viernes, 6 de junio de 2014

La Revuelta de las Ideologías: el Ídolo Fabril y el Error de Perspectiva Por Alberto Espinosa

VIII.- La Revuelta de las Ideologías: el Ídolo Fabril y el Error de Perspectiva
Por Alberto Espinosa  



XIX
   Uno de los rasgos característicos del hombre contemporáneo es el detrimento de la vida íntima y privada en favor de la vida pública, del tiempo y la historia, en una agregación social que ha desemboca en una especie de barbarie universal. Porque bárbaro, fiera, salvaje, incivilizado, no es tanto el que no razona, sino en que no tiene religión –no el que no razona o el que no actúa coherentemente, sino el que no se representa su actuar, carente de la reflexión íntima, simbólica y moral. O dicho de otro modo: fiera es quien no sabe vivir según los símbolos –ya sea porque no los ve, o porque los símbolos están deformados o han sido pervertidos, resolviéndose ambos cosas en un no entender la Ley –lo que trastorna la naturaleza del hombre, que no es sólo su hacer, sino sobre el sentido, espiritual o no, que por su voluntad imprime a sus actos. Un nuevo tipo de hombre se abre paso así en el horizonte histórico de la modernidad: el hombre unidimensional, hijo a la vez de la técnica y de la fortuna, aplanado por las convenciones de los usos y helado en sus relaciones con los otros y en su mismo hacer, al estar despojado de la meditación sentimental propia de la vida interior.


XX
   El mito de la modernidad, hoy en crisis universal, estriba en la idea de una sociedad que postula como su principio el tiempo y sus cambios. La edad moderna se ha definido así por el tiempo nuevo, por el cambio: su principio no es un Dios, una creación o un destino, sino el tiempo, el progreso lineal, postulándose además como modelo único de civilización. El símbolo de su tiempo, la aceleración y el cambio, la tecnocracia –que ha degradado nuestro estilo de vida y nuestra cultura. Superstición de la modernidad: el desarrollo acelerado, el progreso.
   La fe en la ciencia y la fe en el progreso del hombre moderno tienen como correlato la crítica radical a la religión y a la metafísica tradicional, llevada a cabo por el positivismo y la filosofía materialista. El resultado del desmantelamiento de las creencias metafísicas y religiosas ha sido el vacío espiritual, la indiferencia y la visión helada del prójimo, la ausencia sentimental, el vértigo ante la nada, el horror de la contingencia y la visión del cielo deshabitado: a la vez engaño y autoengaño. La respuesta del hombre moderno has sido ambigua, en un doble movimiento que va de la rebeldía a la abyección y cuya estética narcisista no es sino una forma de la desesperación: desde el amor por los objetos inútiles (culto a la vez de la burguesía, de la industria y el progreso), y hermosos hasta la búsqueda de particularizar la belleza para vivificarla, pasando por el rítmico amor por la analogía, que en su revolución lírica y vuelta a los orígenes disuelve el cristianismo en correncias más bastas y antiguas, o en la exaltación del paganismo grecolatino que al perderse en el cuerpo y la naturaleza a la vez niega y clausura el pasado. Falsa recuperación de la inocencia, para ser como antes del bautismo, naturalismo cínico que lleva a una libertad autocomplaciente, que termina en el estallido de la antigua rebelión: non serviam… o en sacerdocios que son sacrilegios.
    Las ideologías, esos vidrios deformantes, nacidos con las filosofías modernas, han puesto entonces en el centro de la visión del mundo moderna lo transitorio, lo particular, lo único, lo extraño, lo bizarro, lo irónico –formas y signos todos ellos que aluden a la muerte. Modernidad que se escinde a cada paso de sí misma, en su antitradicionalismo y anticristianismo, en su amor por el ahora, para encubrir, bajo el mando de la moda y del cosmopolitismo, lo que no ha dejado de ser desde su fondo último: el mismo choque contra el límite, excéntrico, extremista y exasperado, de la rebelión antigua. También la desviación originaria del impuso de la obediencia y de la adoración a Dios por la necesidad narcisista de ser adorado. Su resultado: la fragmentación de la conciencia y la tragicomedia por el pecado de la caída: de saberse contingente en un mundo contingente.
   Negación irónica también, esa especie de pasmo, de paso por la muerte, de suspensión del juicio que ni niega ni afirma, y que al desvalorizar el objeto poniendo lo inferior como superior no intenta una inversión de los valores sino una liberación moral que subraya el carácter irrisorio de la realidad, dando por fruto un tiempo hueco con un vientre de coco. Humor amarillo, verde, morado, negro de la ironía, en que se expresa la rebeldía individualista como cinismo y a la vez como visión personal y herética del mundo y que, en su saberse mortal y no tomarse nada en serio, destruye a la vez al mundo y a quien lo usa, convirtiendo la conciencia de Dios en una especie de fantasma que disuelve su eternidad en el ahora sujeto a las presiones históricas y generacionales de las que habla Kierkegaard.


