva España y que comienza con el descubrimiento y que empieza en 1547 con el descubrimiento de las ricas minas de plata de Zacatecas y, ya en marcha, es Durango el bastión español por excelencia.
   El haber aportado persona, espada y con frecuencia dinero, caballo y otros bienes, a la empresa, a cambio del “botín de guerra”, era un aliciente constante. La expedición era de hecho, una empresa en el sentido moderno de la palabra, pues adoptaba una forma similar a la de una sociedad en comandita, en la que cada uno era re¬ tribuido dé acuerdo con su aportación a la empresa, y las hazañas que llevaba al cabo.
   Las "mercedes reales" eran concesiones de tierras a conquistadores y colonizadores, sujetas a ulterior confirmación. Los concesionarios debían acreditar los requisitos de residencia y cultivo. Las "confirmaciones" se constituyeron para dar validez final a las "mercedes reales".

   Francisco de Ibarra estaba muy lejos de quedarse contento en la paz de sus posesiones. El estaba poseído por la ilusión de encontrar, como sucedió con otros conquistadores anteriores a él -Vázquez de Coronado sobre todo- tierras legendarias, verdaderos ensueños de caballeros andantes.



Francisco de Ibarra. Las Siete Ciudades Por Héctor Palencia Alonso



   Francisco de Ibarra, joven capitán vascongado llamado por el Barón de Humboldt, "El Fénix de los Conquistadores", fundó la ciudad de Durango, diecinueve años después de la infructuosa búsqueda de las legendarias "Siete Ciudades de Cíbola", realizada por el capitán Francisco Vázquez de Coronado quien partió de la Nueva Galicia v llegó hasta el descubrimiento del Gran Cañón de Colorado, en lo que hoy es territorio de los Estados Unidos.
   El relato de las "Siete Ciudades de Cíbola" fue uno de los que más atrajeron a los conquistadores. La expedición de Vázquez de Coronado fue la primera realmente mexicana, con criollos y mestizos, armas hechas en la Nueva España y caballos nacidos en tierras de México. En esta asombrosa y fracasada aventura participaron miles de hombres, con millares de cabezas de ganado y numerosos cañones. Todo terminó en desilusión y Vázquez de Coronado regresó a la capital de la Nueva España, derrotado v pobre.
   No obstante el fracaso de Coronado, el joven Ibarra, después de fundar Durango, prosiguió en la afanosa búsqueda de las "Siete Ciudades de Cíbola", por el camino de Vázquez de Coronado.
   El primero en hablar de las fantásticas "Siete Ciudades" fue el Franciscano Mareos de Niza, dirigente de una expedición que partió de la Villa de San Miguel de Culiacán, el siete" de marzo de 1539. He aquí un fragmento del relato de Marcos de Niza ante el Virrey Antonio de Mendoza"... Solamente vi, desde la baca del abra, siete poblaciones razonables, algo lejos, un valle abajo muy fresco, y de muy buena tierra, de donde salían muchos humos, tuve razón que hay en ella mucho oro y que lo tratan los naturales d ella en vasijas y joyas, para las orejas y paletillas con que raen y quitan el sudor, y que es gente que no consiente que los de esta otra parte de la abra contraten con ellos; no se supieron decir la causa por qué".
   La leyenda de Cíbola es una fantasía que tiene su origen en las novelas de caballerías, cuya lectura tuvo influencia en las aventuras de algunos capitanes españoles, tanto de la; primera conquista de México, como de la segunda. Cabe aclarar que tengo para mí que la segunda conquista de México es precisamente la conquista del norte de la Nueva España, la que comienza con la fundación de la Villa de Durango por Francisco de Ibarra, enviado del Gobernador de la Provincia de la Nueva Vizcaya, a instancias de su tío, Diego de Ibarra, primer Gobernador de Zacatecas y uno de los cuatro fundadores de un estilo de vida deslumbrante conocido con el nombre de "aristocracia de la plata”. El descubrimiento de las ricas minas de plata dé Zacatecas por Juan de Tolosa, casi al tiempo de la muerte España de Hernán Cortés, marca el comienzo de una nueva era de la historia de México que es la visión de las inmensidades del norte.
   Otras leyendas de origen español cuentan la de El Dorado, la de la Fuente de la Eterna Juventud, que las novelas de aventuras fantásticas de caballeros andantes poblaron la; imaginación de los españoles. Hernán Cortés creyó encontrar en lo que hoy es territorio de Baja California, el mítico Reino de la Calafia, de aquí el nombre de California, en el que, según una de esas novelas de caballerías, la bella reina Calafia vivía rodeada de amazonas, mujeres que habían perdido uno de sus senos y poseían excepcional destreza en el manejo del arco. Sabido es que el conquistador Hernán Cortés, quien estuvo algunos meses en la Universidad de Salamanca, era lector de libros de caballerías, entre ellos, del "Amadís de Gaula" y de "Las Sergas de Esplandián", libros que también fueron lecturas del adinerado joven capitán Francisco de Ibarra.
De la fracasada búsqueda de las "Siete ciudades de Cíbola”; puede decirse lo mismo que escribió el conquistador Aguirre: "... muchos han quedado amarillos como el oro que buscaban... la piel amarilla, los ojos amarillos... y el oro... desvanecido... oro hecho sombra y rocío".
   Es importante señalar que buena parte de los relatos españoles eran confirmados e incrementados por los indígenas, que encontraron en la tabulación una forma de resistencia contra los conquistadores, prometiendo poner a su alcance el oro escondido en "El País del más Allá"... además los indígenas también eran de despierta imaginación.
   Fray Marcos de Niza logró hacer creer a los conquistadores que "Cíbola" era la posibilidad de realizar sus anhelos mas acariciados; la fortuna dorada y la emulación de la conquista de Cortés, y con ello, alcanzar la fama. Después de la conquista de Tenochtitlan era verosímil la existencia de un reino tan extraordinario o más que el de los aztecas. Verdad que hasta hoy no se conoce cuál fue la finalidad de
Fray Marcos de Niza al falsear la realidad de lo sucedido en su expedición. Lo cierto es que despertó grandes ambiciones y envió a la ruina a decididos aventureros.
La búsqueda de las "Siete Ciudades de Cíbola" fue la gran empresa fallida de las dos conquistas de México. Las ciudades de oro, maravillosas, son patrimonio del mundo imaginario. En la historia sólo quedan testimonios, escritura decepcionada. Una ficción que originó búsquedas históricas, una de ellas, la del joven fundador de Durango y de otras ciudades del hoy Estado de Sinaloa, don Francisco de Ibarra, joven lleno de ensueño y ambición.
   Las "Siete Ciudades" de la leyenda han sido identificadas como uno de los conjuntos de pueblos de los indios de Nuevo México. Se afirma que todo lo que Marcos de Niza vio de las “Siete Ciudades” fue una visión distante y oscura del pueblo Zuñi llamado Hawikuh.