XXI
   Lo más característico así de las ideologías estriba en ser derivadas de la crítica moderna al cristianismo, que al mesclar y hacer descender la filosofía al tiempo, la existencia y la política, terminan por encarnar en revoluciones o vanguardias, deificando la razón de la historia, la razón histórica, el relativismo moral y el el ídolo del progreso. Así, se crea un complejo sistema de sustituciones que reemplazan a la tradición: no el valor el hombre nuevo del que habla el Evangelio, sino el culto a la novedad por la novedad y por el ahora, labrando de tal forma la religión de la inmanencia, que da la espalda al ser Supremo y se desliga de la religión, acuñando una muy cuestionable filosofía del éxito que causa un estado de hartazgo en los satisfechos y de miseria común. También de ansia destructiva del pasado, de pérdida de toda intimidad y de los sueños y deseos profundos, en una especie de cosificación de las personas y de las relaciones humanas que desemboca en la enajenación del hombre mismo, determinado en su acción más que nada por sus tendencias e impulsos egoístas primarios, dentro del marco de un concepto lábil de la libertad, que ni obliga a la persona ni la hace responsable, en una clara retrogradación del ser humano hacia la animalidad. También rebeldía juvenil de la mujer, que aúna a la fragilidad de la mariposa la esfinge alada y con garras para desplegar la energía del deseo en un acto intrascendente e instantáneo.
   Pensamiento ideológico, pues, que en el plano político establece una complicidad del rebelde con el déspota, volviéndolo un parásito prisionero de las reglas del poder en una especie de homenaje paradójico, que no puede abrazar a los otros al estar sus reclamos fundados en la particularidad y que for fuerza tiene que inventarse un enemigo, para terminar peleando con su propia sombra. También un monopolio del poder por partido en una especie de fe religión de estado totalitaria, de asociación cerrada conde se culto a la figura del líder, en medio de la fatiga de las variaciones apologéticas de una jaula de abstracciones vacías donde se confunde el civismo con el catecismo, en un empeño de construir la ciudad futura, puramente terrenal, de acuerdo a la lógica del poder y de la historia –ajena a una doctrina de salvación y enmienda moral y por lo tanto lejos de una liberación universal del hombre.