martes, 9 de julio de 2013

Filosofía por Radio XIX Historia de la Filosofía II Por José Gaos Historia de la Filosofía

18.- Descartes y el Cartesianismo

   Descartes dio a la filosofía un giro nuevo con su obra maestra, las Meditaciones metafísicas, de cuyo curso son las grandes etapas las siguientes;
   para poder estar cierto de alguna verdad, considerar como si fuesen falsas todas las opiniones simplemente dudosas, y buscar una afirmación de que no pudiera dudar ni queriendo, por decirlo así: duda metódica;
   tal afirmación la encontró en ésta: pienso luego existo; de que pienso no puedo dudar , pues el dudar mismo es pensar; y pensar es existir como pensante;
   en el pensamiento encuentra un conjunto de ideas y se pregunta por el origen de ellas;
   la de Dios no puede deberla a sí mismo, no puede deberla más que a Dios mismo: un sér como él, que se reconoce imperfecto pero tiene la idea de Dios, el ser perfectísimo, no puede deber su existencia a sí mismo, pues si se la hubiese dado, se habría hecho perfecto, ni puede deber a sí mismo su idea de Dios, pues una causa debe tener tanta perfección por lo menos como el efecto y un ser imperfecto no puede ser causa de la idea de la perfección; y, en fin, la idea de Dios, el ser perfectísimo, implica la existencia de la perfección: argumento ontológico;
   hay, pues, una sustancia infinita, Dios, una sustancia finita extensa, la materia, y una infinidad de sustancias pensantes, las almas racionales o espíritu, de que carecen los animales, puras máquinas.
   En este sistema se reconoce una arquetipo del dualismo.
   Los grandes filósofos inmediatamente posteriores a Descartes se consideran integrando el cartesianismo, porque sus filosofías pueden considerarse como otras tantas variaciones de la de Descartes cuantas eran posibles.
   Era posible intentar la reducción de todas las sustancias o clases de ellas a una de ellas,
   todas a la extensa o a la materia; materialismo
   todas a la espiritual o psíquica; espiritualismo
   todas a la divina; panteísmo
   y era posible concebir la relación entre las sustancias de las distintas clases o entre las distintas sustancias de varias maneras:
   causando la pensante efectos en la extensa y viceversa a pesar de la heterogeneidad de una y otra que hace incomprensible tal relación: influjo físico
   causando Dios los efectos en la extensa con ocasión de las ideas de ellos en la pensante y los efectos en ésta con ocasión de los movimientos de la extensa: ocasionalismo
   siendo el mismo el orden de las ideas y el de las cosas por ser unas y otras puros modos de la sustancia divina: paralelismo psicofísico
   creando Dios las sustancias con tal perfección que el desarrollo de las respectivas vidas coincidiría sin necesidad de influencia alguna entre ellas: armonía preestablecida.
   Descartes había combinado el dualismo con el influjo físico.
   Hobbes desarrolló el materialismo y consecuentemente la causalidad material pura.
   Spinoza combinó el panteísmo y el paralelismo.
   Malebranche, el dualismo y el ocasionalismo.