XXII
   Las ideologías no son ni un saber, ni una filosofía, ni un pensamiento crítico, sino un conjunto de creencias más o menos difusas que cubren la realidad social con un velo de conceptos nuevos, aliadas a la metafísica del déspota y la dialéctica de la historia obsesionada por la idea de la planificación. Su resultado es la reducción del hombre a los mecanismos de la sexualidad o las estructuras de la sociedad y el estado. Su objetivo: la fundación de un sistema político ateo, moderno y policiaco a escala mundial o totalitario (Orwel, Huxley), que rinde culto a la máquina y a la industrialización, planificando la producción y distribución de bienes, erigiendo a césares megalómanos en los estados satélites y vasallos poseídos por el demonio de la abstracción. Sociedades poderosas producidas por el mundo industrial, pero sin revelación ni participación en el misterio.  
   La inconformidad de los satisfechos contra la felicidad enlatada, uniformada, manufacturada, es también una protesta contra el orden abstracto impuesto por la industria y la tecnocracia moderna –pero que estalla en la fuga del acto aislado y la de la trasgresión instantánea. La tecnocracia: lugar de unión de la abundancia comunista y capitalista, cuyo astro fijo es la acumulación del capital y la creación de un aparato administrativo determinado por los procedimientos burocráticos, que luchan por la hegemonía política y cultural a escala planetaria. Porque la fe en el progreso es una fe material, no un ideal de perfeccionamiento moral, sino del proceso colectivo tecnológico e industrial, cuyo pago es el consumo, que da lugar a las sociedades del hartazgo –y a la inseguridad psíquica, al escepticismo y a la falta de confianza en los valores y en la misma razón. Fe no en el valor, sino en el poder, en la historia… y caída en el río del tiempo, cuya rueda gira cada vez más rápida, más aceleradamente, y desemboca en el luzbélico río de los cuerpos. Rebelión equívoca que termina por abrazar el instante, hundimiento en la luz negra, en las sombras de la particularidad y  de la belleza  y el placer bizarro, donde se degeneran los símbolos, triunfa la máscara o se contamina la voluntad. Ruptura de la presa de los valores tradicionales, pues, que abre las compuertas al principio de contingencia y al retorno del apeirón de lo indeterminado, de lo indefinido, de lo contradictorio o delo meramente existenciforme –y al mito del eterno retorno de lo mismo, del tiempo circular, o a las formas arcaicas de la religión del temor y del miedo. Porque al rehuir la búsqueda del hombre nuevo a favor de un tiempo inédito hecho con los materiales del cambio del extremismo y excentricidad, no se va hacia adelante, sino hacia atrás, precipitando al hombre en retroceso hacia la idolatría de las místicas inferiores –en uno de cuyos sofisticados registros acuña la mitología científica una vieja idea puesta en circulación por Epicuro: que el mundo fue creado por azar, que los innumerables mundos se formarían por los fortuitos movimientos de los átomos.