   Y Leibniz, el espiritualismo y la armonía preestablecida, en su monadología o teoría de las mónadas o unidades, como llamó a las sustancias psíquicas o espirituales.




En la Génesis de Durango: Empresa de Conquista Por Héctor Palencia Alonso


   Cuando se fundó la Villa de Durango, en sitio inmediato a ésta, al sur, ya existía la Misión de San Juan Bautistas llamada Analco por los indígenas, nombre de origen nahua -que significa "más allá del agua". Y bueno es dejar establecido que la palabra Durango es de raíces vascuences y quiere decir: "Vega bañada por un río (en este caso, El Tunal) y rodeada de elevaciones montañosas". El nombre originalmente era "Urango", "Ur" significa agua y "Ango", lugar.
   La Misión de San Juan Bautista de Analco fue el principio en la -, inmensidad del norte de la Nueva España, de la obra inconmensurable de los heroicos caminantes que difundieron el mensaje de amor de aquel San Francisco que hizo montón menospreciable de todas sus riquezas y fue por los caminos cantando la luz del sol y la armónica fraternidad de las cosas. Un año antes de la llegada al Valle de Guadiana del capitán vasco Francisco de Ibarra, ya se escuchaba en la llanura inhóspita a los misioneros franciscanos, que envueltos en su sayal de color ceniza y polvo semejante a la pluma de la alondra, predicaban el más alto ideal que no puede, ser olvidado.
San Juan Bautista fue el nombre de la Misión de Analco, porque los franciscanos llegaron a ese lugar un veinticinco de junio, y esa Misión albergó al capitán Alonso de Pacheco comisionado por el gobernador de la Provincia de la Nueva Vizcaya, Francisco de Ibarra para hacer la traza de nuestra ciudad, tres meses antes de su fundación como Villa. Es el templo de Analco un monumento de la historia, cansado de años, de baldosas que un día besaron las humildes sandalias franciscanas y evocador atrio arrinconado. Un atrio siempre en mi memoria. Ahí se encuentran los restos mortales del Padre José Chávez quien bendijo mi matrimonio hace años, con Martha Isabel Núñez Manzanera (Q.D.D.G.).
   El día de la primera dedicación del Templo de Analco, se celebró también ahí el primer bautismo, que fue de un indio apache de nombre cristiano Vicente Simón, que habiendo sido hecho prisionero fue instruido en la nueva religión. Los conquistadores que venían con el joven capitán vascongado Francisco de Ibarra no formaban parte de un ejército, tal como lo conocemos ahora. De acuerdo a las normas establecidas para la conquista, los expedicionarios invertían por iniciativa propia, ciertos bienes y comprometían sus servicios a cambio de metales preciosos o tierras, si la empresa tenía-éxito. Aquí se encuentra el origen de la iniciativa privada en Durango y en el Norte de México.
   Era de hecho, la expedición de conquista, como la de Ibarra, una empresa en el sentido moderno de la palabra, pues adoptaba una forma similar a la de una sociedad en comandita, en la que cada uno era retribuido de acuerdo con su aportación a la empresa y las hazañas que llevaba al cabo. En las "Capitulaciones" se establecía que los propios expedicionarios pondrían el costo de la empresa, estas capitulaciones eran concesiones a los diferentes individuos particulares que organizaban expediciones de descubrimiento y conquista. Este contrato era de Derecho Público, celebrado entre el otorgante –el Rey o las autoridades competentes como en Virrey- y el beneficiario o vasallo, para la realización de un fin concreto. 
   En las '"Capitulaciones" se especificaba que la quinta parte del oro, la plata y otras riquezas adquiridas correspondían al Rey de España, y del resto, la parte que les tocaba al capitán de la empresa y la de sus compañeros. La Villa de Durango, antecedente de nuestra muy amada ciudad, se fundó el ocho de julio de 1563 por el joven y esforzado capitán Francisco de Ibarra. De la génesis dé Durango, recuerdo ahora que el gran orador, David G. Ramírez, en discurso memorable, como todos los suyos, dijo en una velada conmemorativa del aniversario de la fundación de Durango, que en la génesis de nuestra tierra, "se fundieron en un mismo sol todos los brillos de nuestra historia: La espada virtuosa del joven capitán don Francisco de Ibarra y el raído tornasol de los sayales franciscanos, el ágata empolvado de los soldados españoles y el ocre glorioso de los indios expectantes"... Y en el mismo canto memorable a nuestra cuna, el orador y poeta, sacerdote y novelista, imagina a la ciudad de Durango como gentil princesa encantada, que acaricia el ensueño de rutilante destino recostada en la mitad de su "Valle de Luz".