XXIII
   Las ideologías por definición no son filosofías, estando por su constitución impedidas de llegar a una perfecta conciencia de sí, es decir, que son inconscientes –que es una de las razones de ser de su arrojarse finalmente a la inmanencia. Su modelo de razón, la razón histórica, esencialmente atea, no ama el saber: busca el poder. Así, en la ideología puede verse una especie de velo oscurecedor y deformante que otorga valor a lo que no lo tiene para engrandecerse con una grandeza que no es suya, ya sea poniendo el heroísmo al alcance de cualquiera, ya haciende de cualquiera un artista de genio. La peligrosa tendencia de volver a las filosofías ideologías sociales estriba así en minar lo social en su raíz misma al deformar principios o trasmutar valores que determinan nuestra conducta, es decir, afectando juicios de valor fundamentales.
   La barbarie moderna es así consecuencia del ideal progreso y su ídolo fabril, cuya tentativa ha sido en mucho la de borrar las huellas del pecado, de la mancha original, postulándose de hecho como un anticristianismo que mediante las ideologías sociales ha intentado de hecho modificar la esencia o la naturaleza humana. Así, cuando el ideal de la utopía desaparece queda sólo  su cuerpo, presente y sin espíritu: por un lado, el hundirse en el barro del mundo, persiguiendo el erotismo o la concupiscencia vagamente como un ideal, bajo el aspecto fascínate de una virtud, cuyo slogan publicitario sería el de “todo está permitido” o “no hay culpa, el pecado no existe”; por el otro, la construcción de la ciudad terrena que pretende reinar con despotismo imponiendo insoportable yugo a las demás naciones por su insaciable apetito de dominar.
   Para San Agustín la ciudad terrena no es sino una imagen no tanto de la historia, sino superpuesta a la historia, a la vez entreverada y contrapuesta a la ciudad de Dios, que igual es buscada por Israel que por la Iglesia y que encarnará en la Jerusalén celestial como la ciudad de los santos y de la buenaventura eterna para los predestinados. La primera es la ciudad de los soberbios, corroída por la rebelión originaria: por la concupiscencia y el predominio de las pasiones, que se traduce como debilitamiento de la voluntad, asociado a la enajenación y a la perturbación, causadas por el orgullo y la desobediencia (el dogma del pecado original). Ciudad marcada con los estigmas del amor a sí mismos, por el fratricidio de los cainitas y por la rebelión de la carne -y que con el tiempo conocerá el gran dolor moral y físico como castigo a sus faltas (la Gran Babilonia del Apocalipsis).
   Imagen de las dos ciudades de los hombres, pues, que refleja el drama cósmico de las dos ciudades ultraterrenas: el conflicto celeste entre la ciudad de los ángeles, obedientes a Dios, y la ciudad de los malvados, formada a partir de la rebelión de los ángeles soberbios. Mito que sirve al cristianismo para dar orientación al libre albedrío, indicando el camino de la liberación del mal y de la infelicidad por la vía de la reforma de la vida moral. Así, la causa de la bienaventuranza de los ángeles buenos se cifra en la obediencia y contemplación del Ser Supremo. Por lo contrario, la causa del dolor y la miseria de los ángeles malos se cifra en el vicio de la soberbia, pues mirándose a sí mismos le volvieron la espalda a Dios y se dijeron unos a otros al clamor de su líder “non servíam” (“no seremos siervos”).
   Protón psuedos, primer error o falso principio que indica el primer vicio de la naturaleza angélica y razón de la caída, viniendo así a ser así menos de lo que eran y por tanto eternamente infelices, radicando en su voluntad la causa eficiente de su mala obra. Error o perversión del deseo, pues, consistente en apetecer perversa y desordenadamente una cosa inferior, o un gozo ilícito, y por dejarse persuadir, por rendirse o consentir a la sugestión de mancillar la castidad, por  la oculta y peligrosa tentación de la nada –perversión del deseo oriundo de la soberbia, pues, que da lugar a los sentimientos oscuros de la envidia y del odio, que mancillan la vida. Causa más bien deficiente que eficiente de donde nace la mala voluntad y la mala fe, que es la defección y deficiencia de dejar la unión con el que es Sumo por dejarse persuadir del que es menos, que es como querer ver las tinieblas u oír el silencio. Defecto del alma, pues, que no son necesarios sino voluntarios, pues si no se quisiera no se hicieran.  
   Vicio o malicia del alma, apartarse de Dios, de la naturaleza buena, que a su vez daña a la naturaleza caída, pues se priva de la luz de la verdad, quedando por la soberbia en la tormentosa tiniebla. Enemigos de Dios, pues, que contradicen y resisten a sus mandatos con sus vicios –dañándose ellos mismos, pues en su voluntad de resistirle estragan en ellos lo bueno que tiene la naturaleza. Pues a lo que es (usia) se le opone o le es contrario, pero no una esencia contraria, sino más bien lo que no es, siendo así que el vicio es malo, contrario tanto a Dios como a la naturaleza, por hacer daño: despojando a la naturaleza de su integridad, desposeyéndola de salud, hermosura y virtud.
   Porque el vicio de la soberbia consiste precisamente en el alma que ama perversamente su potestad, vilipendiando la voluntad más justa del que es más poderoso, dejando con ello el paso franco a los vicios que le siguen: a la avaricia, que ama perversamente el oro dejando la justicia a un lado; a la lujuria del alma, que ama apasionadamente los deleites corporales, alejándose la templanza con que acomodamos al alma a objetos espirituales, más hermosos y suaves, y; a la jactancia, como ese amor egoísta de los hombres que desprecia el testimonio de la propia conciencia.
    Así, el nombre del mal es lo mismo la muerte que la noche, pues los ángeles rebeldes están privados de la luz de la verdad, quedándose en su tenebrosa soberbia, desviados de la luz de la justicia, como espíritus inmundos, por su propia culpa y malicia de su voluntad, por su inmoderación e inoportunidad. Y así el demonio al no estar sujeto al Creador, complaciéndose en la soberbia de su alta potestad como si fuese propia, tampoco pudo prevalecer en el cielo. Al igual que los demonios, que con altivez y soberbia quisieron fingir lo que no es, volviéndose engañadores y engañados para tener cuerpos terrenos, lo peor que puede haber, al ser a la vez lo más inferior y lo más grave.
   Por lo contrario, los espíritus de los bienaventurados procuran estar en la luz, llenando su vacío al actuar a diestra y siniestra con buena fe y armados de justicia, luchando contra la ignorancia y la injusticia, cumpliendo con los saludables mandamientos, caminado seguros para alcanzar la gloria del Señor y su inmutable bien.



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