jueves, 4 de julio de 2013

La Escucha Por Alberto Espinosa


   Cabe remachar sobre el clavo ardiente de la atención la idea de que si ella, la atención, es algo, esto es escucha –un tender hacia algo, una “intentio”, pues, propiamente dicho, que traza un puente para escuchar la voz de la conciencia, de la verdad, del bien –no sin pasar por las pruebas de la contención ante aquello que dispersa la atención, y de la contienda, de la lucha por atenuar la fuerza de río crecido, de río revuelto, siempre presente y acechante, como si de una amenazante potencia extranjera se tratara, de los contravalores. En este sentido sobreviene la distracción cuando el espíritu, aún informal, no alcanza, por falta de luces tal vez, o por exceso de imantación hacia las cosas mundanas y a su no menos mundanal ruido, a escuchar esa voz, íntima, que es la voz desinteresada del espíritu –como si se perdiera en el laberinto de la escucha: entre las rarefacciones de las brumas perpetuas, en el girar la primera materia, de la materia confusa surgida del caos (Hyle), como esas galaxias nuevas en formación, que no alcanzan a condensar sus gases para formar las esferas  del sol y sus planetas, no pudiendo por ello establecer una luz central que haga distinguibles y jerarquice los valores.
   Puede decirse, por lo contrario, que es en la atención que la escucha es quien habla, estableciendo con ello un tender hacia, una dirección, un sentido, por mirar hacia un horizonte iluminante –siendo, sien embargo, desfigurada frecuentemente por las intenciones egoístas, caprichosas, convenencieras, que resultan, más que nada, producto de una debilidad, dirigida a control remoto por otras fuerzas gobernadas por potencias que, al no brindarse a los otros, resultan estériles, no creativas, paralizantes, pues esclavizan en el confinamiento de la persona en sí misma, la cual se debate sin frutos en el ensimismamiento (solipsismo), volviéndola en casos dramáticamente destructiva.    
    El logro más acabado de la atención se encuentra en el poder seguirle el paso al viejo sendero, por decirlo así, dócilmente y sin amotinamiento interior (templanza), al escuchar esa voz interior del bien a la que llamamos lo mismo luz que belleza, pues se trata a la vez de la verdad y de la voz de la conciencia. Y es en esa escucha, en esa conciencia donde propiamente se establece el territorio de la libertad –pero de una libertad ascendente, que nos obliga a marchar en una dirección de comprensión social y de paz interior, que tiene pues que remontar la colina, sembrada de abrojos y de cardos, poblada por la distracción, la informalidad, la distracción, el desprecio, la descalificación y aún la calumnia, para ir más allá del muro de la mentira en una palabra, y poder contemplar la irradiación de las formas y las esencias fundamentales. Por lo contrario, la causa de los rebeldes sin causa estriba en dar cauce a la libertad descendente, otro de cuyos verdaderos nombres es sordera, otro más, es desamor y aún otro: el de ceguera. Porque sólo en la verdadera escucha hay luz, hay palabra vidente, como sólo en los ojos de amor se da la verdadera atracción de las formas y atención a la luz -que reversible y simultáneamente es atención y es escucha.  
   Así, la atención auténtica es sobre todo comunión, comunión del espíritu y de la conciencia, de la verdad, del bien, con el otro, con los otros, con quien se escucha. La atención es por ello, en su más alto grado, diálogo –dialogo con la conciencia humana y de lo humano y a la vez libertad ascendente, camino hacia el bien, hacia la verdad, hacia la luz. Diálogo, pues, que tiene resonancias más allá del individuo, para el testigo del espíritu, y en la comunidad de los comunes (de los comunes en su búsqueda atenta del bien, de la verdad, de la luz, de la conciencia).



miércoles, 3 de julio de 2013

Sobre el Autoengaño Por Alberto Espinosa

   Como se ha visto, el buen hábito de la atención es el órgano para corregir multiformes excrecencias así como las más notables faltas en el proceso educativo, al grado que casi todas ellas podrían calificarse como faltas o fallas de atención, las cuales van de la simple desatención, de la distracción del vagabundeo del espíritu, a la disolución de las formas y el libertinaje –pasando por la simple divagación, la vaguedad de la informalidad, la amargura cortante racionalismo, hasta llegar a la relajación de las normas, la permisividad inmoral, el fariseísmo, la llana grosería, la calumnia, el franco ausentismo, la alienación psicológica y la enajenación mental; algunas de cuyas formas, más o menos disueltas, revelan el fabuloso dato de la filosofía moderna: el fenómeno de la dobles en el ser humano, de la posibilidad de que el ser humano sea contrario, de que se voltee, por decirlo así, llegando a ser algo distinto de lo que es en esencia; desequilibrio moral, qué duda cabe, donde partes de la naturaleza humana lucha entre sí, o donde, ya amotinadas, potencias de la naturaleza humana se ponen en contrariedad consigo mismas; doble desequilibrio, además, pues lejos de ser meramente axiológico ahonda en la ontología misma de su ser al través de la existencia.
   Así, los más agudos problemas educativos pueden surgir no sólo de la falta de desarrollo, podría de decirse que de verticalidad o altura educativa (y en definitiva, metafísica), manifiesta en el tipo del hombre unidimensional y falto de horizontes, tan sólito hoy en día, pegado al aquí y ahora de la diversión, a la búsqueda del placer o el poder o las riquezas, como el hocico de los animales cuadrúpedos se encuentra muy cerca y casi pegado al suelo. Surgen también y sobre todo de la falta de distinciones claras, bajo cuyos criterios simplificados a su máxima expresión se pierde la perspectiva y la distancia, axiológica y moral, entre personas, en una especie de ausencia total de gravedad y aun de volumen, que hace homologables todas las figuras, despachadas como el taquero la orden bajo las formas aplanadas del pelado y de los hombres carentes de realidad, para quienes toda persona se reduce a un simpe “joven, joven”. Rampante subjetivismo pues, que duda cabe, que quisiera igualar en dimensiones lo mismo el burro a la montaña, que la abeja a la torre, en una vertiginosa confusión de las distancias, cuyas formas son rayanas ya no digamos en la indistinción de la abierta desatención, sino incluso en la ofensa, a duras apenas velada, del irrespeto, volviendo sin embargo a sus sujetos seres perfectamente irreales. Es imposible dejar de señalar que tales modos, que tales malos modos, suelen ser formas socialmente toleradas de agresión al prójimo, en una especie de gregarismo social que, con todo y su inconsciencia, codifica por instinto sus ofensas –en una especie de circuito cerrado protegido precisamente por su “noscentrismo”, fundado en un nada cuerdo sistema de convenciones, ante el cual el ya no digamos egoísmo, sino la locura misma, aparece como un inocente juego de niños.
   Se trata, en efecto, de formas del autoengaño, más virulento cuanto más intricada está el alma inferior del egoísmo, opaca y negativa, con ese sistema de las convenciones agredientes. Sólo cabe agregar aquí que en sus más extremas y excéntricas manifestaciones se presenta como un desentenderse, como un desafanarse de tareas y compromisos, y finalmente como desligarse de valores y personas (por más que muchos de esos desatentos desentendidos se presentan simultáneamente como representantes y aun como encarnaciones de esos valores y personas). Porque hay una forma de alienación que no es doblez, desequilibrio, pérdida psico-somática de la libertad, choque de entre sí de partes de la naturaleza humana en pugna o ciclotimia: que es ausencia, olvido del ser, amnesia o pérdida pneumática de la libertad, cosa que se puede interpretar también como negligencia cuando el alma inferior ha tomado todo el control, que es difícil de curar.